El genocidio de Sarajevo. 30 años después

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Tras la disolución de Yugoslavia en seis repúblicas (1992), comenzó la crisis en aquella región balcánica. La guerra de Bosnia con sus 100.000 muertos, fue consecuencia de tensiones nacionalistas e intereses geopolíticos que terminaron desgarrándola al igual que otros países tales como Serbia y Croacia. Esta contienda fratricida fue considerada la más atroz de Europa después de la II Guerra Mundial. “El sitio de Sarajevo” (su capital), mantuvo atrapadas a 350.000 personas alrededor de 4 años (1992–1995). Este asedio, el más largo y cruel de la historia europea, dejó una estela de sufrimiento y desolación (12 mil muertos y 50 mil heridos). La masacre de Srebrenica (1995) que costó la vida de 8.000 personas de la etnia bosnia–musulmana, ante la mirada indiferente y cómplice de la OTAN y los 400 cascos azules ONU, es un claro ejemplo, al igual otros, de este absurdo conflicto.

El 1º de junio de 1993, en la ciudad asediada, ocurrió un ataque con morteros a una cancha de fútbol que dejó un saldo de 15 muertos y 133 heridos. Un año antes, una tienda de la ciudad repartía pan entre la gente abatida por la guerra civil que se libraba allí. Un proyectil cayó sobre la fila hambrienta y mató a 22 personas. Vedrán Smailovic, un músico de 35 años que había tocado el violonchelo en la Ópera de Sarajevo, observó desde su ventana el horroroso cuadro. Fue así cómo rompió su silencio y con el arrojo que le produjo reconocer su angustiosa impotencia, decidió sacar su música a las belicosas y desoladas calles sarajevianas. Durante 22 días que siguieron al aleve ataque, a las cuatro de la tarde, Smailovic se ponía su traje negro, tomaba su chelo y caminaba en medio de la batalla que se libraba en torno suyo. Luego colocaba una silla junto al cráter dejado por el proyectil…

En memoria de sus conciudadanos mártires, interpretaba el “Adagio en sol menor” de Albinoni, lúgubre y bella pieza musical encontrada en las ruinas de la Biblioteca de Dresde, bombardeada en la II Guerra Mundial. Mientras caían las bombas y silbaban las balas, “Smailovic tocó ante calles desiertas, autos destrozados, edificios incendiados que volaban en pedazos y ante personas aterradas que corrían a esconderse en los sótanos”. El estentóreo bombardeo no pudo ahogar los acordes musicales del chelo. El rezongueo taciturno y lastimero de sus cuerdas y esa entonación pacifista, compasiva y fraternal, fue la manera cómo el músico rindió homenaje a las víctimas exaltando la actitud resiliente de sus congéneres. El músico inglés David Wilde, conmovido por la historia, compuso “El chelista de Sarajevo” y vertió en su arpegio sus sentimientos de rabia, indignación y dolor.

Al compartir con Vedrán Smailovic sus sentidas notas, los acordes se filtran sutilmente en el auditorio y crean una atmósfera de sombría vaciedad. Tras un crescendo agónico, furioso y violento, los espectadores se convierten en cómplices de la horrenda masacre: “quedan expósitos frente a una realidad descarnada, brutal y deshumanizante”. Ese hombre se atrevió con su chelo a desafiar la guerra, la desesperación y la muerte; le cantó a la vida, al amor y a la paz; “nos enseñó que la música puede unirnos en esos momentos cuando más lo necesitamos y menos lo esperamos”. Alguien comentó luego de escuchar el dramático y sublime concierto: “Aunque el estallido de los morteros no suene en nuestras calles, tenemos que pronunciarnos siempre que esté en peligro la vida de un ser humano”. En Colombia andan buscando un chelista para interpretar el Adagio de Albinoni.

gonzalohvallejo@gmail.com

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