A solo quince días de terminar la segunda guerra mundial las fuerzas armadas alemanas estaban desintegradas. El tercer ejército americano avanzaba sin oposición cuando cruzó por el pueblo de Dachau donde se había instalado el primer campo de concentración Nazi. Era de esperar que sus vigilantes, todos del cuerpo de las S.S se rindieran y así lo hicieron. Pero al llegar los primeros soldados los alertó un olor nauseabundo proveniente de unos cuarenta vagones parqueados a la entrada. Allí encontraron más de dosmil cadáveres de personas que no alcanzaron a entrar para ser ejecutadas y las dejaron expuestas al frio y al hambre. Adentro treinta mil esqueletos sobrevivieron solamente porque la velocidad del tercer ejército impidió completar el exterminio. Los soldados americanos perdieron la cordura y, contra lo establecido en sus reglamentos y los tratados de Ginebra fusilaron a unos cincuenta guardas y entregaron otros para ser linchados por los prisioneros. Una gravísima violación de la ley internacional que dio lugar a una investigación interna, finalmente desestimada por el general Patton, pues consideró que ante el mal absoluto era imposible aplicar las reglas establecidas para situaciones normales. En los años siguientes se han presentado en el mundo cientos de situaciones similares, con respuestas similares, como en Ruanda, Yugoeslavia o Libia donde las intervenciones extranjeras son injustificables bajo el derecho internacional preexistente pero validadas por la necesidad de impedir la prelación del mal amparado en la etérea noción de soberanía. Esta pequeña historia es un recordatorio para quienes creen que Maduro es una víctima del imperio, pero olvidan cómo el chavismo ha sido protector de la guerrilla colombiana que guarda sus secuestrados en la soberana Venezuela. El mal absoluto no negocia; puede enredar, dilatar y hasta fingir arrepentimiento cuando le conviene, pero solo respeta la fuerza.
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