Duberney Galvis Cardona
Evité hasta donde pude la noticia de la muerte del niño Kevin Acosta porque los padecimientos de los niños me despiertan alta sensibilidad. En consecuencia, es difícil hilar sin resbalar hacia la subjetividad. No obstante, por gajes del oficio, terminé recibiendo el comunicado de la nueva EPS al respecto. Entonces, tal vez a causa del enojo, el dolor, la angustia, la tristeza, de un rosario de sentimientos encontrados, este cruel episodio del país me recordó que en la actualidad convergemos en sociedades más deshumanizadas, incluida la porción ubicada en suelo patrio; entre otras, desprendidas del amor y la preocupación inherente hacia el cuidado y protección de los más pequeños.
Recordé aquel otro episodio del niño enfermo en la Clínica los Rosales, en el regazo de una mujer que imploraba atención mientras el tiraje automático le indicaba el inamovible turno en una pantalla. Sucedió mientras organizaciones de pediatría en el país advertían el cierre de varias unidades de cuidado intensivo pediátrico. Lo detallé en la columna “En la sala llora un niño”. El cierre de esas unidades, pensé, despertarían mayor rechazo y un amplio cubrimiento de las áreas de periodismo investigativo de los medios de comunicación oficiales e independientes. Pero la verdad, los problemas de los niños ya no ocupan un orden prioritario en las salas o equipos de redacción.
Sus padecimientos hace rato vienen evadiéndose, más allá del sistema de salud, en las mentes y corazones de la sociedad que es la última garante para exigir atención prioritaria. Así, sin rechazo masivo, opera el reclutamiento de menores a cuyas puertas de los hogares en el campo o barrios apartados, siguen llegando múltiples grupos armados. Al igual, continúan los niños de la Guajira extendiendo las manos para que los turistas les den algo de comer o compren una artesanía que suele estar usufructuada por pequeños carteles o pachamamistas usureros.
Fíjense, ya ni hay artistas trinando por la escalada de violencia sobre los niños. Ni tendencias acordadas en redes, de esas enviadas desde la comodidad del hogar o la oficina, ¡ya ni eso! Es más, la infancia, que podría estar dispersa en calles y parques jugando, hasta perdió estos espacios ante las libertades de “los más grandes”. Incluso los pocos lamentos a su favor se debaten entre la real solidaridad y los cálculos políticos del momento.
Entonces a Kevín, además del infame e imperdonable trato que recibió del presidente Petro cuando se le apagó la llama de la vida en manos del sistema de salud bajo su gobierno, también le fallamos todos. Por el silencio colectivo. Callamos cuando no defendemos con ahínco el derecho de los niños a romper los silencios naturales. Ese al que hace referencia el fragmento del poema “Canción primaveral”, de Federico García Lorca: “Salen los niños alegres de la escuela, poniendo en el aire tibio del abril, canciones tiernas. ¡Qué alegría tiene el hondo silencio de la calleja! Un silencio hecho pedazos por risas de plata nueva.”

