Por: Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
Es muy fácil hacer que las cosas sean complicadas, lo difícil estriba en tornarlas fáciles. Nuestra realización personal no se afinca en la ausencia de problemas, sino en esa relación que entablamos con ellos. La memoria miente para protegernos: cambia rostros, drena heridas y borra detalles que, al recordarlos, suelen doler. No hay que huir de la tristeza y el dolor… Hay que reconocerlos y aceptarlos como parte de una vida auténtica. La vida no solo es búsqueda de placer o poder, es un rastreo de sentido y significado. Ella misma nos retribuye lo que imaginamos, queremos o necesitamos. La aventura de vivir es quizás la única forma de restarle tiempo a la muerte. Atrevernos dignamente a atravesar la orogenia del dolor y a reconocernos en él, no significa que nos hemos resignado a padecerlo. Ha llegado la hora del autocuidado colocándole un límite a nuestro sufrimiento.
Es preferible sufrir un poco por lo que no obtuvimos que vivir anclados en lo que no fue: eso hiere. No existe un divorcio entre el valor de la felicidad y el miedo a ser felices. Esta es una relación indisoluble basada en la conciencia de estar vivos y en la incapacidad de disociar esa estrecha ligazón entre peligro, bienestar y riesgo. Tenemos que aprender a convivir con nuestros miedos, angustias, defectos, errores, incertidumbres, debilidades e incompleteces. No aprendemos nada del tedioso mundo de las perfecciones, tampoco de esa odiosa dimensión del fatalismo que nos subsume a diario. Creemos que somos escépticos y/o pesimistas por naturaleza. No hemos nacido así. Nuestro estilo de vida nos ha convertido en enemigos de nosotros mismos; anteponemos el miedo al frugal y fluido campo de nuestras realizaciones negándonos a encarar nuestros dilemas e indecisiones.
“El síndrome del impostor” nos deja una gran lección: ¡basta ya de auto–masoqueos! Esta expresión acuñada en 1978 por las psicólogas clínicas estadounidenses Pauline Rose Clance y Suzzane A. Imes, resume esa tendencia nefasta a ser sólo amigos de nuestros fracasos; individuos carentes de autocrítica, incapaces de asumir, valorar y afrontar los desafíos propios de su cotidianidad; seres que se niegan a reconocer su valía; personas temerosas de quedar expuestas ante su gente como un flagrante fraude. El artista neoyorkino Leonard Koren introdujo en Occidente las enseñanzas sintoístas del Wabi–sabi, ese ideario filosófico japonés del siglo XVI que buscaba el sentido de la belleza (llámese armonía), en lo fugaz e incompleto. Aceptar nuestra imperfección reconociendo que nuestro proyecto de vida está inacabado, es la forma de encarar y trascender el dolor.
Nuestras recurrentes crisis emocionales nos deben llevar a descubrir y disfrutar, sin vergüenza alguna, de la lenitiva paradoja de “la lentitud” que consiste en desacelerarnos, ralentizarnos y reconectarnos con nuestra “tortuga interior”. El aceptar que muchas veces nos desconocemos, nos permitirá re–inventariarnos y descubrir esa parte faltante en nosotros, sin exigencias ni reproches. Sin abandonar nuestra capacidad de autocrítica, por fin hemos decidido abandonar ese deseo compulsivo a representar falsos papeles protagónicos. A través de la gestión del riesgo socio–emocional lograremos acceder al crecimiento y al aprendizaje continuos, alejados de las pasarelas hipócritas y fetichistas que vuelven imperiosos el éxito y la figuración. Aceptar y reconocer nuestra “apolínea imperfección”, será la forma cómo comenzaremos a disfrutar de lo que somos y tenemos.
Supervisor de educación
gonzalohvallejo@gmail.com

