Padre Pacho
Vivimos en una época donde el ser humano ha aprendido a medir galaxias, a descomponer el átomo, a simular el nacimiento de estrellas y a nombrar teorías sobre el origen del universo. Hablamos del Big Bang con naturalidad, como si estuviéramos ante un hecho cerrado y definitivo; sin embargo, cuanto más avanza la ciencia, más evidente se hace una verdad incómoda: sabemos describir procesos, pero no sabemos explicar el origen absoluto de todo lo que existe.
Porque cuando creemos haber llegado al inicio, aparece una pregunta que nadie ha podido resolver con certeza total: ¿de dónde salió la primera partícula?, ¿cómo puede surgir algo de la nada?, si la nada es verdaderamente nada, entonces no puede producir algo, no puede generar materia, no puede dar origen a la vida.
Frente a este misterio surge el postulado de la fe: que el universo no es fruto del azar sino de una voluntad, que la vida no es una casualidad cósmica sino una intención, que no somos producto de un accidente, sino de una mente que pensó la existencia antes de que existiera. Muchos consideran que creer en Dios es una explicación fácil, un refugio cómodo, una renuncia al pensamiento científico. Pero la fe verdadera no elimina las preguntas, las profundiza; no apaga la razón, la ilumina; no es una huida del misterio, es la aceptación humilde de que hay realidades que superan nuestra capacidad de entender sin dejar de ser verdaderas. Creer en Dios no es dejar de pensar, es reconocer que la inteligencia humana tiene límites, y que no todo puede ser reducido a fórmulas, ensayos clínicos o ecuaciones matemáticas.
Ambas posturas, curiosamente, exigen fe. La ciencia pide fe en teorías aún incompletas; la religión pide fe en un Creador invisible. La diferencia es que la fe no solo explica el origen, explica el sentido. No solo intenta decir cómo funciona el mundo, sino por qué existe. Y ahí aparece la pregunta más incómoda y a la vez más honesta de todas: si todo fue un accidente, entonces ¿para qué existo?, si vengo del azar, ¿hacia dónde voy?, si soy un error de la materia, ¿qué valor tiene amar, sufrir, luchar o soñar? Una vida accidental no tiene propósito, solo duración. Pero el ser humano no vive como si fuera un accidente. Continuara…

