Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista
La corrupción, mal de nuestro tiempo, carcinoma que devora seres e instituciones, se convierte en la amenaza más grave para la gobernabilidad de nuestros países; engendra múltiples violencias; atenta contra el bien público; arrebata en forma injusta y fraudulenta fueros y potestades; viola derechos humanos inalienables; afecta el ingreso y la estabilidad familiar; arrebata el sustento diario y aumenta el índice de pobreza y miseria en nuestras comunidades. Muchos la ven como una socio – patología inevitable que ha contribuido al desmoronamiento de la moral individual y pública, a la debilidad de las instituciones públicas y privadas en sus mecanismos de gestión y a la marcada ausencia de una cultura ética sobre el cuidado de lo público que debería servir como un dique de contención para prevenir sus efectos letales. Bentham no estaba lejos de esta percepción.
Los aportes del filósofo inglés Jeremy Bentham, conocido como el padre del Utilitarismo moderno, fueron, junto a las obras de Adam Smith, Stuart Mill y Carlos Marx, lo más significativo del desarrollo del conocimiento moderno en lo atinente a las ciencias jurídicas y económicas, a lo largo del siglo XVIII y XIX. Ellos, de una forma u otra, fueron críticos de la Revolución Industrial, acontecimiento que alteró el orden social y económico de aquel tiempo. Durante la primera mitad del siglo XIX las ideas de este reformador inglés fueron relevantes y dominaron el ámbito socio – político y cultural no solo europeo, sino también latinoamericano. Prueba de ello fue la profusa correspondencia entre Bentham y los líderes políticos y militares “criollos” (Bolívar, Miranda y Santander), gamonales que lucharon contra la égida cruel, ruinosa y corrupta de los alguaciles de la realeza española.
Para nuestro pragmático filósofo, la seguridad era un bien colectivo necesario y el concepto de “egoísmo” racionalizado de Thomas Hobbes facilitaba su desarrollo y consolidación. Los motores que mueven el mundo, según ellos, son el deseo y la repulsión y los dos, fundidos, pueden potenciar la utilidad. La empatía y la solidaridad permiten la comprensión del placer y el dolor, “maestras soberanas” de lo correcto y lo erróneo. Bentham, gran conocedor de la naturaleza humana, nunca sugirió que el objetivo del utilitarismo fuese aportar soluciones a los problemas, sino llegar a acuerdos imperfectos que sólo podrían alcanzarse a través de la tolerancia y el respeto entre actores inmersos en el conflicto. Bentham propugnó por una “equality of power” mediante el establecimiento de la democracia representativa y el sufragio universal fundamentos del bienestar general.
Este bienestar general sería el basamento de una “igual felicidad para todos” (“La mayor felicidad del mayor número, es el fundamento de la moral y la legislación”). Es de esta forma cómo el bien común estaría por encima de los intereses particulares que podrían utilizar vías insanas y mezquinas para obtener ventajas injustificadas. Se hace necesario pues, fustigar y destruir esos “siniestros intereses”. Fue así cómo tomó forma la idea de provocar una vigorosa reacción por parte de los ciudadanos para vigilar el comportamiento de los responsables de la administración pública. Es en estos trémulos conceptos surgidos en el convulso y belicoso siglo XIX, donde encontramos los fundamentos del control fiscal, las veedurías ciudadanas y la rendición de cuentas sintetizado todo ello, a manera de axioma, en el panóptico benthamiano: “Cuánto más te observo, mejor te comportas”.
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