¿Dónde termina mi cuerpo y empieza el aire que cubre la sala?, ¿dónde queda el fin de mi piel y siento el cuerpo del agua? Me hice estas preguntas cuando me di cuenta de que las dimensiones que me definen no están del todo cerradas, que estoy compuesta por partículas con espacios vacíos y entradas, en los que se mezcla lo que soy con lo que existe alrededor, aunque lo llamemos nada, que soy parte del todo y que desde siempre, el todo me habitaba.
Sentí en mi bañera que me deshice, como el azúcar se pierde cuando sobre él, agua derraman, así mismo dejé de percibir mis límites mientras me hundía conscientemente en la tina mojada. No sentí mis manos, ni mis piernas, ni la cabeza que flotaba, me hice una con el elemento que mi cuerpo rodeaba. Pensé en todas las veces que mi existencia pareció transcurrir aislada, lejos del mundo y de la gente, dormida, ciega y adoctrinada; inocente e ignorante de la realidad que frente a mi se presentaba, la verdad de la que hago parte, vivo en el todo y el todo vive en mí, antes que mi historia se contara.
¿Hasta dónde llegó yo? Me pregunté, y respondió sosegada mi alma, no existen límites para lo que eres, eres parte del viento, del fuego en el sol, de la tierra y del agua; infinita y eterna, inmensa y vasta. Dentro de mí viven las estrellas, las nubes, el fruto que crece en el árbol y el ave que canta, el mendigo que veo en la calle y la persona que tanto coraje me causa .

