Se habla del duodécimo grado como un año para remediar las deficiencias de los primeros once años de educación formal en Colombia. Árbol que crece torcido nunca su rama endereza dice el refrán, sin embargo, una intervención oportuna puede ser, no solamente útil, sino necesaria para rehabilitar un sector muy grande de los nuevos bachilleres.
Un año me parece demasiado, un semestre sería suficiente.
Veo fallas en el enfoque de la religión que no se les explica a los muchachos como una actividad que el cerebro usa (cualquiera sea el credo que profese) para disminuir el estrés que él mismo produce de manera continua, aun cuando está durmiendo. Las veo en la exageración del patriotismo llamada chauvinismo que conduce a un fanatismo político tan dañino como el fanatismo religioso.
Las fallas en la enseñanza del lenguaje y las matemáticas – que aún no se reconocen como inteligencia artificial y se siguen presentando como enigmas fruto exclusivo del cerebro biológico – producen falsos enfrentamientos entre seres vivos y máquinas digitales cuando sería posible ver el progreso tecnológico como una ayuda inmensa y no como el enemigo que nos amenaza.
El antagonismo entre cobertura y calidad debe enfrentarse con sinceridad. Tener pocas universidades buenas es preferible a fomentar multitud de centros superiores de educación que ofrecen programas poco confiables. La formación de personas capaces de ganarse la vida aprovechando nuestras riquezas naturales sin destruir el equilibrio ambiental es asignatura pendiente. Tenemos que dotar de mano de obra bien remunerada a la tecnología agroindustrial del futuro.
Cada ciudad ofrece oportunidades y cada una tiene también limitaciones que harían fracasar emprendimientos que no las reconocieran. La creación de nuevos empleos no es tarea que pueda dejarse al azar. Identifiquemos lo negocios que pueden prosperar en Pereira y orientemos la enseñanza para que los jóvenes puedan vincularse a las oportunidades que esos negocios generan.
Cada peso invertido en un elefante blanco se lo estamos quitando a una empresa que puede ser motor para el desarrollo.
Démosle a la juventud capacidad de expresarse con claridad, de hacer valer sus derechos ciudadanos sin abusar, de usar la lógica en la toma de decisiones. Con ciudadanos que tengan claro el sentimiento de la dignidad como respeto a sí mismos y conocimientos básicos de la cultura del siglo XXI, tendremos unos “bachilleres” formados para empezar a construir su vida de adultos responsables.

