La aventura del acto creativo

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Una metáfora extraída del mundo proverbial del pueblo zulú, nos aleccionaba al contarnos que cada mañana en África sale el sol y se levantan las gacelas. Saben que deberán correr más rápido que los leones más veloces o morirán. Cada mañana también se levantan los leones y saben que deberán correr más rápido que la más rauda de las gacelas o morirán de hambre… “El dilema no es si eres león o gacela. La verdad es que mañana cuando salga el sol, tendrás que correr más y mejor”. Las enseñanzas del “Brihadaranyaka Upanishad” (“El gran Secreto”), están condensadas en la profusa liturgia de los monjes eremitas brahmanes del siglo VIII A. C. Allí se plantea cómo nuestro ser y la voluntad son el resultado de los profundos deseos que nos impulsan. Así como es nuestra voluntad son nuestros actos y son éstos en sí, los que configuran nuestro destino.

“El viaje más fantástico no es al centro de la tierra ni a los confines del universo, sino al fondo de sí mismos” afirmaba Julio Verne. Descubrirnos se convierte en nuestro mayor desafío, pero tenemos miedo a reconocer nuestros intereses y necesidades que son el centro gravitacional sobre el que gira nuestra existencia. Sumidos en laberínticas claro–oscuridades y abisales dudas, nos paraliza el temor a la incertidumbre sin saber que es éste el suelo fértil de la creatividad. Lo incierto es el campo de las oportunidades, siempre presente, fresco y abierto al exuberante mundo de nuestra imaginación. Sin ella, nos dice el médico y escritor hindú Deepak Chopra, la vida no sería más que una tediosa sucesión de recuerdos desgastados. Evocándolos y extrayendo fórmulas recalentadas de ellos, es como terminamos abordando las constantes interpelaciones que la vida nos hace a diario.

No todo lo tenemos claro y es así como empezamos a andar desbrozando el camino en busca de nuestros frágiles criterios de verdad. En su ensayo sobre “Economía descalza y desarrollo a escala humana” (1982), el pensador chileno Manfred Max Neef aborda las eternas monsergas que surgen en agendas de aburridas juntas empresariales. Nos habla sobre la esterilidad de la certeza y la fecundidad de la incertidumbre. Todo aquel que sabe exactamente hacia donde va, es precisamente quien nunca descubre nada; tiene sólo dos obsesiones:  saber cuál es el punto de partida y cuál el de llegada. Todo lo que hay en el medio es un estorbo que hay que superar lo antes posible. Olvidamos que nuestra aventura vital y las posibilidades que nos brinda cada descubrimiento, están justamente en lo que percibimos como obstáculo… Estamos errados: “cualquier camino sí nos sirve”.

Al intentar darle alcance a ciertas metas y erramos, nos invade la aflicción y sentimos que nuestra nave zozobra. De pronto nos asalta la curiosidad por saber cuál sería “ese algo” que surgió y produjo el siniestro y desplegamos las velas: comenzamos a reconocer y trascender la sabia dinámica de los vientos y las mareas. Para Max Neef el secreto del acto creativo es “navegar en estado de alerta”. La verdadera aventura no se vive en un trasatlántico, sino en un velero. Desde allí percibimos el vértigo; vemos y sentimos cómo vientos y olas vienen y van. Es cuando disfrutamos al descubrir el verdadero sentido de esta aventura a través de la cual valoramos el acto creativo. Al surcar el arisco y turbulento oleaje y enfrentar la impetuosa corriente con sus traicioneras resacas, evocamos el viejo adagio: el marino no se hace retozando en el muelle, sino navegando en el incierto mar…

gonzalohugova@gmail.com

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