La banalización del poder

Rodrigo Ocampo

El populismo no es un invento moderno, si bien los primeros documentos sobre reyes, emperadores y faraones dan cuenta de un aparato institucional rodeado de liturgias que tenían como finalidad cimentar el poder asociándolo con los dioses, también hay referencias tempranas a movimientos  que desafiaron el poder establecido en nombre del pueblo. Como los hermanos Graco (123 A.C) que siendo tribunos de la plebe revolcaron Roma con repartos de tierra y otras medidas que al final les costaron la vida. O la rebelión de Coré contra la autoridad de Moisés descrita en la Biblia (Números 16). En la era moderna las revueltas populares son  cosa cotidiana; la revolución francesa, los movimientos de liberación contra el colonialismo, tantas que a veces pareciera  que lo normal para el cambio de poder es la rebelión contra el orden preexistente. Lo  novedoso hoy  es la destrucción del sistema desde adentro donde sus enemigos utilizan los procesos democráticos para acceder al gobierno y derruirlo. Lo hicieron Chávez en Venezuela, Allende en Chile, y Hitler en Alemania. No parecía que en Colombia se fuera a repetir ese proceso en la medida que ha tenido una tradición democrática fuerte, se venían implementando reformas sociales con un buen resultado general en la economía y la perturbadora violencia de la guerrilla estaba dominada. Pero ocurrió y con una particularidad adicional, la destrucción de la majestad de la autoridad. En general los revolucionarios suelen aparentar una  ética  personal que acompaña el discurso redentor de los débiles, tipo Che Guevara  o Perón. Pero aquí eso no ocurrió, la destrucción del aparato del Estado no se ha acompañado de una actitud moral de los líderes del cambio que hacen de la ramplonería y la  codicia un estandarte. Es muy raro pero les está funcionando y se saldrán con la suya a menos que la sociedad reaccione con  fuerza.

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