H?ctor M. Palma Mendoza
Columnista
Suele o?rse, con salpicada sorna, la frase: ?Lleg? a la tercera edad?, aludiendo a la persona que frisa diez o doce lustros de edad, con un argumento equivocado de que est? vencida, caduca e inservible. Se ha generalizado ese concepto, causando ingratos efectos a quienes ya superamos esas edades. Los ingleses son ecu?nimes al sostener: ?Nadie es tan viejo como se siente?.
Lo malo es que, sobre esa edad, son numerosos los efectos negativos, desde las perspectivas: familiares, sociales, laborales, en el servicio p?blico, etc. Llegar a la jubilaci?n es el acabose vital. Mencion? este simp?tico exordio, porque es grato reunirme con amigos saboreando la tercera edad; unos simp?ticos e ingeniosos, otros circunspectos, algunos pol?ticos testarudos, y con agradables literatos; en fin? todos respetuosos y buenas personas. En esas cuasi-tertulias esquineras, tratamos diversos temas, amenizados graciosamente.
En una de nuestras charlas se dirimi? c?mo se vivi? la juventud, inmediatamente se cit? al nicarag?ense Rub?n Dar?o: ?Juventud divino tesoro /ya te vas para no volver??. Claro, la juventud es una bella e inolvidable edad, donde impera la quimera, la rebeld?a y el amor inyectado por Eros para invadir los corazones.
Mis contertulios se animan a dialogar sobre los recuerdos. Uno de ellos, exclama: ?Recordar es vivir. Nada fija tan fuertemente un recuerdo como el deseo de olvidarlo. Los recuerdos son una obsesi?n para aferrarse con devoci?n al ser amado?. Palabras van y palabras vienen, hasta el arribo a los versos amorosos de Alberto ?ngel Montoya: ?Mujeres que una noche nos amaron e hicieron más amarga nuestra pena??.
Otro, de mis compa?eros, recuerda a Porfirio Barba Jacob: ?Y cambi? mi dolor por mi locura y nadie ha sido más feliz que yo?. Todas estas son excentricidades y celajes recordatorios que alientan e irrigan el coraz?n de gozo y de mucha fruici?n.
Colof?n: La llegada de la tercera edad no debe ser signo de pesimismo ni de soledad. ?No! En ella, debe aparecer siempre el optimismo, el deseo ferviente de compartir con los seres queridos y amigos esa etapa feliz que el Supremo ha dado al ser humano. AS? SEA.
