Dos caras de una misma moneda, la dulce, la noble, la tierna, la bruja, la mala, la fea. Dos seres albergados en una misma botella, que supura azufre y otras veces olor a flores frescas. De soslayo en el espejo se puede adivinar quién se refleja, solo por el brillo en su mirada o por la ponzoña de sus malévolas reservas. La doncella es todo aquello que la bruja no ha podido conservar: EL amor, la nobleza, la paz; la bruja representa la fuerza y la seguridad, el valor para hacer suyo lo que tenía que tomar, con sus métodos poco ortodoxos, lo que alcanzó a arrebatar.
Son más que arquetipos, son una realidad, una que no sólo se vive en cada ciclo, una realidad no temporal. La bruja y la doncella viven en un constante batallar, haciendo de víctima y verdugo, esperando el momento para actuar. Hay una constante lucha por protagonizar, pero son las circunstancias quienes las han de convocar. La doncella es conciliadora, la bruja por la fuerza todo quiere tomar; así se les van los días peleando por conquistar, con veneno y té dulce, sus armas en el arsenal.

