LA CAJA LUCTUOSA DE MIS RECUERDOS

Rubén Darío Franco Narváez

“… Simbolizó la inocencia, la imprevisión, la pobreza / de aquel valle de tristeza convertido en camposanto. / Imposible recobrarlos, por millares enterrados / bajo el fango y la pavesa…” – Hernán Urbina Joiro (poeta colombiano).

Hoy, viernes 14 de noviembre 2025, armado de valor y venciendo la tristeza, abro la Caja Luctuosa de mis recuerdos: Fue demasiado tarde, cuando sonó la alarma roja, pues ya la muerte y la destrucción eran visibles en el campo de lodo que cubría a la población de Armero-Tolima.

En la agonía del miércoles 13 noviembre 1985, desapareció Armero, arrasado por una avalancha -de lodo- provocada por la erupción del Nevado del Ruíz, siendo visibles solamente el 15% de edificios y viviendas, dejando 25 mil muertos y 5.000 heridos; y, muy pocos sobrevivientes, que milagrosamente lograron situarse en sitios altos. La voz de emergencia tardó demasiado, entre la oscuridad y el caos de la catástrofe, cuyas advertencias fueron ignoradas.

Entonces … en la Caja Luctuosa de mi cerebro, con el corazón arrugado y lágrimas corriendo por mis mejillas, revivo episodios de mi trajinar periodístico.

Entre el fango, aprisionada medio cuerpo de su parte baja, vi a la niña de 13 añitos Omayra Sánchez Garzón, hablando y cantando para tratar de vencer a la muerte. Así, permaneció desde el miércoles –en la noche- hasta el sábado -10 de la mañana- cuando falleció, y grabamos sus últimas palabras: “Mami, te quiero mucho Papi, hermano. Adiós, madre”.

Allí, en medio de la tragedia, entre el fango el médico Rodrigo Meléndez ayudó a una mujer que dio a luz a una hermosa bebé, debiendo utilizar un cordón de su zapato derecho para ligar el cordón umbilical. Después del nacimiento, el doctor la bautizó con el nombre de CONSUELO.

Recuerdo al loro PAPACITO que, posado en una rama de un árbol, gritaba: “Auxilio, auxilio”. Y… por las dificultades, nadie lo pudo rescatar.

Regresé al desaparecido pueblo tolimense, 7 meses después de la tragedia, el domingo 6 de julio 1986, cuando el Papa Juan Pablo II, llorando y arrodillado frente a la Cruz donde antes estaba el Templo, declaró a “Armero Campo Santo” y oró por el descanso eterno de las víctimas”. Un ruego de paz para un valle de tristeza convertido en la caja luctuosa de nuestros recuerdos.

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