Yo soy la casa del ego, se me ha hecho difícil identificarlo, pues en los rincones menos pensados he podido verlo. En el cuarto de oración en el que rezaban los abuelos e incluso en la habitación del niño donde solo hay juegos. Lo he visto también en el closet de la mujer, colgado en el perchero; en el vestido corto y el pantalón de cuero, también en la ropa recatada que usa para señalar a otras por mostrar su cuerpo. En el plato de comida carente de carne para a los animales no causar sufrimiento y también en la cena donde se comen el cordero.
Lo veo en el baño, mirándose al espejo, alabando su figura o muriéndose de complejos. En las escaleras, en la sala de estar, en la cocina queriéndose llenar. Lo he visto en la cama holgazaneando sin querer trabajar y en el escritorio trabajando sin querer descansar. Lo he visto en las mañanas saliendo a trotar y en las noches yéndose a bailar. Lo reconozco, soy la casa del ego, por eso constantemente debo vivir al asecho, minimizando su impacto, atrapándolo en el acto, aunque se vista de sonrisa o de llanto.

