Neverg Londoño Arias
La demencia es ese extraño lugar de la edad en el cual deambulan “las mentes alejadas”, allí se encuentran los cerebros cansados lesionados o enfermos, con memorias deterioradas y pensamientos dispersos. Son momentos angustiosos en los cuales se pierde la orientación en lugares comunes como la casa, la cuadra, el barrio; confusión en el uso del lenguaje cuando todas las cosas cambian de nombre; se pierde la memoria de los rostros familiares; se trastroca el archivo de los recuerdos lejanos y cercanos con extrañas intermitencias y la actividad manual pierde todo interés. Se han deteriorado las funciones cerebrales, sin remedio, pero no llega a ser un estado de locura.
En el “Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales” la demencia se clasifica como “un trastorno neurocognitivo, un declive general de la función intelectual con dificultades en el lenguaje, el simple cálculo, la planificación, el entendimiento y las capacidades motoras, así como la pérdida de la memoria”. Las regiones afectadas se entrelazan con el desgaste paulatino de los sentidos, sobre todo la vista y el oído. Esa memoria sensorial golpeada, genera acciones dispersas, serios temores y estados depresivos permanentes. La conducta entrega variadas respuestas: “agitación, inquietud, comportamiento inapropiado, desinhibición sexual y agresividad”. Se hacen comunes continuos estados de depresión, alucinaciones, delirios, apatía, ansiedad y propensión a la incontinencia.
La demencia es prioritaria en los programas de salud pública en el mundo y no es homologable al deterioro normal que presenta el envejecimiento. El mal de Alzheimer por su parte, no puede considerarse como un estado de locura ni un trastorno de personalidad; opera como una manifestación de la demencia en la cual el cerebro reduce su tamaño con la muerte de las neuronas en la zona de la memoria. Al perder el contacto con la realidad concurren los mismos síntomas: olvido de rostros, de personas y del propio cuerpo; en un trasfondo de irritabilidad, desinhibición, pérdida de la imagen personal y conductas psicóticas.
Quien empieza a carecer de recuerdos entra a depender de la memoria de sus cuidadores. Revestidos de una infinita paciencia deben entrar a aceptar la situación para lograr sortear cada momento por difícil que parezca. En algunos casos sirven de gran apoyo algunas capacidades que tardan en desprenderse: estados de conciencia, sensibilidad y una personalidad probada, en un cerebro que resiste hasta el final en la antesala de la dependencia absoluta.

