Por: Padre Pacho
Los proyectos de ley 057 y 078 de 2025, abren un debate necesario, pero también riesgoso: el de la relación entre el Estado, la fe y el poder. En ellos hay una preocupación, que se conviertan en una persecución en cubierta, bajo el lenguaje de regulación, pluralismo y multiculturalidad. Y es aquí donde debemos detenernos, a pensar y discernir, no desde la desconfianza, sino desde la razón y el espíritu crítico.
Creemos que es saludable que un Estado de denominación laico, pueda tener una supervisión sobre sus organizaciones religiosas, no para suprimirlas, sino, para prevenir abusos o manipulación de masas; sin embargo, cuando la vigilancia del Estado se convierte en una herramienta para condicionar el mensaje espiritual o doctrinal de una iglesia, entramos en un terreno muy peligroso: el del control ideológico. Si la predicación debe ajustarse al gusto del gobernante de turno, entonces ya no hay libertad religiosa, sino religión domesticada.
La preocupación sobre el proyecto 058 toca una fibra profunda en la identidad nacional: Colombia es un país de raíces cristianas, sí, pero también es un territorio ancestralmente indígena, mestizo, negro, con una riqueza espiritual milenaria. Reconocer y financiar prácticas ancestrales no es lo mismo que promover la brujería o el satanismo, esa es una interpretación sesgada que convierte la diversidad espiritual en una amenaza.
No se puede confundir persecución con desacuerdo, ni crítica con censura, ni pluralismo con paganismo. Tampoco se puede vender miedo como si fuera discernimiento espiritual. El evangelio no necesita privilegios del Estado para ser anunciado, pero sí necesita creyentes lúcidos que no se dejen manipular ni por el poder ni por el miedo al poder.
Hoy más que nunca, la iglesia necesita ser libre, sí, pero también humilde, coherente, profética, y capaz de dialogar con el mundo sin perder su identidad. No se trata de callar el evangelio, sino de proclamarlo con verdad, sin caer en teorías conspirativas que solo siembran confusión y división.
La pluralidad religiosa no debe buscar, eliminar la fe cristiana; al contrario, la reta a vivir más profundamente su testimonio en medio de una sociedad plural. El verdadero cristianismo no teme la convivencia con otras expresiones, porque sabe en qué cree, en quién cree y para qué cree.
Cuando el Estado decide qué se puede predicar, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una amenaza.

