Maritza Salazar Velásquez
Columnista
Nacimos perfectos, puros, dulces, amorosos de alma y de mente, completos de pies a cabeza, rebosados del poder de la fuente. La naturaleza con la que nacimos la perdimos de repente, o poco a poco, cada vez que nos condicionaron, enseñándonos lo que debíamos ser, sin preguntarnos si era lo que queríamos verdaderamente. Entonces llorar se hizo vergonzoso y desnudarnos, imprudente, porque al crecer, de malicia y juicio nos llenamos, y vemos como aberrante lo que antes hacíamos naturalmente.
Perdimos la inocencia y con ello, la capacidad de ser, cuestionándonos si lo hacemos correctamente; empezamos a sentir que tenemos que seguir un modelo y no el propósito para el que fuimos diseñados originalmente. Lo natural se ha hecho ausente; la distorsión empezó a tomar forma obligándonos a cumplir un rol, para desempeñarnos y tener un lugar entre tanta gente. Vinimos sin ropa, sin miedo, sin pertenencias, sin ego, vinimos simplemente; nacimos todos igual, de la misma manera que moriremos, cuando a la fuente, debamos retornar.

