Rodrigo Ocampo Ossa
Columnista
Hace unos pocos meses la prensa europea salud? con entusiasmo el movimiento de los ?chalecos amarillos? originario de Francia. Pero despu?s de semanas de desorden, los desmanes del s?bado pasado con quema de almacenes, asalto a bancos y vandalismo generalizado parecen haber colmado la paciencia de los ciudadanos del com?n que est?n pidiendo mano dura al presidente Macron. Su apuesta por un ?di?logo nacional? para escuchar las voces disidentes ha terminado en una caricatura: mill?n ochocientas mil propuestas recibidas por internet solo tienen en com?n su lejan?a con la realidad. Menos impuestos, pero más servicios p?blicos.
M?s subsidios pero menos d?as laborales. M?s libertades, pero más seguridad. Respeto por los derechos humanos, pero control a la migraci?n. Cuando se deja de lado la política seria para hacer concesiones al populismo el resultado es previsible; retroceso en el ejercicio de los derechos de las mayor?as, deterioro econ?mico y, sobre todo, destrucci?n irreparable de los valores democr?ticos, pues lo que sigue al caos siempre es un gobierno autoritario, de izquierda o derecha, pero autoritario, ambos igual de indeseables.
La verdadera democracia tiene sus v?as de expresi?n en los organismos elegidos que funcionan bajo reglas conocidas e iguales para todos, y por supuesto, imperfectas. Pero si son acatadas resultan ser el menos malo de los sistemas pol?ticos. Dar rienda suelta a los ?reclamos populares? que pueden atentar impunemente contra el derecho de los demás ciudadanos a circular bloqueando v?as y el uso de letales bombas molotov como mecanismo de protesta, va más allí de un error de c?lculo pol?tico. Es el principio del fin de la democracia.
