Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
Columnista
“Marselleses cantemos la gloria de la patria, el hogar y la paz y que flote feliz en la historia la bandera de la libertad”. No es el himno de Marsella-Francia, es el del bello municipio risaraldense nacido hace 162 años y que se encuentra ubicado en el costado occidental de la Cordillera Central, en la cuenca montañosa del Río Cauca, donde se inicia el sector conocido como el Cañón del Cauca. No dudo un minuto en afirmar que Marsella se adelantó a la preocupación ambiental y de cuidado del ecosistema del que tanto se habla hoy.
Fue no solo con sus antepasados y fundadores entre los que se cuentan: Don Pedro Pineda, Nepomuceno Correa, María Gregoria Muñoz, José Bedoya -entre tantos- ; sino también por personajes como Don Manuel Salazar, o, “Manuel Semillas”, primer alcalde popular y quien desde 1.991 llevó a la práctica lo que para muchos era “hablar en chino”, el cuidado de los recursos naturales, de las fuentes hídricas y por supuesto el imperioso deber de “regar” semillas naturales y de comida por donde quiera que fuéramos -de allí el “Manuel Semillas”, porque sus bolsillos no ofrecían plata, sino algo mejor: vida verde, árboles y agua para el presente y las generaciones futuras-.
Marsella es llamado “el corazón verde de Risaralda”. Ilustre fue también Don Tomás Issa Álvarez, venido de Caldas, que se hace un insigne educador como ninguno ha habido “300 kilómetros a la redonda”; culto, elegante en sus modales y hasta su muerte en el 2.007, conciencia moral de los marselleses. Marsella es de telenovela, de esas que se han realizado ya allí y que muestran el fondo paisajístico de una tierra próspera, hermosa en su arquitectura, colorida y ante todo de hombres y mujeres nacidos en ella, que son íntegros, maravillosos y cultos: un Gobernador, Carlos Arturo López Ángel, un sacerdote escritor y arquitecto, el padre Carlos Giraldo; unas “matronas” encantadoras y de valores: Susanita Vélez, las señoritas Montoya e Issa, Ligia Salazar, la profesora Elvia Gallego, las Giraldo, las Martínez, y, muchas más.
En Marsella, el café, los libros, el arte, la cultura y la música han logrado unir a generaciones y generaciones. Su icónica Casa de la Cultura construida y regentada por las Bethlemitas que educaron más de medio pueblo hasta 1.970 donde pasó a ser con sus fragmentos de arte colonial y precolombino, parte del paisaje cultural cafetero, y que se ha convertido hoy en un centro de potenciales músicos, pintores, poetas, escritores y hasta deportistas, liderados por las administraciones de turno y el muy emprendedor y amante de la cultura Gilberto López Ángel.
Marsella tiene periódico: “Marsella al día”, un tabloide fundado por Mario Salazar gran señor y líder social, que informa y hace “crítica” constructiva y social. Dos obras monumentales engalanan su encanto, la Iglesia central dedicada a la Inmaculada Concepción de estilo neogótico, con una nave central y dos laterales de ladrillo a la vista, un altar de madera único, un sagrario de exposición y un Cristo Rey en la parte alta que bendice a sus habitantes, tanto urbanos como rurales.
Finalmente -no se puede dejar de mencionar- su cementerio “Monseñor Jesús María Estrada”, quien fue alma y nervio de toda la vida social, política y por supuesto, religiosa de las entrañas de esta población. Allí -dicen algunos- “da gusto morirse”; con un estilo arquitectónico barroco, con trazos góticos, románicos, corintos y el infaltable arte
Precolombino Muisca; una amalgama digna de un artista como el Padre Giraldo quien dirigió la obra. Marsella es un pedacito de cielo en la tierra como decía Santa Teresita; es de esos pueblos que enamoran y seducen. Su historia, gastronomía -festival de la gallina- sus veredas y ante todo sus gentes, merecen ser aplaudidas y visitadas para vivir la mejor telenovela con final feliz.

