Miscelánea

James Cifuentes Maldonado
Les voy a contar un cuento. Érase un vez, un país que se decía democrático y en verdad lo era. Un país donde las personas entendían el rol del Estado y el papel de cada individuo dentro de él, como sujetos de derechos pero también de obligaciones, un país donde cada ciudadano tenía claro el compromiso de dar en la medida de sus posibilidades y la ética para recibir los beneficios de vivir en sociedad de manera racional y justa; primaba la premisa de que el que más tenía más aportaba; un país donde a la gente le agradaba pagar los impuestos y no los evadían bajo el pretexto de que se los iban a robar, porque los recursos públicos eran sagrados; la pirinola de la hacienda pública giraba y siempre caía en “todos ponen” y todos ponían con gusto. En ese país no había reformas tributarias cada dos años ni exenciones, ni beneficios; los contadores simplemente hacían su trabajo, contabilizar, y no andaban haciendo artificios para disminuir la base grabable y mucho menos para pedir saldos a favor inexistentes.
En ese país, el valor de la Ley era claro y unívoco, simplemente se cumplía, nadie andaba por ahí pensando que “hecha la norma hecha la trampa”. Las personas comprendían y aceptaban con civilidad aquello de que “los derechos propios llegan hasta donde comienzan los derechos de los demás” y bajo esa regla se autorregulaban las libertades colectivas e individuales, no había excesos. En ese país nadie hacía fiestas escandalosas hasta altas horas de la madrugada, los conductores respetaban las señales y las normas de tránsito y cuando los multaban no salían corriendo a buscar un amigo en el gobierno para que les “colaboraran”. En ese país reinaba la ecuanimidad y la expresión “la ley es para los de ruana” no existía, los jueces hacían su trabajo sin ruido, sin intromisiones; los abogados eran verdaderos auxiliares de la justicia, no dilataban ni abusaban de tecnicismos legales; eso de la libertad por vencimiento de términos era exótico.
Aquí viene la mejor parte. El ejercicio del voto era impecable, se entendía más como un deber y un derecho y no como “una cosa que no es conmigo”; la gente votaba a conciencia, el abstencionismo era raro; la publicidad política era financiada por el Estado con candidatos que eran dispuestos por los partidos, escogiendo imparcialmente a las personas más probas y con mayor liderazgo de la comunidad, no había compraventa de avales, nepotismo, ni transfuguismo; prácticamente no había que hacer campaña y por eso no habían “maquinarias electorales”, no era necesario recoger firmas, ni referidos.
Finalmente, como la democracia fluía de manera natural y la gente elegía a sus legisladores y a sus gobernantes libre y espontáneamente, no había que prometer puestos ni contratos, además porque existía una carrera para acceder al servicio público con la que se proveían no solamente los cargos de carrera sino también los contratistas temporales, mediante concursos y convocatorias abiertas estrictamente basadas en el mérito. Las administraciones funcionaban con los mejores y no habían barridas cada 4 años, por eso, las políticas públicas, los programas, los proyectos y las obras continuaban y se completaban, sin trauma, con normalidad.
Los lectores entenderán que ese país no existe y que este ha sido solo un cuento de Navidad.
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Otras opiniones

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1 COMENTARIO

  1. Me alcancé a imaginar que ese país yo lo conocí cuando era un niño , tal vez por mi inocencia no me daba cuenta lo que pasaba en ese país , ese país era colombia y alcancé a vivir esa maravilla aunque fuera por instantes , hoy tengo 70 años y lo que estamos viviendo hoy , el peor de los gobiernos

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