Por James Cifuentes Maldonado
La semana pasada les conté un cuento, una fantasía producto de imaginarme un país del “nunca jamás” donde la democracia funcionara de manera perfecta, donde la gente ejerciera el voto por vocación, de manera espontánea, por mero culto al compromiso ciudadano y el ejercicio sagrado de elegir y ser elegido. Obviamente, al final concluí que ese país es una utopía, porque la democracia no se mueve sola, su discurrir se debe a las campañas cuyos engranajes en la mayoría de los casos se estimulan con el aceite de las promesas y de la burocracia. Sin campaña, no hay promesas y sin promesas no hay votantes, sin votantes no hay elecciones y sin elecciones no hay instituciones ni gobiernos.
Atenido a la realidad, quiero referirme a la polémica, un tanto hipócrita, que se da a previo a cada elección donde se cuestionan algunas las formas de hacer campaña y de ganar adeptos, dentro de ellas, los referidos.
El tema de los referidos debe considerarse en la dimensión que ha tenido siempre, en la normal recolección de datos de simpatizantes o potenciales electores, a través de listados, lo cual no es ninguna novedad, eso se ha hecho siempre, a través de reuniones, en medios rudimentarios como libretas, cuadernos o en su lugar en hojas digitales de Excel, siendo que incluso, en pasadas campañas, evolucionó de la mano de la tecnología a desarrollos más complejos y robustos a través de aplicaciones o Apps, bajo la premisa de que las aplicaciones son transparentes como facilidades o desarrollos, que han hecho que muchos procesos y actividades en el mundo se hayan optimizado, lo cual es el objetivo fundamental de la tecnología.
Cualquiera que sea el medio de recolección de datos y elaboración de los listados, que los elaboran todas las campañas políticas, ellos son herramientas para sondear el espectro político o analizar el mercado para orientar sus estrategias; en cualquier parte del mundo, eso es normal, porque la política es una empresa como cualquiera otra, donde los clientes no se llaman clientes sino electores y los prestadores de los servicios no se llaman empresarios sino políticos, con todo lo que significa y encierra ese difícil y arriesgado oficio en materia de ofrecimientos y promesas que aquí se llaman propuestas programáticas y que obviamente no se venden si no son publicitadas y conocidas entre los potenciales electores.
Las estrategias para cultivar y cautivar el electorado político pueden ser muchas y no necesariamente ilegales, como hacer encuestas, listados, propiciar referidos, hacer reuniones, hacer llamadas telefónicas, volanteo o simplemente echando el cuento en una plaza o en un bus; estrategias que por sí solas distan mucho de materializarse en otras acciones que restrinjan o atenten contra la libertad del voto.
El constreñimiento es la afectación violenta y efectiva de la voluntad de los ciudadanos, en el ejercicio final en las urnas, y es claro que consumar y comprobar eso es muy difícil porque, entre otras cosas, el voto en Colombia es secreto y nadie debe enterarse finalmente los ciudadanos, en su fuero interno y en la privacidad de su cubículo, por quien marcan y depositan su voto. Visto así, la mera recolección de los referidos y los datos de ninguna manera tiene la capacidad de incidir en la autonomía de los votantes.

