Por James Cifuentes Maldonado
Si hiciéramos el ejercicio de recordar la ropa que teníamos puesta, lo que comimos o lo que hicimos hace dos o tres días, nos resultaría frustrante el esfuerzo para conseguirlo. La literatura dice que eso es perfectamente normal y se asocia con los parámetros de funcionamiento del cerebro, que prioriza el almacenamiento de información, filtrando los hechos y los acontecimientos, los que se quedan a flor de piel y los que definitivamente desaparecen en el olvido.
Hay situaciones, hechos, lugares o personas que aunque hayan pasado muchos años, incluso desde la niñez, se mantienen ahí frescos, vigentes y se conservan sobre ellos datos y detalles con increíble exactitud, ya sea porque constituyeron momentos dulces o de felicidad o porque tienen alguna carga traumática y siguen ahí, nos persiguen, aunque intentemos negarlos.
La presente elucubración corresponde a una charla en mi casa en la que nos propusimos hacer el ejercicio de la memoria inmediata y de la remota. En mi caso, como era de esperarse, siendo un viernes, me resultó absolutamente imposible hacer una relación de lo que hice entre el lunes y jueves, a pesar de que hice cientos de cosas y en cada una de esas jornadas en la noche me acosté exhausto.
Mis hijos me preguntaron por un ejemplo de algo inolvidable y les hablé por enésima vez de Bertulfo Ramírez, sobre una situación en su momento irrelevante, en mi mente de niño, pero que me marcó y que he llevado siempre conmigo.
El hecho se remonta al año 1984, cursaba yo séptimo grado de bachillerato en un colegio muy de moda por la época en la ciudad de Pereira, por el formato que tenía y que se asemejaba a una universidad, me refiero al colegio y INEM Felipe Pérez que funcionaba por Bloques y los estudiantes se trasladaban de salón en salón para ver cada asignatura, lo cual era francamente una novedad.
En la asignatura de español teníamos un docente que se salía de lo convencional; era bien particular, en la forma en que se comunicaba en la forma que vestía y en la forma en que incluso se comportaba y se movía; practicaba Tai Chi y siempre llevaba una bota del pantalón remangada sobre un botín de cremallera a medio cerrar; Bertulfo Ramírez se llamaba.
Un día cualquiera al profe Bertulfo, le dio por no dar clase y en su lugar nos dijo a los estudiantes que nos iba a enseñar a caminar. Nos hizo formar las sillas en circulo y él se ubicó en el centro; luego de un ejercicio de relajación en el piso, nos pidió que nos pusiéramos de pie, que nos paráramos lo más erguidos que pudiéramos, y sobre todo que enderezáramos la espalda, que acomodáramos los hombros, que miráramos hacia el frente. Nos dijo que teníamos que estar orgullosos de nosotros mismos y que procuráramos ir siempre así por la vida con dignidad, sin miedo ni complejos por nuestro origen o nuestra condición, con la seguridad de los que transitan por el actuar correcto y la honestidad, los que no tienen que cambiar de andén y pueden, siempre, ver a los ojos y saludar a cualquiera que se encuentren; nos dijo que procuráramos que eso fuera siempre así. Nos dijo que algún día, indistintamente de a donde llegáramos o cuanto lográramos o atesoráramos, eso sería lo que en verdad importaría.
Gracias al profe Bertulfo; ignoro que fue de él, aunque nunca se ha ido de mi vida.
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