De nuevo, tras más de dos milenios, hasta este 2025 que se desvanece, el territorio no alcanza el propósito real de su ordenación. Permanece intacto en su universalidad, que cobra sentido por sus pobladores. No obstante, estos no le han dispensado el merecido tributo, todo por cuenta exclusiva de la dimensión política, que, como engranaje mecánico de un todo inseparable, arrastra en su vicio a las variables dependientes: economía, sociedad y ambiente.
Se traiciona el sentido profundo cuando se lo ideologiza, rindiéndole pleitesía a Sócrates, Platón y Aristóteles, mientras se ignora con peligrosa ceguera a Tales de Mileto, los sabios egipcios y los guardianes ancestrales de territorios autónomos, anclados en la tierra misma, la cual defienden hasta con su vida. La mente o el espíritu colectivo, queda así maniatado bajo la autorización de humanos clasificados como primarios, dueños de un poder que no arraiga.
Se impone ahora el método filosófico del materialismo histórico, sin desmentir, mas subsumiendo, el estoicismo, el criticismo y la epistemología vulgar del pueblo, que se manifiesta en democracia aparente. El poder, lejos de ser omnímodo, se segmenta como venas en la tierra partida: las minorías lo custodian, gracias a la entrega voluntaria e imbécil de las mayorías, que ceden su soberanía por migajas de ilusión.
Era cuestión de tiempo, inevitable como la crecida del río: afloró la contradicción dialéctica, donde pobladores de tesón y pudor alzaron la voz contra el despropósito. Surgieron actitudes de confrontación implacable, la ciencia frente a la ideología, lo sustantivo frente a lo formal. La gran conclusión, no aceptada aún, no fue otra a afirmar que los territorios, únicos en sus dimensiones y atributos, son realidades materiales que no se decretan, sino que se habitan en medio de asimetrías que se concretan.
Humanos de toda ralea, sabios e ignorantes, inteligentes e imbéciles con rugido de bestias y zorros con careta de ovejas, se enredaron en pugna irreconciliable. Y el resultado, sorprendente como un eclipse: parece ser que vencieron los imbéciles.
En el colectivismo primitivo, la inteligencia fluía común como agua de manantial: la propiedad privada, nacida de contradicción colectiva, abrió paso a la Formación Estatal, donde la fuerza bélica se erige en pilar sustantivo. Hoy, en la modernidad, se ratifica este legado histórico en línea recta: humanos que buscan sentido a su territorio mediante la cultura del poder desequilibrado. Logrado sin disputa, por imposición de saberes formales que cooptan a algunos inteligentes, poco sabios.
Para Colombia, el fenómeno histórico está determinado por la decisión de sus pobladores mayoritarios, incluidos los Rodolfistas, que dan paso a lo utópico hecho realidad: un cambio no por sojuzgamiento histórico, sino por convicción lamentable que alerta el futuro. Trascender en conciencia es el sendero para sustentar los hechos, abrazando con inteligencia la universal concepción del poder popular de individuos, jamás de masas comunes. El ordenamiento y el orden ya se reconocen; solo resta la ordenación, que asegura un cambio lento pero efectivo, como la savia (fluido vital de las plantas, pulso interno del territorio vivo) que renueva la raíz.
Pese a la advertencia fundada del Contralor Departamental de Risaralda y el Personero Municipal de Pereira, voz costeña entre otras cosas, que desnudan la ilegitimidad de los POT, las campañas ideológicas se obstinan en el statu quo, perdiéndose irremediablemente este año 2025, repitiendo la historia, convertida en rutina trágica: Hacer de Risaralda y Pereira, su capital, la Región más atrasada políticamente de Colombia y emblema global del rezago. Aun así, perdiendo años consuetudinariamente, sabiendo la razón, el mundo donde yace Risaralda alumbra esperanza, es cuestión de tiempo y voluntad popular verdadera, como grano de café que fermenta en la mata.
Feliz Año; lo de prosperidad, está por verse. Habrá que esperar si se vota con libertad, coherencia y sin las consabidas inducciones. Porque, aplicando mera lógica y sano razonamiento, resulta imposible que los avasalladores seriales, saqueadores del erario y verdugos del pueblo, se transmuten en mesías redentores. ¡Qué prodigio de alquimia política! Evoca lo absurdo de campañas que prometen prosperidad pese a décadas de atraso.
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