Maritza Salazar Velasquez
Columnista
Todos los días preparo una pócima cual bruja que cuece su embrujo en el caldero.
Le agrego gotas amargas y unas cuantas hojas dulces, un poco de café y un tallo de borrachero.
Le pongo limón y miel, y me siento a observar como se mezclan los ingredientes para luego, beberlos.
Todo aquello con lo que preparo el menjurje, finalmente tiene un propósito, que suele ser todo un misterio, y es que, a pesar de ser siempre los mismos componentes, a veces sirven de pócima y otras de remedio.
Envaso el resultado en un frasquito pequeño, lo llevo en mi bolso y todo el día lo bebo. Se nota cuando hablo y también en lo que pienso, la fuerza con que acaricio, la dulzura con que beso; la suavidad del alma, la fuerza de mis versos.
Soy yo quien lo bebe, pero envenena o alivia al enfermo; mata a gotas a quien le sabe amargo y devuelve la vida a quien en su sabor encontró algo placentero. Y es que la pócima que soy, no tendrá por qué a todos saberle bueno. Soy una preparación extraña, una pizca de infierno y otra de cielo. Yo quiero ser remedio, jamás quise ser veneno.

