Proteína: el nutriente olvidado que sostiene la salud en la edad adulta

Por Juan David Ortiz Sepúlveda

Durante años, la proteína ha sido asociada casi exclusivamente con atletas y rutinas de gimnasio. Sin embargo, la ciencia nutricional contemporánea es clara: en la edad adulta, y especialmente a partir de los 50 años, el consumo adecuado de proteína es un pilar esencial para preservar la salud, la autonomía y la calidad de vida.

Uno de los mayores desafíos del envejecimiento es la sarcopenia, es decir, la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular. Esta condición no solo limita la movilidad, sino que incrementa el riesgo de caídas, hospitalizaciones y dependencia funcional. La evidencia científica muestra que una mayor ingesta de proteína se asocia con menor riesgo de fragilidad y mejor función física en adultos mayores (Smith et al., 2022).

A este problema se suma un factor fisiológico poco conocido por la población general: con la edad, el organismo pierde eficiencia para sintetizar proteína muscular después de las comidas, fenómeno conocido como resistencia anabólica. Por esta razón, diversas guías actuales recomiendan que los adultos mayores consuman más proteína que los adultos jóvenes, con valores que oscilan entre 1.0 y 1.2 g/kg de peso corporal al día, e incluso más en situaciones de enfermedad o recuperación (Harris et al., 2025).

La ciencia también subraya que no basta con “comer más proteína”, sino que importa cómo y cuándo se consume. Estudios recientes señalan que distribuir la proteína de manera equilibrada a lo largo del día idealmente entre 25 y 30 gramos por comida favorece la síntesis muscular y mejora los resultados en fuerza y funcionalidad (Harris et al., 2025).

Las consecuencias de una ingesta proteica insuficiente en la edad adulta van más allá de lo muscular. Investigaciones longitudinales han encontrado asociaciones entre bajo consumo de proteína y mayor riesgo de mortalidad, peor función inmunológica y recuperación más lenta frente a enfermedades agudas (Walker & Jones, 2023). A pesar de ello, una proporción considerable de adultos mayores no alcanza siquiera las recomendaciones mínimas diarias, debido a factores como pérdida de apetito, dificultades económicas o problemas de masticación y digestión (Lee, 2024).

Frente a este panorama, resulta preocupante que el debate público sobre nutrición siga centrado casi exclusivamente en reducir calorías, cuando el verdadero desafío en la edad adulta es nutrir adecuadamente. Promover el consumo de proteínas de calidad tanto de origen animal como vegetal no es una moda alimentaria, sino una estrategia de salud pública basada en evidencia, donde invertir en educación nutricional, facilitar el acceso a alimentos ricos en proteína y reforzar el rol de la nutrición en la atención primaria puede marcar la diferencia entre una vejez frágil y una vejez activa. En definitiva, la proteína no es solo un nutriente: es una aliada silenciosa para envejecer con fuerza, independencia y dignidad.

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