Por: Rodrigo Tabares Ruiz
La pregunta ¿qué quieres ser cuando grande? es una de las que escuchamos con mayor frecuencia en nuestra infancia. A la misma respondemos con ilusión desde nuestra pequeña cosmovisión: astronauta, bombero, médico, policía, superhéroe, futbolista, etc. Los sueños infantiles reflejan la imaginación sin límites y el deseo de contribuir al mundo de formas visibles y heroicas. Pero con el paso del tiempo, esa espontaneidad se diluye. La elección de la carrera a estudiar se transforma en una opción condicionada por el entorno, el dinero, las oportunidades y, muchas veces, por la tradición familiar.
Para algunos es una pregunta tonta y pasada de moda, sin embrago, tiene un enorme valor educativo y social, la cual en la secundaria se transforma en “qué voy a estudiar cuando termine el Cole”, y comienza la disputa personal entre lo sentimental y lo racional, la vocación y el dinero, lo que me gustaría ser y lo que me permitiría emplearme. Lo ideal es que haya armonía entre la carrera que realmente se quiere estudiar y la demanda del mercado laboral.
La inmensa mayoría de los futuros profesionales toman la decisión sobre la carrera a estudiar cuando están en el colegio, es por ello que las instituciones educativas deben fortalecer sus estrategias de orientación vocacional para acompañarlos más en esta decisión que marcará el futuro de sus vidas.
En Colombia se presenta una concentración alarmante de estudiantes en ciertas carreras universitarias. Más de la mitad de quienes acceden a la educación superior se están formando en programas como Derecho, Ciencias Sociales y Ciencias Políticas, mientras que las demandas del mercado laboral y los desafíos globales avanzan por otro camino; es decir que desde hace varios años Colombia va por un lado y el mundo por otro.
Esta transformación obliga a repensar la orientación vocacional y las políticas educativas en Colombia. Aunque hay importantes avances en cobertura, gratuidad y mayores recursos destinados a la educación, no es suficiente. Un país competitivo debe transitar de un modelo centrado en profesiones tradicionales a una formación alineada con las demandas locales, nacionales y globales. Incorporar competencias STEM, inteligencia artificial y análisis de datos desde la educación básica es clave, pero sin descuidar la conciencia ambiental, el pensamiento crítico y el desarrollo humano.
Es momento de repensar lo que enseñamos, cómo lo hacemos y de fortalecer las acciones conjuntas entre el estado, la academia y la empresa que nos permitan formar los profesionales que respondan a las demandas de los mercados regional, nacional y global.

