Por Julián Cárdenas Correa
Como nos consta a todos, empresarios y empleados, académicos y servidores públicos, llevábamos años, muchos años, en donde las conversaciones organizacionales gravitaban casi que de manera unánime en torno a muy pocos temas, básicamente todas las empresas estábamos dedicadas a hablar de Inclusión y de Sostenibilidad. En cuanto a este último término nos referíamos principalmente a los temas ambientales.
En las discusiones casi que no cabían nuevos temas, nuevos términos. Estábamos abocados a hablar de lo mismo. Se aparcaron otras preocupaciones, otras inquietudes, las microeconómicas; en último término, se dejaron de lado las más esenciales y más inherentes a la actividad económica.
Estábamos atravesando una época en la que hablar de productividad, o eficiencia, o minimización de costos, era casi un tema vetado, por lo menos en público. Mucha de nuestra gestión empresarial estaba concentrada básicamente en hablar de qué es inclusión, cómo se practicaba una verdadera inclusión y del grado de responsabilidad que teníamos las empresas en el calentamiento global y por ende cuáles eran las posibles acciones que emprenderíamos para “pagar” lo que nos correspondía.
En las últimas semanas, en mi ejercicio profesional y mi actividad gremial, hay una explosión de preocupación microeconómica que llevábamos años sin ver. Muy posiblemente la más reciente reforma laboral y el desmesurado incremento del salario mínimo, logren lo impensable. En una especie de serendipia, lo que pretendía ahogar al sector empresarial, o por lo menos, lo que pretendía colgarle exigencias desmesuradas sin tener en cuenta los cálculos microeconómicos, logre lo que en otra época sería impensable: Que haya una explosión de eficiencia y de productividad que, en un año o poco más, se traduzca en un aumento de la competitividad empresarial que, a la larga, mejore precisamente los resultados empresariales a nivel agregado, que impacte a toda la economía en los próximos años.
Cuando todas las empresas, grades, medianas y pequeñas nos hacemos las preguntas y se las trasladamos al personal, las respuestas son enriquecedoras. Preguntarnos y preguntar a los directamente implicados cosas como: Dado que tenemos menos horas para trabajar y que el salario mínimo se incrementó en un 23%, nos enfrentamos a un desafío colectivo. ¿Cómo logramos producir más, crecer, ser más eficientes; con menos personas, o con las mismas que teníamos en 2025? ¿Qué cambios debemos hacer, cómo usar la tecnología y la IA, para que logremos esa eficiencia?
Estamos atravesando un momento en que la adversidad de un gobierno que no apoyó al sector empresarial, de ningún tamaño, nos está forzando a que todos intentemos responder estas preguntas al mismo tiempo y necesariamente todos haciendo los esfuerzos de ser creativos, innovadores, al unísono, tendremos que lograr lo impensable: Que la productividad por empleado se incremente, que por fin entendamos y sepamos aplicar la IA a nuestro día a día, que los empleados, desde los de menor nivel hasta los del más elevado, aporten sus ideas para lograr salir airosos de la coyuntura.
Es probable que haya sido el mismo gobierno actual el que logre, lo que no logró el mercado. Es probable que la destrucción creativa de la que hablaba Schumpeter, se alcance, no por industria, sino a nivel económico agregado.
No creo que sea un acto de fe. Creo que en este caso es simplemente un efecto colectivo desde la sensatez microeconómica que tendrá que verse reflejado muy pronto.

