Maritza Salazar Velásquez
Columnista
Tú allí sosteniéndome, mientras yo me estaba derrumbando; con tu magia y tus rezos limpiándome toda la oscuridad que en mí se ha quedado; prestando tu alma para redimirme, para aclararme, para revivirme, para salvarme. Yo destruida y hecha pedazos, con los fragmentos de una vida que se rompe, con la rabia y el enojo de lo que he permitido, con el dolor del lugar al que he llegado.
Tú allí sosteniéndome en ese abrazo, mientras yo me quebraba en mil pedazos; uniendo mis piezas con tus cantos y pegándome el corazón a pedazos. Solo recuerdo la humedad de mis lágrimas en tu pecho, la contención y el amor en tu regazo. Me sentí como una niña vulnerable que dejó de fingir fortaleza, porque encontró un lugar seguro para desnudarse.
Tú allí a mi lado, recordándome que soy una semilla divina, mientras el humo de un tabaco se lleva todo el peso de lo que he cargado, diciéndole a mis ancestros que sus luchas no he olvidado, ayudándome a tomar la bandera con coraje, para limpiar las memorias de dolor que ha representado mi linaje.

