Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez
Columnista
Una mañana mientras desayunaba, Veneranda -así se llama bellamente- quien labora en mi casa haciendo los alimentos, me contaba viendo unas fotos que estaban colgadas en la pared, cómo recordaba las fotos de sus tres hijos el día de su primera comunión, “padre, no teníamos para la torta y al salir de la Iglesia, una vecina me prestó el pastel de sus hijos para que los míos se tomarán la foto de rigor y las pudieran ver cuando grandes”. Le pregunté, Veneranda, ¿y les dieron pastel?, me respondió: “no padre, sólo eran tres fotos y un pastel, sin derecho a comer”. Yo sentí tristeza.
En efecto, Veneranda es desplazada de la violencia en el Chocó, los grupos armados asesinaron a su esposo, quedó viuda y con la gran responsabilidad de sacar sus tres hijos adelante; se vino como pudo para nuestro Eje Cafetero, y hoy es una mujer madura, golpeada por la violencia, y orgullosa de sus hijos y nietos. De esta historia ya hace 27 años. Colombia transita en los últimos 10 años por un proceso de paz que ha sido concertado entre las partes y que ha traído lo que ya muchos conocemos: cesación de armas, creación de caminos políticos para los que por muchos años fueron verdugos, oportunidades de hacer memoria y reparación desde la verdad completa para sanar heridas y corazones. A hoy todo ha sido muy difícil, por ratos avanzamos y por otros, damos pasos atrás.
El nuevo gobierno ha propuesto la “paz total”, y sin concretar lo anteriormente firmado, nos lanza como país a unas conversaciones que aún no comprendemos del todo, y que vincula en sus primeras intenciones a grupos delincuenciales, traficantes de droga y hasta políticos que han caminado por la cuerda floja del crimen. En días pasados a la comisión de la verdad liderada por el padre de Roux, se le negó el carácter vinculante de sus muchas páginas de informe, llenas de violencia y testimonios, con futuras negociaciones. La JEP (Justicia Especial para la Paz) quien hace un trabajo muy interesante, llama y pone a dar testimonios a todos aquellos que se valen de ella, como una oportunidad para escapar de la cárcel merecida por sus crímenes.
Al Estado, a hoy, se le siente “ahogado” y da la impresión de que necesita mucho aire para acometer su seguramente “buena intención” de paz total; pues se dejan ver y leer con muchas contradicciones en sus planteamientos, confusiones en su ejecución y una cada vez más desesperanzadora luz de paz, pues avanza galopante el rearme de las disidencias, la inseguridad en ciudades, pueblos y veredas y un desgaste muy temprano en el ejecutivo, que a 8 meses de gobierno aún no es claro. Veneranda, le dije, invita a tus hijos, así ya estén grandes, compramos un pastel, traes a tus nietos, hacemos una oración, repetimos las fotos y por supuesto comemos y celebramos. A la vida todo, a la violencia nada. Venerando lloró, y por supuesto, yo también.

