La palabra “gaucho” es propia de los ambientes montañosos de América del Sur (Argentina, Paraguay, Uruguay); es propiamente en las pampas de las afueras de Buenos Aires, en donde un gaucho era un hombre valiente y rebelde que, montado en su caballo salía en búsqueda de su rebaño y musitaba canciones de “arrabal” (despecho). Así llamaría al “Caballero Gaucho” nada más y nada menos que el maestro Luis Carlos Gonzáles, el poeta de “la ruana”, a don Luis Ángel Ramírez Saldarriaga, quien nació en Pereira el 10 de junio de 1917, vivió su infancia en Anserma Nuevo Valle, volvió a Pereira y luego se radicó por más de 50 años en las bellas tierras de la Virginia, a orillas del río Cauca, para inspirarse en más de 180 canciones de su autoría, y grabar con los sellos disqueros de la época más de 800 canciones que sonaron a lo largo y ancho del mundo.
Don Luis Ángel, como le decían en la Virginia, tuvo 4 esposas, 13 hijos, 22 nietos y 5 bisnietos, montaba en su bicicleta todos los días en pantalones cortos y camisas de colores, se sentaba en el parque principal, charlaba con todos, rezaba en la bella Iglesia Católica principal del Carmen, y seguramente nadie se imaginaría que sería uno de los artistas más grandes y prolíferos que hayan parido estas tierras cafeteras. Viejo Farol se distingue entre otras, como una de las más bellas piezas musicales por él creadas: “Viejo farol que alumbraste mi pena aquella noche que quise olvidar, hoy veo tu luz taciturna y enferma cual si estuvieras cansado de alumbrar”.
Seguramente, la Virginia, después de un incandescente sol, encendía en cada esquina un viejo farol para alumbrar no sólo el camino de sus habitantes, sino también sus penas, luchas y desamores vividos por allá en los años 60. Su singular mostacho (bozo) fue un rasgo distintivo que lo acompañó hasta la muerte, acaecida el 9 de agosto de 2013, mostacho que se pintó en sus últimos años y lució cual gentleman del arrabal. Hoy como todo gran artista sus regalías están en disputa, el bajo reconocimiento cultural y musical de las instituciones de entretenimiento del país, no han hecho mucho por guardar su legado; y por qué no, con todo respeto, una que otra lucha intestina de su propia familia, han opacado su genio artístico. Durante este fin de semana, la Virginia y la administración Municipal en un acuerdo del Consejo de hace 10 años, le rinde homenaje y lucha para que su legado no muera. Mientras tanto en cada bar y en cada esquina, al susurro de las brisas del Cauca que corren por las amplias calles del Puerto Dulce se escucha a todo volumen: “Hoy solo queda de ayer, entre la bruma fría y sangrienta de los años, más que pesares y desengaños, pero en mi angustia te quiero más”.

