Angel Gómez Giraldo
Sábado 21 de mayo del año 2.022 en Pereira, y segundo de una pandemia con víctimas por montones ya que la Organización Mundial de la Salud (OMS) rectificó el total de fallecimientos señalando que no son 6 millones, sino 16 en todo el mundo.
Sábado seco de los muchos que han pasado fríos durante la más larga temporada invernal pues hace más de tres años la ciudad no registra temperaturas superiores a los 27 grados y por lo mismo sequías.
Sin embargo en este día y fecha, ambos ahorcados en el calendario, se fue viniendo calentón, fiebre alta que dura poco, y la población sale a tomarlo al centro de la urbe que desea ignorar el covid-19 mostrando una aparente normalidad.
Antes de las 3:00 de la tarde, con la seguridad de que no habrán lluvias, voy camino al movimiento, al olor, al sabor, al calor de la “morena y trasnochadora como le dijo el poeta a Pereira para resaltar su alegría.
¡Oh Dios! Pocas personas con el tapabocas que fue obligatorio hasta hace apenas algunos días para evitar los contagios.
Como al comienzo de la peste que eran pocos los que no lo llevaban ahora son pocos los que lo lucen.
En el trasporte público solo el conductor y uno que otro usuario dejan ver el juicio y muestran el buen fundamento en la máscara.
Hasta se habla de la “pospandemia”sin salir de ella ya que resiste a irse definitivamente.
Aún se registran contagios y fallecimientos aunque no en la cantidad de los “picos” o en los peores días de una desgracia que encendió de nuevo la fe de los creyentes y a llenar de fieles los templos católicos.
Precisamente éstos en el momento no están asistiendo al templo guardando los protocolos de bioseguridad exigidos al comienzo. Solo uno que otro.
Hasta la hostia se está suministrando en la boca de los comulgantes cuando hasta hace poco el cuerpo de Cristo se daba en la mano para evitar que uno y otros fueran infectados.
De esta manera vamos olvidando lo que no se debe olvidar al igual que olvidamos la peste de antenas en el 430, la peste negra de 1.347 que llegó a ser mortífera y que proveniente de Constantinopla azotó a Europá; la de Londres en 1.665, la peste española que alcanzó hasta Bogotá como una “gripita” que pasó a ser gripa mortal que en un mes del año 1.918 se llevó 1 mil vidas de residentes en la capital del país.
Fue algo aterrador. Los historiadores cuentan que las personas afectadas caían muertas en la calle cuando se dirigían a los hospitales en busca de atención médica.
Sitios cerrados
En los autoservicios, restaurantes y heladerías donde para el ingreso se exigía el tapabocas, se atiende, se sirve y se consume en este momento sin ningún escrúpulo.
Hasta se come con la mano. Parejas que comen con exceso en un mismo plato.
Es tanta la avidez por volver a la cotidianidad de la normalidad perdida que dejó el tapabocas atendiendo la autorización del gobierno por evitarlo en recintos cerrados, que en el encuentro de amigos en la calle, el que no lo muestra le dice al que lo lleva puesto: “Quítatelo que la peste ya pasó”.
Es mentira que rebota puesto que autoridades de la salud permanecen alerta por la posibilidad de un nuevo brote del coronavirus.

Sitios públicos
En el Cafetín, bar lleno de viejos, “normal. Como si hoy fuera ayer.
En El tranvía y La Milonguita más, jubilados pero bailando y bailándose el virus de una gripa que no es el covid pero que puede terminar en ello y que en estos días que corren afecta a muchos ciudadanos de la capital de Risaralda desde el mes de marzo de este mismo año.
Y qué decir de los consumidores de sexo que llegaron a rechazar a la esposa o pareja sentimental para no terminar contaminados.
Ya hasta los hoteles, moteles, y pecaderos baratos como son las llamadas residencias, como en los hospitales, pacientes hasta en los pasillos.
El poeta norteamericano Walt Whitman llegó a bramar: “ Todo nos faltaría si nos faltara el sexo”.
Así pues, parece que los matrimonios y uniones de pareja se han incrementado ahora que no se exige el tapabocas, sino en hospitales y centros de salud aunque para disparar cualquier tiempo es bueno, es el decir de los más lascivos.
Y otros, que primero se cierran las iglesias que los pecaderos.
Queda pues la obligatoriedad del tapabocas en las sastrerías y hospitales.
En las sastrerías porque allí saben tomar medidas y en los hospitales por razones obvias.
A rastras
Este sol de sábado 21 de mayo me lleva de la lengua por el centro de la muy chapolera Perla del Otún.
Auna cosa si me sorprende, que el mango de la Plaza de Bolívar, primero hacia la esquina de la calle 20 con carrera 8ª., no esté dando hoy sombra a las trabajadoras sociales, eufemismo que le queda grande a las barraganas, sino a un vendedor ambulante de cigarrillos y mentas frías para congelar chupadas de trompa.
Continúo a paso largo hacia el otro infierno que llamamos con cierta morbosidad, El Lago, así no más porque no se necesita dónde está para llegar.
Y llegué. Ya estoy ahí. Los rayos de un sol que ha violado nubes para que no llueva en hora vespertina llenó el espacio tan popular y tan diverso para utilizar un término de modo como lo sigue estando el morral que mata la elegancia cuando se lleva a la espalda.
Veo jóvenes de uno y otro sexo con una alegría grande en el cuerpo como en el alma.
Colores en la piel, algunos con exageración.
La fuente reflejando el arco iris que está en la bandera de la comunidad gay que para tener presencia en este lugar se la ha puesto como capa.
Lo que veo es exultación de fiesta. Gente de ambiente y corazón contento.
Al frente el templo del Claret guarda silencio. Sus puertas están cerradas. Las abre solo para la misa de las cinco de la tarde.
Quizás algunos gays entren a orar. “Dios ama a todos”, repetía el levita en la homilía del día anterior.
Veo o me parece ver las voces de la diversidad sexual apagando las del vendedor de “tiento” y chococono que ya no se escuchan.
La autoridad insensata las sacó hace pocos meses, para acabar con las gargantas de los visitantes y adultos mayores que gustan ser atendidos por los jóvenes vendedores.
“Entonces qué”. esta es la frase que más se escucha bajo las pérgolas.
No tengo necesidad de decirles que todas las personas asistentes a este acto tan colorido tienen puesto el tapabocas. “Todo normal”.
Sigo la marcha pensando muchas cosas.
A unos cuatro metros más adelante me encuentro “en las mismas puertas” del Autoservicio Grajales, calles 21 y 22 con carrera 8ª. Así como esperando a la persona que no ha de llegar pero que permanece en la mente y el corazón.
De un momento a otro escucho cerca a mí, muy en mis oídos, la voz de un hombre.
Me avispo y lo veo como una persona no más que con huellas de una juventud divertida.
Pero eso sí con gorra de muchacho como copete de ave sobre la cima de un cuerpo de mediana estatura, robusto.
Vestía yines de muchos rotos y zapatos tenis de color blanco con bastante uso.
Poniéndoseme de frente, da una vuelta de modelo en concurso y seguidamente me pregunta muy suavemente: “¿Quién eres?”
Luego que lo entero de que soy periodista me sonríe más ampliamente que al principio para añadir: “Muy interesante”.
Desde el momento en que se dijo que el periodismo es el cuarto poder, la profesión fue ganando simpatizantes entre el público y los que saben halagarnos.
El desconocido con la actitud del que se encuentra en la cuerda floja de querer o no querer seguir la marcha se decidió por lo último. Venía de El Lago.
Lo que se vio una tarde de sábado cuando el tapabocas ha dejado de ser obligatorio y se habla de la pandemia en pasado, lo que no es así.



