Un antiguo relato judío nos sirve de prólogo. En el día del Sabbath, el hijo de un rabí acudió al servicio religioso en una población cercana a su hogar. Al volver, su inquieto padre le preguntó: “¿Allá hacen algo diferente a lo que hacemos nosotros?”. “Sí”, respondió el joven. El diálogo continuó: “¡Ah! ¿sí? ¿Y qué es lo que has aprendido?”. “Que amara a mi enemigo como a mí mismo”, respondió éste. “Entonces, enseñan lo mismo que nosotros… ¿Por qué dices que has aprendido algo nuevo?, replicó su padre. “Me enseñaron a amar a mis enemigos internos”, concluyó el muchacho.
La supersticiosa crueldad y megalomanía de Alejandro Magno; la hipocondría y pirofobia de Hans Christian Andersen; el anticlericalismo, misofobia y antisemitismo de Robert Baden Powell; el trastorno obseso compulsivo de Charles Darwin; el espiritismo y los arrebatos místicos de Arthur Conan Doyle; las locuras parafílicas de Víctor Hugo; las crisis depresivas y violentas de Friedrich Holderlin; los colapsos neurológicos y suicidas de Robert Schumann; la coprofilia de James Joyce; la sodomía de Lawrence de Arabia; los trastornos paranoicos de Vazlav Nijinsky…
La claustrofobia y el voyerismo pederasta de Adolf Hitler; la psicosis maníaco depresiva y uxoricida de Louis Althuser; la bulimia, drogadicción y dislexia de Elvis Presley; la bacterofobia de Howard Hughes; el trastorno bipolar de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Beethoven, Goya y Lord Byron, Virginia Wolf, Charles Dickens, Hermann Hesse y Winston Churchill. La esquizofrenia fue algo constante y muy relevante en las vidas de Juana de Arco, Vincent Van Goh, Jack Kerouac, Antonin Artaud y John Forbes Nash; las escandalosas orgías de Martin Luther King…
La manifiesta pedofilia de Kevin Spacey, Michael Jackson, Jeffrei Stein, Richard Branson y Woody Allen… Las listas son largas. Hace treinta años (1993), se publicó una antología cuya intitulación lo dice todo: “El encuentro con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza humana”. Los estudios psicoanalíticos del médico psiquiatra suizo Carlos Gustavo Jung condensados en “El árbol filosófico” (1945), encabezan el texto. Jung, cofundador del Psicoanálisis, difundió entre sus colegas una interesante adaptación de la obra del médico neurólogo austriaco Sigmund Freud.

Su principal interés se centró en los misterios propios de la conciencia y la personalidad humanas y los problemas espirituales que aquejan al hombre moderno. En su ensayo “Sobre la Psicología del inconsciente”, publicado en 1917, Jung, se refirió ampliamente a “la sombra”. En el planteamiento jungiano, el yo está formado por varios arquetipos definidos como esa serie de patrones universales y simbólicos que se encuentran en el inconsciente colectivo de la humanidad. Entre ellos están el ego, la sombra, el ánima o animus y la persona. El ego representaría nuestra parte consciente…
Las percepciones, pensamientos, emociones y recuerdos darían identidad y continuidad a nuestras innumerables circunstancias cotidianas; la sombra constituiría la parte inconsciente de nuestra personalidad, ese espectro gris que proyecta la consciencia; El ánima o animus serían los rasgos masculinos o femeninos inherentes a ese inconsciente y la persona sería nuestra representación ante el mundo exterior: sería la “máscara”. Cuando el ego deja partes del yo ocultas y reprimidas, éstas migrarían hacia la sombra. La tesis planteada por Jung era algo claro y concreto.
Aquí sobrevienen incómodas preguntas que nos llevan a delinear nuestra compleja relatividad ética y sociocultural, ¿Hay alguna diferencia entre el sí y el no, entre lo blanco y lo negro, entre abajo y arriba, entre lo bueno y lo malo? ¿Debemos temer a nuestros demonios interiores? ¿por qué se sigue estigmatizando a aquellos que supuestamente “sufren” de una personalidad múltiple? “Tener y no tener son caras de la misma moneda. Lo fácil y lo difícil se complementan. Lo largo y lo breve cooperan entre sí. Lo alto y lo bajo se sustentan el uno al otro. El frente y el reverso van siempre juntos” …
Estas reflexiones taoístas enseñan que muchas de nuestras actuaciones están sometidas a la aceptación o al rechazo moral de nuestra gente. ¿Qué significa ser bueno o ser malo? ¿Bajo qué parámetros o criterios filosóficos o axiológicos se califican los pensamientos y las acciones humanas? ¿La sombra, será “ese lado oscuro del alma” que delinea nuestro verdadero rostro? Ese complejo espectral instintivo, intuitivo, imaginario y valórico, forma parte integral de nuestro inventario experencial individual y de ese kárdex perceptivo e inmanente al que llamamos inconsciente colectivo.
Al interactuar, éstos desencadenan fenomenologías comportamentales reguladas por patrones, normas y condiciones históricas y socioculturales. Jung valora la sombra como parte esencial del individuo. En un mundo “desencantado” ante tanto realismo mágico, la sombra es parte esencial de la condición humana. Al evidenciarse en nuestra cotidianidad, intentamos esconderla en algún rincón oscuro e inadvertido de nuestra psiquis. Eludimos y reprobamos todo lo que forma parte de ese mundo críptico y lúbrico. No nos expresamos en torno a ello y, más bien, nos reprimimos.
No logramos esa anhelada luminosidad creativa fantaseando sobre la luz y siendo encandilados por ella, sino haciendo de la oscuridad algo consciente y real. Vivimos imaginándonos y presumiendo vanamente ser figuras de luz. “Cuanto más brillante la luz, más oscura la sombra… Confrontar a una persona con su propia sombra es ayudarle a que el perciba su propia luz”, son afirmaciones de Jung. Es descubriendo esa luz por tenue que ella sea; es reconociéndo y avivando esa luminiscencia como vamos forjando una personalidad libre, plena, abierta y radiante.
Al desconocerla o rechazarla, la sombra toma forma y vida, allí en la misteriosa y torrentosa diversidad de nuestro hogar psíquico. La sombra, nos lo dice la Psicología Transpersonal, es la señal de que en algún lugar cercano hay una luz resplandeciente. No hay que temerle a la oscuridad que precede a la luz del nuevo día. Debemos reconocer la espina en la carne y extraerla a través de la magia de la acción-reflexión. Sólo el diálogo vivificante e interactivo con nuestros yoes perdidos nos permitirá convertirnos en seres trascedentes y luminosos.
trascedentes y luminosos. Nos angustia saber que nuestra vida se halla atrapada en un complejo inexorable de opuestos. Sabemos que ninguno puede subsistir sin el otro, aunque nuestra existencia siempre sea indefectiblemente, un campo de batalla. Concluimos este periplo por el mundo de las sombras, evocando un poema de Wendell Berry: “Entrar en la oscuridad con una luz / sólo nos permite conocer la luz. / Para conocer la oscuridad / hay que ir a oscuras. / Ve sin ver y descubre que la oscuridad / también florece y canta, / y puede ser hollada por pies oscuros y por oscuras alas”.
gonzalohvallejo@gmail.com




Que buena entrada. Mueve a buscar más y más luces. Brillante siempre.