Calidad educativa, dilemas, sofismas y entelequias

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

En el marco de los Planes de Desarrollo Nacional presentados por los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos, Iván Duque y Gustavo Petro, el Ministerio de Educación Nacional, a lo largo del siglo XXI y a través de sus equipos tecno–políticos, ha implementado varias reformas educativas que han tomado forma y figura en rutilantes programas estratégicos que recogen las visiones fragmentadas y cortoplacistas del gobierno de turno. Éstos, una vez son presentados, reabren el sempiterno debate en torno a la calidad educativa y el papel protagónico de la institución escolar y universitaria en los cambios trascendentales que demandan las actuales problemáticas que vive la nación colombiana.

Mencionaremos algunos: “Programa Todos a aprender” (PTA); “Excelencia docente” (mejoramiento de la práctica de los maestros); “Colombia libre de analfabetismo” (Plan Nacional de Alfabetización); “Colombia Bilingüe”; Jornada única; tecnología, aulas nuevas (“infraestructura ociosa”). Programas de Educación Superior con “acceso, calidad y pertinencia” tales como “Todos a la U”; “Ser Pilo Paga” (“Becas para Pepas”); “Generación E”; “La Universidad en tu Territorio” (“La Universidad en tu Colegio”). Todos hablan del advenimiento de una revolución educativa que convertiría a Colombia en el año 2025 o más allá, en el país más educado de América Latina.

La actual debacle económico–social y cultural permite ver que la educación y la cultura no son una política de Estado que planea y fija estrategias corporativas e institucionales claras y coherentes. Las brechas educativas en materia de calidad, acceso, pertinencia y permanencia se amplían y se ahondan más de una manera dramática. Hasta la propia etimología del término “educación” (educare: alimentar, nutrir y exducere: caminar hacia, llevar a, sacar fuera), se ha desvirtuado. En el viejo desván de la desmemoria colectiva y al lado de la indolencia administrativa y el desatino gubernamental, ha sido confinada la rezagante, compleja e interpelante realidad que vivimos en materia de ciencia, educación y tecnología.

El sociólogo estadounidense Alfin Toffler, un hereje de nuestro tiempo condenado a la indiferencia y al olvido por los guardianes del santo grial educativo, habla de un sistema educativo “disecado” que se diseñó para instruir a las personas en el ayer y no para formarlas en un futuro presentificado. En el pasado no hay preguntas, sólo certezas autoritarias, afirmaciones y respuestas deformadas. El autor de la “Tercera ola” (1980), afirma con ironía que, si se trajera un cirujano de 1910 a una sala de operaciones actual, no podría comenzar su labor; lo mismo ocurriría con otros profesionales… Pero si trajésemos a un profesor de aquella época, su actividad transcurriría sin contratiempo alguno.

Nuestra legislación educativa a tono con los postulados de la Carta de 1991, es considerada como una de las más avanzadas en América Latina. Sin embargo, la realidad es otra: la praxis curricular y académica en Colombia refleja una esclerosis paradigmática y una resistencia al cambio; mantiene estándares de calidad que justifican y reproducen un estado de cosas colmado de inequidades, injusticias e incongruencia. Algunas ideas reconocidas por los estudiosos del tema educativo a nivel mundial son un cliché más en el diccionario de las mentiras educativas verdaderas, Ente otras, se encuentra la del líder surafricano Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.

También se halla la exhortación hecha por el escritor mexicano Carlos Fuentes en su prólogo al libro del PNUD (“Educación, la agenda del siglo XXI”): “Eduquemos para ejercer el poder: no el poder sobre los demás, sino el poder con los demás”; la reflexión del pensador cubano José Martí sobre el fin de la educación que no busca, según él, “hacer al hombre nulo por el desdén o el acomodo imposible al país en el que ha de vivir, sino prepararlo para vivir bueno y útil en él”; los cuatro aprendizajes de Jack Delors (conocer, hacer, convivir y ser) y los 7 saberes necesarios para un futuro sustentable desde la perspectiva del “Pensamiento Complejo”, del filósofo y pedagogo francés Edgar Morin.

Los Ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) con sus 18 metas y 40 indicadores proclamados en Nueva York en el año 2000, deberían hacerse realidad en el 2015 (el segundo hablaba de “lograr la enseñanza primaria universal”). Este intento fallido obligó a los 193 Estados miembros de la ONU, a formular en septiembre de 2015 los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) Agenda 2030. A través de éstos, se busca construir un mundo socio-ambiental más justo y equitativo y una Educación con Calidad como lo expresa su 5º objetivo. La Unesco advierte que la realidad es otra: uno de cada seis niños seguirá sin acceso a la escuela y el 40% de ellos no completará la educación secundaria.

¿Para qué ha servido la onerosa inversión educativa en programas de Humanidades, la implementación de un puñado de “cátedras obligatorias” que se han vuelto “costuras” en desgreñados planes de estudio? A esto se agrega la poca atención puesta a los programas de ciencia y tecnología. ¿Para qué sirve el 80% de las carreras universitarias que se ofertan en Colombia? Cinco de cada diez estudiantes que ingresan a la Educación Superior se retiran y no terminan sus estudios. La deserción estudiantil ya forma parte del paisaje gris de nuestra realidad educativa. ¿Cuál ha sido la contribución del Ministerio de Educación y sus inoperantes secretarías de educación al debate sobre la calidad educativa colombiana?

 Los procesos didáctico–pedagógicos con sus estrategias de mediación, innovación y participación, han quedado a la zaga de los adelantos tecnológicos en materia de Ofi y Edumática. Llevamos más de medio siglo tratando de implementar Tecnologías de la Información y la Comunicación en el mundo de lo educativo, las cuales se vuelven pronto obsoletas. Aún subyacen supuestos míticos y prejuiciosos sobre el tema. Se concibe la praxis curricular como algo ajeno al mundo de las metodologías y tecnologías activas; no se reivindica el protagonismo en la sociedad de la información y el conocimiento; no se cierran brechas digitales que nos alejan del fascinante mundo de la innovación tecnológica.

De una prédica guerrerista y esquizoide hemos pasado a un almibarado y melifluo discurso pacifista sobre una supuesta prosperidad democrática. La ecuación: educación, ciencia, tecnología y cultura se constituyen en la única apuesta válida y confiable que tenemos para salir del atolladero secular en el que estamos sumidos y esta fórmula no se puede dejar en las truculentas manos de estultos gobernantes y su circense comparsa de prestidigitadores de la política. Sólo una educación humanista y solidaria, incluyente y participativa, respetuosa de la pluralidad y las diferencias y defensora de las libertades, y la justicia social, permitirá hacernos partícipes de esta aventura vital y pacifista.

Vemos con preocupación cómo la ausencia de alternativas  de solución y de una verdadera política educativa que pedagogice el conflicto y culturice la paz, le resta importancia y hace que se diluyan o se disuadan los cruciales e interpelantes temas de nación: territorio, violencias y poder político; impacto sociocultural de las distintas clases de terrorismo; alternativas educativas para una gestión estratégica y cultural de paz y convivencia; psico–sociología del conflicto; autoagresión, discriminación y violencias de género; modelos de violencias materiales y simbólica; estrés postraumático y trastornos de la conducta; modelos de resiliencia y resistencia generacional y transcultural.

Se necesitan propuestas innovadoras, sostenibles, inspiradoras, pertinentes, pluralistas, multiculturales, incluyentes e identitarias cuya pretensión sea la de formar mejores seres humanos y ciudadanos, estimular el talento, educar sin distinción de raza, sexo, edad, opinión, creencias, estrato social o nivel cultural… es decir, “conspirar” porque se haga realidad una verdadera revolución en la enseñanza y en el aprendizaje y se aprovechen los adelantos en materia de ciencia y tecnología para ponerlos al servicio de un sistema educativo fundamentado en proyectos educativos institucionales que buscan transformar las realidades injustas, inequitativas y oprobiosas que viven sus comunidades locales.

Se hace necesario contextualizar (“texto y contexto sin pretextos”) las posibilidades de educabilidad y enseñabilidad; gestionar y administrar de manera eficiente, eficaz y pertinente el conocimiento como recurso social y productivo; orientar los procesos didácticos y eto–pedagógicos hacia el autocuidado y la autorregulación; propender por el crecimiento personal y organizacional, la excelencia consciente autocrítica, la gestión racio–emocional y socioambiental, la resolución de conflictos, la convicción, pragmática y la autonomía moral… Todo ello transversalizado y potencializado por principios y valores tales como proactividad, resiliencia, solidaridad, tolerancia, diálogo y disciplina,

Alcanzar una nueva cultura educativa requiere esfuerzos ambiciosos y de mayor complejidad, entre ellos, deconstruir, resignificar, aprender a desaprender, aprender a aprender, combinar gestión educativa con promoción y estímulo creativo. Esto permitirá hacer verdaderas reformas donde los cambios educativos se podrán visualizar, promoviendo y “enredando” la innovación para que se involucren más agentes educativos y se conforme así, una “mente colectiva” que asuma y trascienda retos más allá de las capacidades individuales de sus integrantes; una inteligencia corporativa que facilite, contextualice y estimule la amplia participación de actores y gestores educativos.

Se hace necesario y recurrente dejarnos interpelar por nuestras magras realidad educativas.   ¿Nuestro sistema educativo propende por la formación de personas autónomas, críticas y crea

tivas? ¿El modelo de enseñanza–aprendizaje que se imparte en las instituciones educativas se “preocupa” por formar para el ejercicio de la libertad y el liderazgo? ¿Existe un verdadero interés en preparar a nuestros estudiantes para la vida, la productividad y el trabajo, elementos determinantes del bienestar personal y comunitario? ¿Los procesos de formación integral se realizan de acuerdo a una praxis filosófica institucional? ¿Qué papel juegan los principios y valores en la continua reelaboración de los P.E.I.?

¿Se comunican conocimientos y se promueven prácticas enrutadas al crecimiento personal y colectivo? ¿Los planes, programas y proyectos institucionales fortalecen el trabajo solidario y corporativo entre los miembros de la comunidad educativa? ¿Los Proyectos Educativos Institucionales s

e fundamentan en la justicia, la solidaridad, la inclusión, la tolerancia, la equidad y la libertad? ¿los modelos educativos contribuyen a hacer realidad la utopía de lo que se ha llamado “La revolución pacífica de la esperanza”? ¿Haremos realidad el imaginario educativo de democratizar el conocimiento y convertirlo en un instrumento pedagógico, didáctico y cultural de equidad, justicia y cambio social?

Sólo así lograremos que el currículo se constituya en desafío y estímulo para pensar en qué enseñar, cómo y para qué y desarrollar, de esta manera, un pensamiento crítico y creativo. Esto implicará la posibilidad de reflexionar, juzgar, evaluar, comparar, contrastar y tomar decisiones. La formación de personas con identidad y sentido de pertenencia; seres conscientes de su inteligencia y capaces de crear y proponer ambientes sinérgicos y vivenciales, personas innovadoras, honestas, solidarias, autónomas; agentes educativos protagonistas del desarrollo local, regional y nacional. Nuevos caminos culturales y educativos nos conducirán a otro mundo posible. Seguimos reorientando nuestra búsqueda.

Foro Educativo Municipal. Pereira (Risaralda), agosto 8 de 2023

gonzalohvallejo@gmail.com

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