“La guerra es una masacre entre gente que no se conoce, para provecho de gente que
sí se conoce pero que no se masacra”. Paul Valéry.
Wilmar Ospina Mondragón*
Colombia está mal. Muy mal. Nuestra nación es una bomba que desmembra las entrañas. Es una motosierra que amputa a sus ciudadanos. Es un tiro de gracia que nos bautiza con sangre y no con agua. En este país estamos condenados. Condenados a la muerte. A la barbarie. Al odio. A la maldad. A la hijueputez.
Nacer en Colombia es traer la cruz y el obituario en la nacionalidad. En el registro civil. En el documento de identidad. En esta nación somos seres para la muerte, literalmente. No es una especulación ni un pensamiento filosófico a desarrollar. Esa es nuestra cruel realidad. Porque en este país casi nadie muere de muerte natural. ¿No lo han notado? Entonces deténgase un momento y reflexione. Sea un colombiano diferente. Piense en los otros. Porque la bala ajena en cualquier momento rompe el cráneo de su familia.
Reflexione cómo muere la gente en Colombia. Si ya lo hizo se dará cuenta de que aquí la gente no muere; la matan, que es muy distinto. En los cañaduzales. A la orilla de los ríos. En las calles. En las clínicas. En los centros comerciales. En sus hogares. Frente a sus hijos. ¿La justificación? Hay muertos atrasados. Esos jóvenes no estaban recogiendo café. Rompieron las reglas de la cuarentena. O algo peor: esos muertos quieren una nación distinta. Más justa. Más equitativa. Más de todos. Y ese es su pecado. Su condena. Su sentencia a muerte.
¿Y el resto de mis compatriotas? Muchos de ellos viendo canal Caracol o RCN. Idiotizándose. Aplaudiendo la muerte del hijo ajeno. Celebrando la matanza. Alimentándose de sangre. De sangre y de odio. De resentimiento. Llenándose de cobardía tras la televisión. Demostrando que son tan monstruos como los asesinos que tiran del gatillo.
Colombia, ¡cuánto dueles! Pero no dueles como nación ni como territorio, sino como sociedad. Porque vivimos en un país rico lleno de gente pobre mentalmente. Miserable. Ignorante. Indiferente. Y es esa pobreza del pensamiento la que nos tiene mal. La que nos pone a vivir en ríos de sangre. La que nos impide ver con claridad que el origen del problema es una neonazificación criolla del poder político. Porque si no son ellos, nadie más puede ayudar al progreso del país. ¡Mierda! ¡Mentira! Hoy estamos peor que Venezuela y que Cuba.
Ese ha sido el lío de Colombia: una cúpula gubernamental que no quiere soltar el poder. Que le lava el cerebro a los incautos con el cuento chino del castro-chavismo. Con la triste y denostada falacia de más salario mínimo y menos impuestos. ¡Despertemos, maldita sea! No queremos más salario, solo lo justo. Y lo justo es vivir en paz. Sin muertes. Sin lágrimas. Sin orificios en el corazón.
Dejemos de justificar los hechos atroces. No normalicemos más la muerte en Colombia. Pensemos en una nación en paz. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo la paz? ¿Acaso es más rentable la guerra para el pueblo? ¿Cuándo lo entenderán? Si hay guerra ganan ellos y perdemos nosotros. Y es así porque ellos ponen las leyes y nosotros el pecho. La sangre. La vida. ¿O cuándo han visto una fosa común repleta de políticos? Esas fosas están llenas de aquellas personas que se oponen a lo injusto. Que se resisten al fracking. Que no quieren vender sus tierras para proyectos hoteleros.
Es cierto que hay un conflicto armado en el país. Que el narcotráfico nos devora a mordiscos. Que la delincuencia común es un flagelo social. Pero se ha preguntado usted qué hace el gobierno para contrarrestar estos problemas que nos aquejan como sociedad. ¿Acaso el plomo es la única solución? ¿No se dan cuenta que en los países avanzados es más importante el diálogo que un balazo? ¿Cuándo exigiremos que la inversión gubernamental sea en cultura, en deporte, en educación, en salud?
En ese conflicto no todos son buenos, obvio está. Pero entonces para qué es la justicia. ¿Para permitir masacres impunes? ¿Para hacer justicia por mano propia, como sucede en nuestro país? Degollar a unos muchachos señalados de estar en una Banda Criminal (BACRIM) no está bien. Es un acto lamentable. Atroz. Horrible. ¿Y si es su hijo uno de aquellos jóvenes que la gente tilda como malhechor?
Es el odio el que nos tiene mal. El resentimiento. La ira incontrolable. Esa sed arcaica de venganza. El mejor grito no es el que desgarra el alma, sino el que la inunda de felicidad. De tranquilidad. De satisfacción. No obstante, ese momento de paz nunca llegará. Porque nos gusta más el cuchicheo que el saludo. Porque nos agrada más el grito que la excusa. Porque nos seduce más el golpe que el abrazo. Y porque nos importa más el tamal o los 50 mil pesos que elegir al gobernante correcto.
Todos no pueden ser políticos, por supuesto. Sin embargo, la política sí debe importarnos a todos. Porque en ese voto se decide la vida o la muerte en un país como el nuestro. ¿Cuándo nos haremos conscientes de que en las urnas se resuelve el futuro del país? ¿Este es el futuro que decidieron los colombianos en 2018? ¿Muerte? ¿Masacres? ¿Temor? ¿Desequilibrio social? ¿Falta de oportunidades laborales? ¿Un presidente que todo se lo deja a la Virgen de Chiquinquirá o al señor caído de Monserrate? ¡Por favor!
Lo que necesita mi país es un pueblo consciente de lo que es. De lo que merece. Del bienestar que le debe brindar la cúpula gubernamental. Porque no es pecado reclamar lo que nos pertenece por derecho propio. ¿O acaso usted no paga el predial? ¿El impuesto vehicular? ¿No paga el IVA del 19 % cada vez que compra una prenda de vestir, por ejemplo? ¿No son esos sobrecostos impuestos que la gente cancela con el ánimo de tener una mejor nación? ¿Dónde está su amor por la patria? ¿En la franja roja de la bandera? ¿En el cóndor carroñero del escudo? ¿En el aplauso porque una sociedad se limpia con la muerte y no con la inversión?
Es hora de pensar el país que queremos. La nación que necesitamos. El futuro que ansiamos. Porque nuestros jóvenes, si es que cometen actos ilícitos, es un proceso de reincoporación a la sociedad el que necesitan. Eso es todo. Cualquier ser humano requiere una nueva oportunidad. Ya sea por medio de la educación. De las artes. De la música. Del deporte. Sin embargo, esas oportunidades no se dan en gobiernos como el nuestro. Y no se dan porque la democracia capitalista solo invierte en la clase alta. ¿Y el pueblo? El pueblo es apenas un señuelo. Una carnada. Una alimaña que solo merece las migajas. Las virutas de grasa renegridas.
La muerte. La muerte vive en Colombia. La muerte somos nosotros. Todos somos la muerte. Unos porque nos matan. Otros, como yo, porque nos quedamos en silencio. Impávidos ante el horror. Muertos ante el temor. La muerte nos habita. Nos habita y nos corrompe. Nos impide ver que la mano que nos mata es la mano que, en ocasiones, nos gobierna.
Hoy pienso en esos jóvenes del Valle. En los de Samaniego. Y esa masacre es también mi masacre. Porque me duele. Porque me rompe las fibras. Porque, aunque no blandí el machete, veo mis manos ensangrentadas. Ensangrentadas porque siento que he hecho poco por un mejor país.
Algunos dicen que regresamos al pasado. Yo no veo claridad en el argumento. Y no la veo porque con esa frase de cajón se ignora lo sucedido. E ignorar no resuelve el problema. Por el contrario, lo hace más grande. Porque, ante el temor del pueblo, la barbarie se hace mayor. Normal. Legítima. Casi natural. Finalmente, solo puedo decir que los colombianos nunca hemos salido de esa fosa común que es Colombia.
*Pereira. Estudió Español y Comunicación Audiovisual en la Universidad Tecnológica de Pereira, con maestría en lingüística. Actualmente es docente en el colegio Ciudad Boquía y en la Universidad UTP y UCP. Su primera novela es “Carne para caníbales”. @wilmar12101. waospina@utp.edu.co



