Niños mártires, asaltos de trenes, indómitos guerrilleros, vías férreas pobladas de ahorcados, poderosos masones, brigadas de valientes mujeres con voto de silencio, emboscadas en sierras desérticas, Caballeros de Colón antimasónicos, el Ku Klux Klan y grandes traiciones de un gobierno anticlerical… Son protagonistas, hechos y elementos rigurosamente históricos que jalonan la guerra religiosa más dramática, sangrienta y desconocida de la historia de América. Una tragedia que fue prácticamente borrada de los libros de historia, en la que los combatientes luchaban bajo el grito de ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!
El famoso Emiliano Zapata luchó con diez mil hombres, y Pancho Villa con veinte mil en su apogeo, pero los desconocidos cristeros consiguieron movilizar a cincuenta mil combatientes. Fue una guerra por la libertad que se convirtió en un verdadero martirologio, ya que, en esa persecución cruel y salvaje, cientos de religiosos y laicos católicos fueron asesinados por su fe. Un capítulo bélico recogido en cientos de fotografías blanquinegras que siguen sorprendiendo con fuerza magnética.
El conflicto entre la Iglesia y el estado mexicano ahondaba sus raíces en el poder de la élite gobernante de corte liberal y librepensadora, que consideraba al clero católico el enemigo más peligroso del país, un estado que quería distanciarse de la tradición hispánica y especialmente del catolicismo para imponer los principios democráticos y anticlericales propagados por la Revolución Francesa.
La anticlerical Constitución mexicana de 1917 había incluido medidas draconianas contra la Iglesia, negaba su reconocimiento legal, prohibía la educación religiosa, nacionalizaba las propiedades de la Iglesia e ilegalizaba la celebración de ceremonias fuera de los templos. Sin embargo, dada la mayoría católica, nunca se aplicó de forma estricta hasta 1926. Ese año, el presidente Plutarco Calles promulga la Ley Calles: multas y cárcel por negarse a disolver comunidades religiosas, por enseñanza de la religión, el uso de sotanas, por realizar publicaciones piadosas y por expresar públicamente las creencias. También decretaba la expulsión de sacerdotes extranjeros y la incautación de iglesias, conventos y monasterios con sus bienes. Obligaba a la quema de todos los documentos eclesiales, incluidas las fes de bautismo. Todo culto y acto católico es prohibido y pasa a ser clandestino, como en la época de las catacumbas.
La rebelión comenzó en Jalisco con levantamientos esporádicos, hasta que se difundió por todo México. El gobierno declara la guerra a la Iglesia Católica. Se convierte en una auténtica guerra civil.
La Liga organiza la lucha y da el mando al general Enrique Gorostieta, experto en guerra de guerrillas y estrategia militar. Pasarán de ser una tropa espontánea y desharrapada a ser un ejército disciplinado de 50.000 hombres, divididos en regimientos y con jefes legendarios, como los curas-generales Padre Vega y Padre Pedroza.
Los 80.000 hombres del ejército de Calles, eran llamados por el pueblo «los federales» o «comecuras». Frente a ellos, la mayoría de los insurrectos eran campesinos humildes y mal equipados, pero esto no detuvo a los cristeros. Su profunda fe en Cristo les daba una gran fuerza moral. En las zonas donde la rebelión parecía ser aplastada, a los pocos días resurgía con más fuerza.
Ante la imposibilidad de controlar la insurrección, el gobierno organizó concentraciones. Se obligaba a los campesinos a reunirse en poblados determinados. Si esto no sucedía, las gentes eran fusiladas sin juicio, lo que ocasionó gran pérdida de cosechas y por lo tanto hambre para la población civil. Los sacerdotes que permanecieron en el campo estuvieron en gravísimo riesgo y tuvieron que quedarse escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo.
En 1929, el ejército federal estaba formado por 100.000 hombres. Las milicias cristeras por 50.000, pero controlaban la mitad de los 30 estados de México. Ante las inminentes elecciones presidenciales, Calles pide la mediación de Estados Unidos, que necesita la paz por el petróleo mexicano. La Santa Sede, presionada por los Caballeros de Colón, impone entonces la necesidad de una salida política que se consigue con los arreglos.
Con ellos, la Ley de Calles se suspende, pero no se deroga; se otorga amnistía a los rebeldes, se devuelven las iglesias y el permiso para celebrar los cultos. Los cristeros empiezan a deponer las armas, pero fue una trampa. Calles rompió los compromisos y 5.000 cristeros fueron hechos prisioneros y ejecutados, junto a medio millar de sus líderes.



