Elucubración, de un mito sobre Sofonías, empleado de la morgue de Pereira en los años 60 a 80.
José Adelnide Giraldo Herrera
Aún no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo. Lo cierto es que se encontraba perplejo, con una fascinación enfermiza ante la aparente realidad de su propia muerte. Podría haber sido el resultado de esa obsesión por las crónicas necrológicas, ya que todos los días corría hacia la Portería del Hospital para ver en los periódicos las fotografías de los muertos recientes.
Con curiosidad científica, recorría milimétricamente cada detalle: gestos, posición del cadáver, manchas de sangre, expresión de los ojos, rictus de la cara y todo el panorama oscuro del lugar de los acontecimientos, liberando con ello una morbosa ansiedad. Luego releía la crónica, con la misma voracidad y finalmente se perdía hasta la Morgue de aquel hospital, donde trabajaba desde hacía mucho tiempo.
Jeremías Patiño era muy popular en la ciudad y parecía más adaptado para vivir en medio de los muertos que de los vivos. La tarde anterior había terminado extenuado de tanto trabajar, porque los encargados de la muerte le habían dejado una tasa acumulada: En la “Emboscada de El Guadual”, denominada así por la prensa local, los subversivos habían masacrado a ocho soldados, además de la ración que cada noche entregaba la misma ciudad.
Jeremías ya estaba enterado de todo y podía recordar los nombres de cada uno, las posiciones en que habían quedado los cuerpos, y las últimas impresiones de sus rostros. Allí pasó casi todo el día, trasladando de una mesa a otra los rígidos y pesados cadáveres, mientras los médicos hacían los reconocimientos de oficio y dictaminaban todas las minucias que exige la ley. Tan sólo sintió el cansancio físico al final de la tarde, cuando se retiró a su cuarto de hombre solitario, con la intención de acostarse.
La noche trajinó la misma normalidad y el día asomó tan triste como el tiempo, porque llovía tenuemente.
Jeremías se levantó con la misma prisa y se dirigió al hospital y al tomar el periódico en sus manos, sintió el mayor susto de su vida: En la página necrológica aparecía en gran titular su nombre y al pie una foto reciente de él, incómodamente volcado sobre el piso, cerca de su cama. Decía el titular: “Víctima de un infarto fulminante, murió Jeremías Patiño, la noche anterior, cuando se acercaba a su lecho para dormir”.
Lleno de sorpresa, Jeremías volvió a leer el titular, y al observar la fotografía tan terriblemente real, sintió cómo recorría de pies a cabeza un frío intenso, como el frío de los muertos.
Le parecía increíble lo que estaba viendo, mucho más ahora que él se sentía tan sano y dispuesto a devorar la prensa, con la misma ansiedad de siempre. Respiró profundamente, sacudió la cabeza, pensando que estaba viendo visiones, pero se veía tan real en aquella fotografía que empezó a sentir pánico.
Miró entonces la fecha del diario y comprobó que era justamente la de ese día, entonces, en su perplejidad, quiso pellizcarse para saber si estaba soñando, pero fue mayor su asombro al no encontrar su cuerpo. Intentó con las manos tocar su cabeza, pero no la halló. Entonces fue cuando comprobó que inexorablemente había muerto la noche anterior y que su espíritu había madrugado para deshacer sus pasos.
- *Enero 1989. Del libro de cuentos y de crónicas, próximo a publicarse.




