“Juego limpio, señores”, dice el locutor de marras, pero eso de limpieza en la ética deportiva es poco convincente. Generador de amores y odios, de pasiones, animadversiones; de vehemencia y de estupidez. Pero así se quiere, porque querer y amar hacen parte de esos sentimientos que nos hacen humanos e irracionales. El deporte despierta las peores pasiones contra la tribu contraria, es un nacionalismo o regionalismo disfrazado. Es el deseo de poder, de vencer al contrario, aquí no caben los términos medios. De allí la validez para relacionar el partidismo político con el fanatismo deportivo, pues la testosterona sube y baja según se acerque el evento político o el deportivo. Así que el matrimonio perfecto está en combinar estas dos esferas de la actividad humana. Pasiones al cuadrado dirá el matemático.
Al combinar la intriga y la fidelidad al mejor postor financiero, con hermosas cabriolas o gambetas, se produce una extraordinaria mezcla para que la vida adquiera tal vez, algún sentido, y la monotonía del día a día se haga a un lado y la euforia adormezca la racionalidad; ese es el objetivo. Son cosas del futbol, y de la política.
En la antigua Roma —con el ya trajinado tema de la arena o de los coliseos romanos— el organizador del espectáculo en el cual se enfrentaban varios gladiadores, era un benefactor que utilizaba los combates como un medio para lograr popularidad y poder. Durante los últimos años del imperio romano los aristócratas buscaban los mejores gladiadores y los utilizaban como una herramienta para su carrera política. La importancia de este espectáculo y su potencialidad como instrumento de control, lo tenían claro los gobernantes de turno romanos y muchos de los actuales también. No es necesario ir tan lejos. Mussolini, el dictador italiano de inicios del siglo pasado, hizo todo lo realmente non santo para quedarse con la sede del mundial de 1934, y obvio, como todo sátrapa o dictador de turno, conocedor de la pasión que genera el futbol, realizó una amplia campaña alrededor del equipo italiano. Un saludo fascista debía ser utilizado por los jugadores del combinado italiano, pues Mussolini asistió a todos los partidos, llegando a dar órdenes directas al entrenador y a los árbitros. Los jóvenes jugadores comprendían el mensaje, el mismo dictador en los camerinos les decía: “Vencer o morir”.
Hitler también entendió el tema después que su jefe de propaganda Joseph Goebbels le hizo ver que los juegos eran una ocasión importante para mostrar al mundo una cara de Alemania con una imagen de amistad y poderío. Los juegos olímpicos de 1936, eran una oportunidad para que su raza aria —altos(as), rubios(as) y de ojos azules — demostrara su superioridad, enmarcada dentro de la filosofía de una práctica deportiva para exaltara el nacionalismo, no la hermandad. Y para convalidar este matrimonio de la política y el deporte, se habla que más de un millón de personas aclamaron a Hitler en su recorrido hasta el estadio, y más de cien mil lo ovacionaron en su interior, sin dejar atrás los faraónicos y fantasiosos escenarios construidos para su desarrollo.
Y para analizarlo en nuestro propio patio, Argentina no se quedó atrás con su mundial de 1978, el cual sirvió de coartada a la dictadura de Videla para ocultar las más de 30.000 desapariciones, acompañados de los famosos “vuelos de la muerte”. Pero en su propio estadio los aplausos no aparecieron pues con el silbido, que desde el anonimato logró hacerse escuchar, se sintió por primera vez una Argentina llena de esperanzas, de futuros. El experimento no le estaba funcionando a Videla.
Con la excusa de un partido de futbol, Honduras y el Salvador, en el año de 1969, se enfrascaron en una guerra de 4 días, que costó la vida a 10 mil personas y más de 150 mil desplazados.
La historia del matrimonio continúa en nuestros días. Novelescos episodios tan inverosímiles cual Quijote cervantino, estaremos viendo desde el 20 de noviembre hasta el 18 de diciembre en el mundial de futbol 2022. Se realizará en Catar bajo la sombra de una serie de eventos que llaman la atención. La forma como se obtuvo la sede, suceso en el cual estuvieron involucrados Joseph Blatter — director de la FIFA en esos años— y su Sancho Panza de aventuras Michel Platini; no es un acto de virtudes para santificar. Las arcas personales de estos dos personajes —y otros, entre ellos alguien conocido en Pereira — se ampliaron tan velozmente como un viaje a la velocidad de la luz. La monarquía catarí desea vender su imagen de riqueza y opulencia al turismo privilegiado del mundo.
Pero si lo anterior es grave, lo que acontece al interior de ese país —que descresta con sus monumentales estadios, hoteles, lujos y derroche de dinero, similar comportamiento a los tiempos de la antigua Roma, y la Berlín de Hitler— es incluso, más delicado. Cerca de 6.500 migrantes fallecieron construyendo los faraónicos escenarios. Allí las mujeres continúan siendo población marginal, sin derechos. La comunidad LGTBIQ+ bajo la presión internacional podrá asistir, pero no realizar muestras de afectos. La moral conservadora gobernante en Catar prohíbe ingerir licor en ciertos sitios, pero si usted está en condiciones de pagar unos cuantos dólares más, la autorización llegará sin la censura moralista que se evidencia en este país monárquico. Los grandes medios de comunicación comienzan a sentir la censura, así lo testifican Caracol, y la prensa europea. Eso de realizar grabaciones en espacios abierto no es del agrado de los jeques.
En cada uno de estos eventos la voz de quienes desean el divorcio, o mejor, ver un deporte sin ataduras y sombras maquiavélicas, se hacen sentir. Aquí algunos ejemplos: el medallista de oro Tommie Smith y el medallista de bronce John Carlos levantaron su puño en el podio después de la carrera de los 200 metros, en los Juegos de 1968, como protesta contra la segregación racial en Estados Unidos. Johan Cruyf, futbolista estrella de Países Bajos, se negó asistir al mundial de Argentina, después de que un grupo de varios países presentaran dudas sobre su asistencia. Y para no alargar más el tema, nuestra cantante Shakira, Rod Stewart y Dua Lipa se niegan visitar a Catar por el irrespeto a los derechos humanos.
Distante de estas movidas del mundo político y sus intrincados movimientos, existen realidades muy ajenas que se viven en las canchas polvorientas de algún pueblo olvidado, donde nacen muchos de los sueños de niños que, tras una pelota de trapo y, sin guayos de muchos dólares, solo piensan en debutar en un estadio europeo. A su corta edad serán objetos “vendibles” si su gambeta es “endiabladamente maravillosa” y es vista por el mercader de turno. Ellos, los impúberes soñadores, solo buscan descrestar con sus vistosas y habilidosas capacidades para ganarse el pan y comprar la casa para su familia. Los matrimonios por conveniencia existen, son una realidad que no se puede ocultar. La política necesita de ese joven deportista y ese muchacho encuentra que no es posible alejarse de las marañas y entramados oscuros de quienes ostentan el poder, o de esos sátrapas que en su crepúsculo del poder creen encontrar su salvación en la idolatría y pasión que mueve el balompié y el deporte.
Pero la humanidad también enfrenta otros encuentros singulares. La necesidad de pertenecer a una “tribu”, llámese club, religión, equipo deportivo, partido político, entre otros, es una actividad humana derivada del proceso evolutivo. De allí que se pueda hacer referencia a otro partido que se juega por fuera de los estadios y atemporalmente, otro enfrentamiento, unas veces apasionado o censurado hasta con la hoguera. En uno de los equipos podremos encontrar a: Shakespeare, Cervantes, García Márquez, Goethe, Beethoven, Mozart, Hipatia, Virginia Wolf, Neruda, Sócrates, Madame Curie y en el otro equipo a: Hitler, Stalin, Pinochet, Putin, Mussolini, Franco, Nietzche, Nerón, Liz Truss, Videla, Pol Pot. La dirección técnica del primer equipo estaría en manos de Simone de Beauvoir y en la contraparte, Margaret Thatcher. Un encuentro no por marcar goles, solo una constante confrontación de ideas.
Egregio sería disfrutar en cualquier estadio de la exhibición de las habilidades de 22 jóvenes, o el debate y regocijo del arte, la literatura y la ciencia, sin censuras y persecuciones ideológicas. No se pretende zaherir, solo gozar cualquier actividad humana sin sombras oscuras que los cobije.
Deseamos en los más íntimo que no se divorcien las parejas, pero la realidad a veces exige que para lograr una vida caminando por senderos humanísticos, es necesario esa separación.
Harold Salazar A.



