También sus vidas de cuyos cambios han sido testigo mudos los árboles de tan delicioso fruto plantados por don Juan María Marulanda.
Angel Gómez Giraldo
Los mangos de Pereira, dulces como sus mujeres no se les maltrata sino que se les trata de buenas maneras para que no pierdan su excelente sabor.
Además porque están para ser el marco verde de la plaza principal de la perla del otún.
Allí mismo donde el caraqueño muestra total desnudez para que el pueblo entienda que sus luchas por la libertad de la patria no tuvieron ningún interés escondido.
Precisamente, indagando en la historia de Pereira nos damos cuenta que por lo menos tres de los 22 árboles de mango, con la entrada del nuevo año 2.023 llegan a la longeva edad de los 142 calendarios.
Subrayando que los 3 primeros árboles fueron sembrados por el patricio Juan María Marulanda, apellido del más grande significado para los nacidos en esta, la tierra del poeta Luis Carlos González, ya que con él y todas las personas que lo tenían, el pueblo de Pereira se abrió caminos de progreso y obtuvo fama y honor.
Con el paso de los días fueron apareciendo otros árboles para ser todos un emblema más de la antigua Cartago.
A propósito, una anécdota graciosa nos enseña que en su momento como alcalde, don Eliceo Gaviria Mejía, dio permiso a un grupo de niños que acababan de hacer la primera comunión para que treparan a los mangos y disfrutaran de sus frutos.
Luego los muchachos empezaron a preferirlos verdes, sin madurar, y ahí fue donde surgió el consumo del mango biche con sal.
Fue así como esta costumbre se impuso y hoy por hoy hasta en las heladerías se ofrece helado de mango biche.
A veces en la plaza de Bolívar se produce una descarga de tal magnitud que el mismo Libertador que descansa sobre una peana de mármol, se ve obligado a mover la cabeza, para evitar ser golpeado y tener que correr con la consecuencia de múltiples “chichones”.

Mangos de la plaza de Bolívar de Pereira que se empezaron a sembrar hace ya 142 años. Árboles que dan fruto sabroso y buena sombra.
Sus vidas
Mas la plaza de Bolívar ha tenido varias vidas, reformas estructurales y cambios en la categoría de las personas que la frecuentan.
Así pues, que de plaza de mercado con beligerantes carniceros y verduleras que protagonizaban riñas, al llegar la década del 20 del siglo, XX, ya era un bello parque con bancas de cemento finas y de bonitas formas donde las jovencitas de las mejores y más distinguidas familias asentaban el derrier y cruzaban las piernas para recibir mejor el solaz.
Por esto mismo los cronistas y fotógrafos de mediados del siglo pasado nos dejaron imágenes que ahora nos parecen cursis.

Asimismo nos quedó un registro gráfico de una plaza con un diseño novedoso y atractivo por tener una cruz de asfalto que llevaba a los que la querían atravesar de un costado a otro y cuyos vértices comenzaban en las cuatro esquinas.
Si no fuese por ese afán reformador y ambición de dejar su propia impronta de gobernantes, este diseño de la vieja plaza se conservaría y sería el mejor atractivo turístico de la ciudad sin puertas.
Entonces habrá que decirle a los que asumen el primer cargo del municipio, que lo que está bien hecho no se toca.
El desnudo
Años atrás, 28 de noviembre de 1.963 el escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancut que había hecho a Bolívar así como Dios hizo al primer hombre, en cueros, sin duda para llamar la atención de Eva, se atrevió a ubicarlo en la plaza grande de Pereira para que cargara con su nombre por siempre y al mismo tiempo tuviera significativa identidad.
A menos
Pero quién lo creyera, pasada la novelería del Bolívar desnudo, el antiguo parque perdió estatus y el alto estrato cayó al mínimo. Así que de visitantes, damas de presencia distinguida y de caballeros respetables, pasó a recibir gente del más carrasposo vulgo, en su inmensa mayoría hombres, jóvenes y viejos jubilados.
Peor aún, recibe la plaza jóvenes adictos y aparentemente varones pero que son prepagos para el mismo sexo.
Sorprendente, en las tardes es usual ver a trabajadoras sexuales y a travestis que ya han asado sus carnes en el mismo asador del sol intenso, buscar la sombra de uno de los tres primeros árboles de mango sembrados por Juan María Marulanda.
El colmo es que a la plaza ingresan sicarios, criminales y asaltantes que hacen de las suyas y Bolívar se ve en la obligación de guardar silencio, pues se aprendió muy bien la frase de frecuente uso en Colombia y que ordena comer callado.
Existen allí vagos y trotamundos quienes reconocen que están en el “rebusque” y en prestación de servicios.
Don Mario
En trabajo periodístico me encuentro con don Mario, hombre de 72 años, de presencia todos los días en la plaza de Bolívar, y le digo: usted como que no sale de aquí.
-Si salgo puede que después no la encuentre.



