Interpretación dramática y humorística de la única persona fusilada en Pereira cuando estuvo vigente la pena capital en Colombia.
Ángel Gómez Giraldo
Fundada en 1863, la trasnochadora y morena Pereira cumplirá este 30 de agosto 157 años. Más en 1810 apenas contaba con 27 y era un pueblo pequeño. Y aunque la población masculina se negaba a prescindir de la ruana, en ese entonces ya tenía “aires de condesa”.
En este mismo año familias enteras salieron a la calle para perder la voz y el oído quedando sordomudas. Hasta se sintieron tullidas o sin capacidad para movilizarse por sus propios medios.
No se trataba de un terremoto, que aquí no faltan, sino del fusilamiento público de un hombre condenado a muerte por homicidio.
Fue la primera ejecución por orden judicial en el pueblo y se hizo frente a la casa de Jesucito Hormaza, ubicada donde hoy se levanta el llamado Palacio Municipal de Pereira.
El día de este acontecimiento debió ser largo y pesado como una serpiente boa para los pocos pero contentos habitantes.
Desde hacía nueve años sus calles estaban impregnadas de un olor a mango viche, pues los 3 primeros árboles de esta fruta habían sido plantados en 1881 en la Plaza de Bolívar por don Juan María Marulanda que contaba con huerta casera y cultivo de frutales.
Como lo dijera el cronista Asnoraldo Avellaneda Aguilar, se trató del primero y el único fusilamiento que se produjo en Pereira durante la vigencia de la pena capital en el país.
La ejecución
El condenado a morir en el banquillo fue un hombre llamado David López y no era pereirano.
Llegado de Salamina (Caldas), fue flechado por una “muchachita pereirana”, Rosario, y al poco tiempo se sacó la espina casándose con ella a primera hora de un día que había sido hecho para un sol sin nubes.
El man había sido condenado a muerte por el homicidio de un peón de hacienda por la localidad vallecaucana de Zaragoza.
Dizque cuando se acercaba al banquillo gritó: “Viva el partido Liberal”, porque era radical.
El sacerdote confesor que lo acompañaba al cadalso al escucharlo interpretó su palabras como una blasfemia y a punto de atragantarse con su saliva, tosió varias veces.
Cuando se recuperó, le replicó: “Hombre, grite que viva nuestro Señor Jesucristo”. El condenado gritó: “Viva Dios”.
En este preciso momento fue que los testigos del lamentable hecho enmudecieron, ensordecieron y quedaron inmóviles como estatuas por varias horas quedando a la vez incapacitados para escuchar los disparos de las armas oficiales.
Ya habían visto otro acto aterrador del que iba a morir: El condenado a muerte había hecho su aparición ante el público vistiendo una túnica negra pero con la cabeza descubierta y las manos atrás atadas con un lazo.
Adelante los músicos de la muerte haciendo sonar sus tambores, que escuchaban los que todavía podían escuchar, el religioso y la guardia.
La víctima de la justicia de entonces no era ninguna pepa de guama, cobarde, y por lo mismo no se dejó vendar e hizo lo que hacen los uribistas cuando escuchan el himno nacional así estén en el baño de la casa: Se llevó la mano al lado del corazón, no para ordenar: “Por el pecho no “, sino: “Disparen malparidos”.
Y los fusiles dispararon y las balas atravesaron la mano de David llegando hasta el corazón.
Como la sentencia de muerte se cumplió cerca del mediodía, nadie almorzó en Pereira y aunque al llegar la noche se acostaron temprano, tampoco nadie durmió.
El terrible suceso que transcurrió a vista de todo el mundo fu tema de conversación por muchos años.
Tan terrible fue que el historiador dejó constancia en su relato:
“Tendría muchos detalles que completarían esta crónica, pero me he limitado a narrar los hechos más destacados que en una o en otra forma influyeron en la vida de esta tierra, en lo local, lo económico y lo político”.
Y así el pueblo no volvió a ser el mismo por mucho tiempo, los delincuentes y hasta los raponeros que es más lo que corren al huir que lo que roban, echaron a pie para Manizales y Villamaría, localidades menos calientes que Pereira para los bandidos.
Reyes
Al llegar el año de 1904, ascendió a la primera magistratura del Estado el general Rafael Reyes y aún permanecía viva la pena de muerte en Colombia.
Y fue este mandatario el mismo que sufrió un atentado criminal pero del que salió ileso en el sitio Barro Colorado de Bogotá el día 10 de febrero de mil novecientos seis.
Como Reyes no era ninguna perita en dulce capturó a los autores del atentado, tres jóvenes quienes por estar acostumbrados al pun… pun… pun…, a disparar, fueron los primeros punkeros que se conocieron en el país.
La ley no tuvo compasión con ellos y los conspiradores fueron pasados por las armas, acto con el que concluyó el atentado al general presidente.
Reyes dejó el poder en 1909 y año después se produjo la abolición de la pena de muerte como castigo judicial en Colombia. Fue uno de los actos de la constituyente de este mismo año.
De estar vigente, cuántos inocentes serían ejecutados con esta justicia coja y con esta polarización política que vivimos.
La pena de muerte abolida hoy en casi todos los países del mundo y en Colombia desde el año de 1910
Cuando el primero y único fusilamiento en Pereira ya habían sido sembrados los tres primero árboles de mango en la Plaza de Bolívar



