La narrativa de san Lucas es superior frente a los demás evangelios. Su redacción es más ágil, recoge detalles más pintorescos. Describe con mayor propiedad los lugares, las personas, los acontecimientos.
Lo comprobamos en el relato de aquellos discípulos que, luego de la fiesta de Pascua, regresaban a Emaús. Una aldea distante de Jerusalén unas dos leguas.
El evangelista resalta el ánimo quebrantado de aquellos caminantes: «Nosotros esperábamos que Jesús fuera el liberador de Israel».
Según enseñan los biblistas, esta página corresponde a un hecho real, retocado por los catequistas de entonces, y recogido por san Lucas hacia el año 75 de nuestra era. Los primeros cristianos veían retratados aquí a quienes siguen al Señor, pero sin encontrarse con El personalmente.
Según el texto de san Lucas, estos discípulos sabían mucho de Jesús. Cuentas hechas y apreciaciones personales. Tal vez habían acompañado al Maestro en sus andanzas. ¿Por qué entonces no se quedaron un día más en la capital?
Todo ocurrió con tal rapidez que, sin pensarlo, el mundo se les vino encima. Es cierto que unas mujeres contaban haber visto al Señor. ¿Pero no apuntaría todo ello a sanar un dolor incurable?
La historia de Emaús resume los muchos estadios de la fe: El entusiasmo de los primeros días, el desconcierto posterior, la duda, la desconfianza, la sospecha, la deserción, la dicha de volver a encontrar a Jesús, la zozobra cuando le perdemos de vista, el desconsuelo, el ruego para que se quede con nosotros.
En la historia de los discípulos de Emaús, aparentemente el Señor no hizo caso a su petición de quedarse. Desapareció al instante.
Pero ya la vida de aquellos viajeros no era la misma. Se les habían abierto los ojos. Aprendieron a reconocer a Dios bajo apariencias ordinarias. Comprobaron que su corazón ardía mientras caminaban a su lado. Regresaron al seno del grupo o primera Iglesia.
¿Quién de nosotros no ha recorrido estos estadios? Emaús aparece como una huida. Queremos escapar de nuestros conflictos:
Hogar, trabajo, sociedad, Iglesia, encuentro con nosotros mismos.
Muchos son los que caminan a nuestro lado. Entre ellos es difícil reconocer al Señor.
De pronto distinguimos a alguien que explica el sentido de la vida. A veces con palabras, con gestos. A veces simplemente caminando en cercanía. Compartimos la vida, ponemos en común los intereses, hacemos nuestras las preocupaciones del otro y entonces aparece el Señor.
Surge allí ese «quédate con nosotros», no siempre consciente y explícito, pero siempre sincero.
Aquellos discípulos toman la iniciativa de regresar a Jerusalén, de donde habían salido abrumados por la desesperanza. Recuperan la unión fraterna, la luz del hogar compartido.
El cristiano de hoy regresa, retorna a Jerusalén y ayuda a otros caminantes para que también regresen. Cómo aquellos discípulos de Emaús, busca a «los Doce», la primera comunidad cristiana, la Iglesia. Allí los labios, antes amarrados, anuncian: Era verdad, ha resucitado. Porque el mismo Jesús que, se mostró a Simón se nos muestra a nosotros, pero sólo es posible reconocerlo cuando compartimos el pan.



