En Claus y Lucas (2019), la trilogía de Agota Kristof, dos niños se entrenan en el endurecimiento. Viven en una frontera desolada y hay una guerra; su abuela los maltrata y sus padres los abandonan. Deciden que, como solo se tienen a ellos mismos, harán lo posible por cubrir su piel y su alma con un caparazón suficientemente resistente a las embestidas del destino. Pasan días sin comer con el fin de aprender el hambre, duermen a la intemperie y sin nada para cubrirse, se golpean para amplificar su umbral del dolor, entre otras crudezas. En Somos gente bien (2025) de Duván Bolívar el proceso es contrario. Los personajes se reblandecen, se hacen suaves al tacto: su refugio es la ternura y esta también es su fuerza.
El escenario es conocido: la costa atlántica con su ruido ensordecedor. Seres sensibles en una sociedad hipócrita y desinhibida, donde se ha normalizado que la iniciación sexual de un joven, su “hombría”, se alcance en un burdel. Eso le sucede al narrador de Un regalo especial, el cuento que abre este conjunto merecedor del premio Cámara de Comercio en Medellín (2024). A un niño no le gustan las niñas. En cambio, un mazacote atragantado, una estampida de medusas le recorre la sangre cuando ve un cuerpo masculino. Tiene un afiche de Bon Jovi en cuero sobre su cama, no sabe explicarle a su padre que esa no es una imagen pornográfica; tampoco sabe cómo decirle que su regalo de quince años —llevarlo donde una trabajadora sexual— violenta su deseo y se traduce en una historia de terror.
En el cuento Somos gente bien una familia se reúne en torno a un joven llamado Andrés. Él tiene problemas de alcoholismo. La orden es contundente: debe internarse cuanto antes. Nadie soporta su condición, pero en lugar de adentrarse en las razones e intentar comprender, es la represión y el señalamiento desde donde dialogan (o monologan, mejor) sus parientes supuestamente preocupados. Exhiben la superioridad moral y el paternalismo de la “gente bien” que juzga a los del otro lado, a la gente mala. Salen a flote detalles del porqué de la depresión en Andrés —vinculados a una homofobia estructural de su núcleo familiar—. Andrés recuerda una charla con su madre acerca del color de un atardecer en Puerto Colombia. Él afirmaba que era fucsia, mientras la madre decía que era naranja: “Tampoco era exactamente naranja. Eran ambos. Pero ella detesta los matices, los límites escurridizos, las definiciones vacilantes” (p. 42).
Presión social
La presión social o familiar puede ser una causa de muerte. La heterosexualidad es la norma hegemónica del patriarcado. De allí que surja un concepto como la heteronormatividad. Frente a ese marco rígido cualquier divergencia es ferozmente sofocada. En una sociedad hipersexualizada se amplía el abismo del prejuicio. Los personajes de Somos gente bien son hombres que lloran, a quienes les gusta el color rosa y cantan con un peine frente al espejo. También son hombres discriminados. Sus propias familias son sus verdugos. En un prestigioso colegio de Bogotá en 2014, luego del suicidio de un joven homosexual, se suscribió el término de “suicidio por homofobia”.
La masculinidad hegemónica es un modelo ideal de socialización, como ya se dijo, que responde a ciertos preceptos. En suma, es un tipo de represión de la subjetividad. No obstante, que exista un modelo hegemónico es el punto de partida para quebrarlo, como lo hacen con radical ternura los personajes de Somos gente bien, que siguen amando y sufren la contrariedad y la maravilla de toda relación humana —ese recurrente desencuentro universal—. La violencia simbólica, según Bourdieu (2011), se da cuando los dominadores son a su vez dominados. Se ejerce con el cuerpo una dominación de cuyo producto el mismo cuerpo es resultado. Lo que no advierten los represores reprimidos es que al intentar amputar al otro su mundo de colores, ellos mismos se conminan a la mutilación y tendrán que vivir en una realidad unidimensional, pacata, monocromática y precaria. Introyectan la misma violencia que proyectan.
Este libro de cuentos es una indagación profunda sobre las formas inconscientes y premeditadas de la exclusión. Una pregunta está detrás de las historias: ¿qué nos lleva a cruzar el límite inexpugnable de la violencia? En Macacos en la selva aparecen unos tipos que se rencuentran para beber en un bar. El narrador está muy incómodo porque un secreto sobreagua y mortifica su memoria. Steven asesinó a Willy. Todos los demás ocultaron el hecho por miedo, por camaradería con el victimario, por violencia simbólica. El silencio no lo soporta el narrador. Porque este es un libro sobre el grito atragantado que un día explota e inunda las calles del mundo. De jóvenes iban a nadar a una laguna. Willy sufría bullying por parte de sus amigos, especialmente de Steven. La madre de Willy creía que andar con Steven sería una medida correctiva para su muchacho:
Terapias correctivas
“Olga lanzaba sin piedad a Willy a las fauces de su propio enemigo sin darse cuenta de lo que hacía, porque suponía que a Willy le hacía falta endurecer el carácter, reemplazar los balones de caucho de colores neón por bolas de trapo, dejar de ver un micrófono en cada peinilla y una cámara de video en cada espejo de la casa, treparse a lo más alto de los árboles y robarse los mangos ajenos, echarse a andar en bicicleta por los caminos escarpados del monte vecino, rasparse más seguido las rodillas para echarle entonces sulfato de plata puro en las heridas y verlo tragarse el dolor, coleccionar pececitos color tierra en botellas plásticas de Coca-Cola cortadas al medio con un cuchillo caliente… Y quién más diestro para esas terapias correctivas que Steven, que nos enseñó a fabricar eructos y a competir entre todos al que largara el más prolongado y sonoro” (p. 93-94).
Un día Willy se cansa y decide vengarse dejando escapar el canario de Steven. El resultado: homicidio por homofobia (y por ahogamiento). La exclusión, sin embargo, no se explora únicamente desde personajes homoafectivos en esta colección de cuentos. En No es otra tonta leyenda de horror el blanco del señalamiento es la partera del pueblo —otra divergente—. Una mujer a quien todos le deben dinero de cada nacimiento y le van pagando como pueden. Alguien que se va de polizonte le trae una figura, un tótem, de las Antillas. La gente empieza a murmurar —principal ejercicio de la moralidad sesgada: extender chismes falsos—. Esa señora seguro estará haciendo brujería, piensan y dicen los habitantes supersticiosos. El desenlace, como en casi todos los argumentos, será fatal.
Como en la poética de Julio Ramón Ribeyro, a los cuentos de Duván Bolívar los movilizan las batallas perdidas y los héroes trágicos. Siempre los personajes están a punto de cambiar su economía y su destino pero se frustran las intenciones. Esperan un golpe de suerte, un negocio, una mercancía traída de contrabando, un ahorro, una acto de venganza, algo que los saque de su presente aciago y les devuelva la luz de otros días; algo que por fin les dé el lugar que merecen y les impida morir como unos fracasados.
En los cuentos Actores naturales y Equis mesías nos cuentan de líderes comunales, filántropos que acaban estafados o perdiendo lo que más aman por buscar el bien colectivo. Los personajes pelean contra su situación y a toda costa avizoran claraboyas, intersticios para escaparle a la desgracia. En Villano de carne y hueso una madre subyugada aprieta un cuchillo mientras persigue a su esposo adúltero, pero no se sabe si realmente cometerá el crimen. La impotencia envuelve a los personajes como un nudo en la garganta que crece hasta ocupar sus vidas enteras.
El cuento
El título del cuento Lo que hubiera sido de nosotros da cuenta de las batallas perdidas, esa poética trasversal al libro. El “hubiera” es un verbo nodal en la escritura de Somos gente bien. El pretérito imperfecto del subjuntivo “hubiera” es un anhelo incesantemente postergado, un horizonte de posibilidades tan prometedor como inalcanzable. “—Esa casa hubiera sido de nosotros” (p. 103) empieza diciendo una señora mayor en dicho cuento. Así mismo, las dimensiones hipotéticas, eso que habrían podido ser, llevan a los personajes a una honda melancolía.
Las colombianas somos de las personas más nostálgicas de la tierra. No es casual que hayamos creado un género como el vallenato. En A este lado del charco, Leonora —una dama de compañía barranquillera en Italia— es aleccionada por una compañera que le dice:
«No, mi querida, sepa usted que a este lado del charco está prohibida la melancolía y todas esas telarañas; usté vino fue a aprendé cómo ganarse la vida. No te enredes más: fuera, fuera, fuera, sacúdase, mija» (p. 128).
Les es prohibida la promesa de tiempos mejores, el recuerdo y el amor a los olvidados de dios, a quienes se salen del margen. En el cuento Tacitum vivit sub pectore vulnus un hombre mayor se va con otro más joven, que conoció en Grindr, al Parque Tayrona. Se da cuenta que Óscar, el joven, tiene esa frase de la Eneida tatuada en su pecho. La traducción del latín sería: “Vive bajo tu pecho la herida callada”. Este verso expresa otra constante de los cuentos. Un silencio hiere, pero finalmente se pronuncia la voz de estos hombres que, soberanos, existen sin victimismos (como afirmó el jurado del premio Cámara de Comercio).
En un ambiente vocinglero y festivo como la costa, el dolor de la incomprensión se acalla. Ante tanto ruido no es posible escuchar la herida, verla, palparla. Un prolijo estilo de frases largas presenta a unos personajes que nos enseñan esos límites escurridizos, esos matices inaprensibles, esas definiciones temblorosas. Las voces en primera o tercera persona nos incorporan sus emociones. Aquí surgen los modos de resistencia a las formas de la exclusión. Se rompe el encubrimiento que deforma e intenta camuflar el verdadero ser de quienes aman sin límites ni restricciones —esos a quienes sus familiares quieren hacer pasar por “normales”, como afirma el autor en una entrevista para El Espectador—. Este libro al tiempo denuncia y lame esas heridas invisibles que abren las diferentes violencias. En un mundo pretendidamente uniforme, Duván Bolívar Rangel nos entrega, más que un libro, un prisma para observar los colores infinitos que contiene la luz.
- lacerbatana.com
Cristian Camilo Garzón
Nació en Bogotá en 1997. Es estudiante de Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica Nacional. Hace parte del grupo de rap: Amigos imaginarios. Ha publicado ensayos y crónicas en las revistas: Mentekupa, Puesto de combate, LALT, La raíz invertida, Los hermanos Chang; también ha publicado microrrelatos en antologías de la editorial Quarks y en la revista Plesosaurios de Perú. Actualmente codirige la editorial independiente Totuma Libros.



