Ética y conocimiento: Apuntes al margen de lo cotidiano

La civilización como conjunto de valores, hábitos, saberes y realizaciones humanas nos acelera en el tiovivo de la modernidad. La modernidad es esta civilización cargada de costumbres, usos y realizaciones que nos pone a girar en un modelo homogenizado, aunque nos caracterice la heterogeneidad.

Carlos Arturo Arbeláez Cano*

Mientras la naturaleza se toma todo el tiempo para elaborar una nueva especie, un nuevo paisaje, una nueva condición, el hombre moderno quiere hacer las cosas con la inmediatez de la tecnología. La búsqueda del conocimiento hace parte de la búsqueda de nuestra propia condición humana. No nos basta la experimentación sensorial de la cosa creada por la naturaleza y expuesta allí, si se quiere de manera “espontánea”, sino que, una fuerza interior nos impulsa a indagar por su naturaleza, por sus componentes y por su funcionamiento. Comprender esa complejidad del mundo y de sus contenidos, deviene en la posibilidad de que el hombre las reproduzca y con ello se reproduzca a sí mismo en el tiempo.

El conocimiento de algo nos permite explicar y replicar ese algo según la necesidad y la intencionalidad de nuestros actos. Encontramos el fuego, pero mantenerlo, conservarlo, crearlo y repetirlo, nos convirtió en observadores, en investigadores de un fenómeno con innegables beneficios; así que conocer su dinámica, sus componentes y su naturaleza, nos permitió disponer de ese fenómeno como instrumento y herramienta vital. También como instrumento de guerra y destrucción, y es aquí donde la dualidad bien y mal comienza a tomar forma en la discusión de la ética y el conocimiento.

Pero el conocimiento no solamente nos permite conocer y explicar algo, sino que, mediante él, nos acercamos al ejercicio del “poder”. Poder discernir sobre el destino de una fruta infestada de hongos: ¿puedo darla como alimento o como tóxico? Poder liderar la ruta de las naves hacia puerto seguro o hacia el abismo. El conocimiento adquiere el carácter de instrumento de dominación y al mismo tiempo es signo emblemático de la ciencia y el saber.

La ciencia ha desbordado los límites de la razón; la ciencia y el conocimiento, entendidos como tarea de conocer la verdad objetiva, se constituyen en poder. Pero el poder no invoca necesariamente a la ética como doctrina de base para su ejercicio, como lo ejemplificaba arriba. La ética entra en pugna con el objeto mismo de la ciencia y el conocimiento.

La fisión del átomo, por ejemplo, a principios del siglo XX, que permitió disponer de inmensas cantidades de energía liberada por su división, pudo haber sido más útil para iluminar ciudades que para aniquilar pueblos.

La duda y el temor sobre la ética del empoderado por la ruta del conocimiento ponen en entredicho el vínculo entre el conocimiento, el poder y la ética. Esto significa someter y cuestionar si el empoderado sabe y si ese conocimiento lo impone con la fuerza del valor moral.

Es bueno dejar claro que, por un lado, está el científico empeñado en avanzar sobre el conocimiento y por otro, quien se apropia de ese conocimiento para reproducir el poder. En la modernidad hemos visto como esta dicotomía se diluye al aceptarse la tecnocracia como modelo de administración del poder en el Capitalismo Occidental.

Para concluir esta primera parte debo afirmar que en la academia solemos restarle valor epistemológico a quienes se atreven a pensar libremente, autónomamente; cualquier afirmación o postura ideológica tiene que estar “protegida” por quienes pensaron primero: fulano dijo…, mengano sostiene…; en una suerte de actitudes imitativas que resuenan hasta que pasen de moda.

Desvirtuamos el conocimiento no científico. Aquel fraguado al calor de la experiencia milenaria de nuestras culturas ancestrales, en una aceptación de la condena europea de hace quinientos años de ser indígenas (¿cercanos a la indigencia…cercanos a la desnudez?) y de ningún modo poseedores de los saberes y el conocimiento, no sistemático, pero sí producto de una realidad vivida.

Tanto del griego (ethos) como del latín (mores), la ética toma por significado costumbre. La ética referida a lo moral como forma usual del comportamiento humano; usos y costumbres “apropiados” transmitidos genéticamente desde los primeros tiempos. Es costumbre, es usanza, es forma de comportamiento, es actitud, es modo cultural. La ética, y con mucho atrevimiento de mi parte, se aplica a la condición del hombre como individuo, mientras que la cultura- derivada de aquella- a la sociedad en su conjunto. Me parecen términos equivalentes, aunque a escalas diversas.

La ética primero como paradigma teológico: lo moral y lo inmoral, lo sano y lo insano, lo pecaminoso y lo limpio, lo blanco y lo negro; una dicotomía que hacía simple asumir una costumbre o una actitud ética; era solo cuestión de seguir los mandamientos de la ley divina.

El paradigma antropocéntrico, algo así como el contrato social, en el que se establecían las normas y las reglas como costumbre u observancia de la conducta del colectivo socializado, complejizó su estudio y aún sus significados. La ley, la norma y otra vez el comportamiento humano en relación con la moral y las buenas costumbres. La ética como signo conductual de nuestra existencia, lindero de linderos, lindero de la libertad.

Seguidamente el paradigma tecnológico, el conocimiento que le da cierta ventaja a quien puede acceder a él. Y es que, paralelo a ese conocimiento, se adelanta el proceso de institucionalización, buscando dejar por fuera a los que no pueden pertenecer a la academia. Y es que la academia ha de darle carta de reconocimiento al conocimiento.

Y después la modernidad, por no decir posmodernidad (cuño eufemístico si se tiene en cuenta el rezago de muchos apenas atisbando la modernidad); modernidad que nos muestra cómo se diluye la ética en el piélago del consumismo y del individualismo, condicionantes éticos comprometidos con otros valores de vida.

Y no es que todo tiempo pasado fue mejor, no. Es que la “civilización”, cargada de conocimientos, nos ha sido tan útil, que hasta para entender nuestra propia crisis ha servido:

“Lo mejor de la especulación intelectual y creativa que se ha hecho en Occidente en los últimos 150 años parece ser, incontestablemente, la más enérgica y verdadera en la vida entera del hombre. Aun así, el resultado también incontestable de toda esta genialidad es nuestro sentido de estar parados en las ruinas del pensamiento, y al borde de las ruinas de la historia y del hombre mismo… La necesidad de consejo individual
y espiritual jamás ha sido tan aguda”. (Susan Sontag)

Se habla de la ética en un sinnúmero de profesiones: la ética del gobernante, la ética del asalariado, la ética como conducta individual o la ética como comportamiento del colectivo.

Más escabroso aún me resulta buscar y encontrar el vínculo entre el conocimiento y la ética, y llego a la “brillante” conclusión de que el vínculo entre la ética y el comportamiento humano sea este ilustrado u ordinario, no existe como algo optativo, sino que se trata de una condición inherente a la actuación humana. Se es o no se es ético, cualquiera que sea la condición de su saber.

Se me ocurre reflexionar sobre la moral cristiana inscrita a valores de respeto, obediencia, bondad, generosidad; se me ocurre que frente al saber y al conocer, la conducta humana ha transitado desde lo teológico, inspirándose en La Fe, hasta la complejización de la realidad merced al método científico.

Así es, mientras que nos bastaba encontrar la verdad en Dios y obviar la reflexión o valoración del por qué la realidad era buena o mala, la Ilustración (entendida aquí como la incursión al conocimiento) nos abrió las puertas a la duda y a la posibilidad de cuestionar los valores impuestos por una autoridad religiosa o política. Las reglas y las normas que debían definir el comportamiento acostumbrado pasaban a ser objeto de una prueba crítica a la luz de una razón.

Pero esto reclamó largos y pesados siglos de oscurantismo religioso, y solo después del siglo XVI, con el surgimiento del movimiento Renacentista, habría de arrancar definitivamente una secuencia de revoluciones en lo político y económico desde Inglaterra, principalmente, pero irradiándose rápidamente al resto de Europa y, con el tiempo, a América.

Se produce entonces un cambio estructural en la filosofía, esto es que una teoría del conocimiento desplaza la visión metafísica del mundo. El método científico reclama el rigor en la búsqueda de la verdad, pero es tan perfectible, tan objetivo y tan poco humano que bien pronto aparecen las nuevas corrientes con su enfoque ético sobre si la verdad vale porque es producto del conocimiento objetivo o del conocimiento subjetivo. Tomas Khun y sus revoluciones científicas, las rupturas de paradigmas para adentrarse en la construcción de uno nuevo, la falsación de la verdad de Karl Popper y la invitación de Feyerabend a validar la verdad subjetiva, a humanizar la ciencia y a cuestionar el método científico, ponen a pendular la ética del conocimiento entre lo objetivo y lo subjetivo.

Hasta aquí un poco del contexto en el que se discute la ética y el conocimiento, pero, lo confieso, prevalece la dificultad de interconectarlos; aunque arriba me atreví a pensar que la valoración subjetiva podría definir ese vínculo. Podría reducirme a explicar esta comunión desde la simple expresión de la modernidad, en que el término ética ha asumido una dimensión difusa, mientras el conocimiento ha avanzado hacia los refinamientos extremos de pensar que ya lo conocemos todo, y pensar, en la misma línea, que quien posea el conocimiento, detenta el poder y que ese poder no necesariamente se sirve de la ética en su ejercicio de imposición.

La civilización como conjunto de valores, hábitos, saberes y realizaciones humanas nos acelera en el tiovivo de la modernidad. La modernidad es esta civilización cargada de costumbres, usos y realizaciones que nos pone a girar en un modelo homogenizado, aunque nos caracterice la heterogeneidad.

La barbarie aquí, no como el estado silvestre y prístino de los nórdicos europeos (mal nombrados por el “despotismo ilustrado” de la época de Voltaire) sino como acepción de inhumanidad, desprecio por la vida, irrespeto por el prójimo, insolidaridad, indolencia, injusticia, mezquindad.

Pero estas reflexiones sobre la ética y el conocimiento no pueden estar al margen de lo cotidiano. La dureza de las imágenes que observamos a diario es una invitación a replantearnos nuestras costumbres, aún aquella costumbre de no prestarle atención a las preguntas:
– ¿Van a matar mucha gente, papá?
-Nadie que conozcas querido. Sólo extranjeros.

(John Le Carré, tomado de un artículo sobre la guerra de Irak de Eduardo Galeano)

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