Padre Pacho
Muchos afirman que todos tenemos tres nombres, el primero el que nos ponen al nacer, el segundo nos lo pone la sociedad, por lo que hacemos: ahí va el profesor, el médico, o el alcalde. El tercero es el nombre que nos pone Dios, es nuestra relación primera y original. Todos conocemos nuestro nombre, pero ¿me he preguntado alguna vez, el nombre con el que Dios me conoce y me ha llamado desde mucho antes de mi concepción?
Con la celebración del ocho de diciembre, hemos iniciado nuestras fiestas decembrinas, el acontecimiento histórico del alumbramiento; un Dios que acepta la pobreza de mi carne a fin de hacerme entrar en posesión de las riquezas de su divinidad. Ese misterio insondable e inaudito del Dios hecho hombre en las entrañas de una niña nazarena, a quienes sus padres llamaron Miriam, su entorno social la conoció como la esposa de José; el mismo Dios la llamó “La llena de gracia”, la siempre limpia, la perfecta, el ser creado más íntegro y puro, sin mancha ni en su misma concepción.
Nuestra teología cristiana, afirma que Dios viene a redimir la humanidad caída, aquí surge una objeción frente a esta afirmación de María como concebida sin pecado y es el temer que al situarla en un régimen especial estemos negando la necesidad que ella, como toda creatura humana, tuvo de ser salvada. La objeción cesa cuanto descubrimos que precisamente lo que celebramos, es el modo singular en que la salvación de Dios se hizo primero presente en la vida de esta predilecta. Dios salva levantando al que cae, pero también no dejándolo caer. No caer es un modo de haber sido sostenido, un modo de haber sido salvado.
La piedad popular intuyó y creyó desde siglos antes que, María, era una creatura privilegiada, por quien la creo y le conoció antes de encarnarse. Aquella que, brindándose generosamente y en cheque blanco para Dios, permaneció fiel, radiante y bella. Con María, es posible pensar en limpio; es posible creer en el amor sin farsa; es posible creer en Dios, sin exigir nada a cambio; es posible mirar sin desear con segundas intenciones; es posible fiarse sin dudar; es posible ser libre, sin esclavizarnos ante nada ni ante nadie.


