Guillermo Bustamante, el gozo de abandonarlo todo

Leonardo Agudelo*

Guillermo murió en la ley del asfalto en un atardecer cerca del Parque Santander, en ese albergue llamado espacio público. Su cuerpo, abandonado sin vida y sin palabra.

Lo conocí invitado al Taller de Escritores de la Universidad Autónoma, en un salón donde las sillas trazaban una media luna, él sentado con su mentón alto y mirada brillante.

Una o dos veces nos cruzamos silentes en la calle, hasta un día en la cafetería de Sintrateléfonos, donde llegó con un libro de narrativa norteamericana. Ese fue el momento para romper el hielo. Enfundado en un traje descuidado, de su cuerpo, con el fuerte olor de combatiente callejero, emergió una voz profunda y singular, transparente como el rocío que apacienta sobre la hierba… Sus palabras tenían el rumor del río Magdalena, donde nació, escribió  y combatió.

Alternaban sus palabras una vena constante de humor y rabia que inspiró su obra El último Cartucho y lo llevo a ser el Balzac que reclama Bogotá hace 500 años. Sus cortos monólogos hechizaban a su interlocutor no sólo por la erudición sino también por esa sabiduría teñida de humor espeso.

Era un hijo de ciudad venido del campo, donde los estertores de la violencia no han dejado en paz ni a vivos ni a muertos. Con él aprendí a ver otra historia de Colombia el día que me dijo que la mejor crónica de la violencia estaba en la literatura, porque las academias habían llevado a la verdad a vestirse con el ropaje de la ficción, verdad atesorada en cuentos y novelas escritas por profesores, jueces y sacerdotes de regiones donde se enseñoreó la violencia liberal-conservadora.
Un día le pregunte: ¿Guillermo, por qué la violencia no deja de correr por el río Magdalena? Allí inició el relato sobre los orígenes del paramilitarismo. Cada palabra iba coloreando un mosaico de amaneceres y sangre, mezcla de recuerdos personales, lecturas, y vivencias como periodista y escritor.
A comienzos de los 80, su instinto campesino presagió que algo cambiaría indefectiblemente en la historia de la región fraguada a golpes de navegación, guerras civiles y la Tropical Oil Company, cuando oyó de labios de un asistente a una reunión cerca de Puerto Berrío, en 1982, repetir las palabras de un oficial del ejército: “Las circunstancias de la región van a cambiar y consideramos que ustedes son la personas que pueden acompañarnos en este proyecto”.

Nunca había escuchado una historia donde el narrador fuera protagonista y literato, como ese sábado en la mañana cuando nos encontramos casualmente frente al centro cultural Gabriel García Márquez y tomamos un café. Sus palabras no podían quedar vacilantes en la memoria, decidí escribirlas mientras se alejaba con paso chaplinesco al Taller de Escritores.

Apenas escribí nuestra conversación, supe el verdadero valor del encuentro. A la siguiente semana fui al taller y conversamos: esta vez escribí sus palabras frente a sus ojos. Al rato me pidió un aguardiente y le dije que era mejor hacer la historia sobrio. Se quedó en silencio, se levantó y, antes que su figura se desvaneciera en el marco de la puerta, dijo: “Eso de hablar de muertos sin un trago no es para mi”.
Dos semanas después de nuestro primer encuentro, víspera de elecciones, llegué temprano al café que frecuentan los sábados los asistentes al Taller. Era una mañana fría de un cristalino silencio. Guillermo no llegó. Sus pasos lo estaban llevando al asfalto y la noche, a un parque donde se despidió del juego de la pérdida y la ganancia en un ocaso de sábado.

*Integrante del Taller de Escritores Gabriel García Márquez, catedrático de la Universidad Autónoma de Colombia, antropólogo e investigador, colaborador de varios medios como la UN Radio, revistas y periódicos regionales.

Guillermo Bustamante
Puerto Berrío (Ant.) 1947-Bogotá 2010
En el décimo aniversario de su partida, el Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia, exalta su memoria con exposiciones fotográficas itinerantes del maestro y la divulgación de su legado literario. El último cartucho (relatos), El murmullo de la sangre (novela), Más cornadas da el hombre (cuentos), Crónica de una dictadura sonriente, Poesía Nómada, Letanías en rojo y negro (poética póstuma publicado en Argentina) e inédito, el poemario Gracias a la vía, son parte de la obra de este prolífico escritor, quien ha interesado a universidades como La Nacional de Colombia, Autónoma de México, lo mismo de tesis de trabajos académicos en Brasil y Alemania. A continuación una cálida semblanza en la pluma del profesor Agudelo y un par de sus poemas para los lectores de Las Artes de El Diario de Pereira.

Ese placer
insensato
de sentarse en los parques
sin esperar a nadie
sin el temor de ser perseguido.

Y observar las palomas
y las gentes,
como si entre ambas
las diferencias hubieran sido canceladas.

Ese inmenso placer de sentirse
desnudos y sin sombras
como cuando debajo del zapato
roto sonríe la vida.

Esas ganas incesantes de mirar
sin afán
el abismo
donde el esfuerzo vano se rodea de oro.

Esos deseos infinitos de quedarse
en los parques
sin otro estímulo que el de estar
detenido en el tiempo.

Esa ansiedad
patológica de ser feliz.

Esa majestad del que sueña
y en el sueño ignora
a donde va.

Como tren a la deriva

RUIDO
Al poeta no hay que estarlo acosando
de preguntas. El
ya las tiene
y anda con ellas como un desesperado.

Sin embargo, sigue ahí.
Como la Torre de Pisa.
Mirando con desdén la rectitud del mundo.
Por eso, más nos vale estar expectantes de su
luz,
que tiene el prestigio de lo inesperado.

Pero no lo acosen con huecos interrogantes
que nunca podrá contestar.

El sabe que siempre (y solo) habrá poesía
mientras no haya respuestas,
y esa es su mejor razón para pasearse por la vida.

El poeta es gris como un campo
arrasado por la guerra.

Pero en sus estrellas brilla el arco iris.
Y es casi feliz. Ese es uno de sus más tristes secretos.

El poeta es un ser jodido que, para su esparcimiento, fabrica
lunas de jabón en medio de las peores batallas.

Algunos, incluso, hasta se bañan

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