Laura María Espinosa Estrada
En diciembre de 1998 el Instituto Nacional de Medicina Legal había ordenado a todas las sedes hacer un plan de emergencia para cualquier situación que se presentara; por suerte, el encargado para hacer ese plan en el departamento del Quindío fue el médico John Jaime Botero Giraldo, en colaboración con muchas entidades, la Universidad del Quindío, el Cuerpo Técnico de Investigación, la Registraduría entre otras.
Una información que en ese momento no fue más que un escrito realizado y aprobado, pero que para saber si servía, había que probarlo.
Fue entonces como esta tragedia sirvió de prueba para poner en marcha lo que un papel plasmaba.
“Llamé a María Mercedes, la que ahora es decana de la facultad de medicina, quien fue mi mano derecha, le expresé que se debía activar este plan y activarlo fue abrir el coliseo de la Universidad del Quindío, donde ubicamos todo como lo habíamos dicho y se les dieron las órdenes a quienes estaban haciendo actividades de desastres, para que todos los cuerpos fueran llevados hasta allí”.
Así inicia una historia que hace un retroceso en el tiempo y cuenta lo que se vivió dentro del coliseo de la Universidad del Quindío, ese que se convirtió en la morgue de la catástrofe de aquel inolvidable 25 de enero de 1999.
El primer cuerpo… y los otros 639…
Abrimos el coliseo a eso de las tres de la tarde y llegó el primer cuerpo una hora después, lo recuerdo mucho, fue una señora que había fallecido de infarto, la única persona que llegó allí por muerte natural.
De ahí empezaron a llegar camionetas, carros particulares, camiones, volquetas, mientras iban llegando, lo único que nosotros preguntábamos era de dónde venían para poner un aviso y poder acomodar cada cuerpo por barrio, de acuerdo como decía el plan, en últimas recibimos 640 cadáveres.
La primera noche y los días siguientes…
La noche inicial estábamos aproximadamente con 200 cadáveres, puestos alrededor del coliseo y otros, en el piso, los únicos que estábamos adentro éramos Medicina Legal y el director del CTI, Policía Judicial, Registraduría. A Dios gracias tuvimos energía y agua todo el tiempo, vivimos la solidaridad. El primer día, una empresa de telefonía nos llevó un celular internacional y nos permitió usarlo para donde necesitáramos y así fue poco a poco como recibimos personas: luego, tuvimos la réplica de las 5 p.m. que fue impresionante, en un coliseo se siente muy diferente por el sonido, pero con la firmeza de saber que estábamos preparados para las siguientes réplicas. Después de esta, la más fuerte, empezaron a llegar los cuerpos, pasamos 7 días al servicio de la comunidad, mañana, tarde y noche, rotándonos; el primer día llegaron los apoyos de Medicina Legal de Pereira, al otro día llegó avión de Bogotá con personal de la misma entidad y todos se pusieron bajo nuestra coordinación.
La logística
La gente se portó muy bien, no tuvimos escándalos y si uno ve al sol de hoy, no existe queja que exprese que hubo mal manejo de los muertos. Cuando terminamos el proceso de todo lo que fue cerrar la morgue o el coliseo, quedamos con 7 cuerpos sin identificar, y en el mes siguiente, febrero, se identificaron todos, tuvimos buena colaboración de la ciudadanía y de todas las instituciones. Las personas entraban de a 10, se identificaban por el barrio y los que lograran identificar cadáveres, se iban para mi puesto, donde les dábamos la relación, luego el CTI hacía el levantamiento, nosotros hacíamos el certificado que pasaba inmediatamente a Registraduría. Recuerdo bien que en ese momento llegó el notario quinto y nos apoyó. Los cuerpos en forma logística salían y en esas llegó el Ejército con camiones, donde se ponían los cuerpos y las personas tenían que despedirse de sus seres queridos, aquí no había nada, ni traslado a las casas, ni velación, nada.
Certificados de defunción
El segundo día no teníamos certificados de defunción, Medicina Legal en el hospital tenía un paquete de 20 o 30, lo que daba para violencia o muerte no natural en la ciudad, el resto, o sea 1.000 certificados de defunción, estaban en el piso 7 de la gobernación, donde no se podía acceder. Nosotros no podíamos dejar salir cadáveres sin certificado, sin levantamiento, sin Registraduría y Notaría, porque quedarían por fuera, se pidió urgente y luego llegaron los necesarios de Manizales y Pereira.
Sin ataúdes
No había ataúdes, las funerarias elevaron sus precios aprovechando la situación, un día no hubo ataúdes en toda Armenia. Me acuerdo de una imagen absolutamente conmovedora, un ataúd blanco, de niño, de un metro, y unas personas llegaron a poner en este una persona adulta… le quedaron las piernas por fuera y así lo sacaron, fue muy difícil ver este cuadro. Al tercer día de emergencia, llegó un camión con 500 ataúdes que fueron regalados a quien los necesitara.
El clima frío de aquella semana favoreció para que los cuerpos no se descompusieran. Luego empresas muy importantes de Colombia que tienen carros refrigerantes, se instalaron afuera del coliseo con su planta, nosotros inmediatamente, por la situación, tapamos sus nombres. Empezamos a ingresar los cuerpos a los carros uno para hombres, otro para mujeres y otro para niños, para que al sitio entraran con fotografía, huellas digitales, descripción de ropa y número exacto de ubicación, las fotografías eran reveladas de inmediato y las poníamos en un libro que era utilizado cuando la gente venía a preguntar por su ser querido. Llegaba la gente a identificar y ya no había cuerpos en el piso. El último día habíamos recogido todos los cuerpos del coliseo, pero nos quedamos allí porque los carros estaban afuera y allí yacían los cadáveres.
Una de las noches, nos quedamos 3 0 4 personas trabajando, yo empecé a pedirles a las familias que se salieran, porque había gente que quería estar al lado de la persona fallecida que no podíamos dejar salir sin certificado; la gente fue atenta y receptiva a la solicitud, solo en una parte del piso del coliseo, había una señora sentada con una velita prendida al lado de una niña de unos pocos añitos. La historia es que ella cuando empezó el temblor, la cargó en su pecho, una pared se le vino encima, quedó aprisionada y la niña finalmente, falleció. Ella estaba entonces en el piso y acaté a decirle que se fuera tranquila, que yo le cuidaba su niña, que volviera mañana; ella me dijo con un dolor profundo que podía sentirse, doctor, si quiere yo me hago la muerta, solo déjeme esta noche, yo le dije tranquila, me presenté como el doctor Botero y le pedí que si alguien le decía algo, me llamara a mí; a todos les pedí dejarla tranquila, llevarle tinto y comida y esa noche se quedó al lado de su hijita. Al otro día se llevaron a la niña.



