Ángel Gómez Giraldo
Esta ciudad que pinta su cotidianidad con los colores del chontaduro, el mango, la piña y la papaya madura y se aguanta la marcha ligera de las busconas y los rebuscadores de rotos en el pantalón, se arremanga diariamente para darnos sorpresas que producen tos seca.
Primero fueron los músicos campesinos que al perder valor el café abandonaron sus parcelas y salieron con sus tiples y guitarras a cantar sus endechas en las calles y plazas de la Perla del Otún, llamando la atención y despertando la curiosidad apretada de la ciudad.
Tras ellos vinieron otros hombres y mujeres, muchos jóvenes, con sus portátiles equipos de sonido y pistas del cancionero popular, carga liviana para ellos gracias a la nueva tecnología de la industria electrónica.
Turulato
Pero la sorpresa que puso turulato al público la dio la ciudad, hace apenas algunos días, y créanme que no me desguazó a mí solamente sino a todos los que van y vienen por estas calles de locos semidesnudos y de ridículos manes en bicicleta llamando la atención con la música al hombro y a todo volumen.
Ruedan veloces atropellando al peatón como si fueran para los mismos infiernos.
¡Ay Dios, así no se hace camino al andar sino un viacrucis! Lo digo para que lo oigan los candidatos a las corporaciones legislativas cuyos representantes elegiremos hoy 27 de octubre.
No lo podía creer, nuestros indígenas a quienes el enfrentamiento entre grupos subversivos y la violencia los puso en la condición de desplazados y les entregó las llaves de la ciudad para que ingresaran tímidamente.
Se habían levantado de los andenes con sus niños, algunos apenas unos bebés, donde se lo pasaban tejiendo collares y pulseras de chakiras, para bailar unidos por la música de un pequeño equipo de sonido.
Aprendieron el recurso de los mestizos y pasaron de la quietud al rebusque, lo que refleja la situación socioeconómica que vive el país.
Y no bailaban las mariposas ni la danza del gallinazo ni la erótica danza de los perros.
Bailaban ritmos modernos de la cultura que los tiene arrimados.
Es el baile de las caras pintadas de tristeza, como lo refiere en uno de sus versos Nelly de Ossa, la poeta de la que ha dicho el vate de las palabras intensas, Leonardo Fabio Marín, que “fue la primera mujer que conoció en Pereira escribiendo en prosa y poesía”.
E insiste Nelly: “Ha mucho tiempo oí decir al indio/ en cuya frente se definió el cóndor/ entre un grito bélico y blanco/ que vive oculto siempre en pie”.
Y los vimos aquí en el corazón mismo de la trasnochadora y morena en ese baile de pies descalzos y de ojos de miradas lánguidas, y sentimos un dolor de piernas que nos amarraba a ellos y nos impedía continuar la marcha.
Era tan solo un instante para comprender la situación de nuestros antepasados remotos después de un despojo de más de 500 años.
Emberas
Son indígenas embera chamí que han huido de las grupos subversivos, de los violentos y del abandono estatal.
El historiador Víctor Zuluaga Gómez anota en su libro “Vida, pasión y muerte de los indígenas de Caldas y Risaralda”, que la comunidad embera chamí ocupaba hasta principios del siglo pasado la parte alta de la cuenca del río San Juan en área que hoy corresponde a los municipios de Bagadó en el Chocó, Mistrató y Pueblo Rico, estos últimos pertenecientes a Risaralda.
Se rumoró que los indígenas descendientes de los Mayas de la República Centroamericana de Guatemala que hace algunos días visitaron nuestra ciudad y dejaron mensajes para aminorar la crisis ambiental que vive el planeta tierra y despertar el interés por la ancestralidad amerindia entre los universitarios, lloraron al ver a los embera bailando su desgracia. Baile triste en las calles de la capital de Risaralda en imitación modesta de los cantantes aficionados que desde hace varios años se tomaron los parques, plazas y calles del centro de Pereira.
Si, recurrieron también al baile en calle de ciudad “porque las comunidades indígenas de América han sido pueblo danzarín, en la angustia de su aislamiento o en la alegría de fiestas multitudinarias. México y Bolivia pueden ser pueblos distantes que nos muestran la manera como se han expresado y se siguen expresando los nativos del continente. El recorrido por los dos países nos transporta por decenas de naciones indígenas y por millares de familias que de una u otra forma hacen de la danza su mayor expresión cultural”.
Esto nos lo cuenta para que como ellos bailemos recordando a nuestros ancestros, el escritor e historiador Jorge Eliécer Zapata Bonilla, autor del libro “Hitos en la Identidad Caldense”.
Ambivalencia
¿A quién no le despierta sentimientos ambivalentes de rabia y llanto el ver a nuestros embera danzar en ritmo ajeno?
Danza maleva en un baile que no aciertan porque no es el de su cultura y lo practicaban aún con sus bebés “enmochilados” a la espalda.
Pasos descoordinados sin coreografía sobre los andenes de calles urbanas de una ciudad capital que se vanagloria de contar con Dios y con un Bolívar Desnudo para que todos vean que no necesita más ropaje que la gloria con que se cubrió al darnos la libertad y crear 5 repúblicas.
Estoy seguro que si Quintín Lame regresará de donde está hoy en día y viera a los indígenas tratando de acertar con el baile de los llamados pueblos civilizados, no lloraría sino que gritaría: “Justicia. Justicia con ellos. Que se le devuelva lo que le quitó el conquistador insolente”.
Recordemos que Quintín Lame asumió la defensa de los derechos de los indígenas colombianos con la creación de un movimiento indígena que fue conocido con el nombre de los terrajeros entre los años 1916 y 1917. Estoy seguro que la escritora y poeta Nelly Arias de Ossa al leer estas líneas traerá a su memoria nuevamente esos seres humanos que ella llama en sus poemas de canto inédito “Los caras pintadas de tristeza”.



