La eternidad del ahora

Instantes reflexivos en la lectura. La existencia debería ser, ante todo, una sensación de ser, tener y estar.

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Tal vez nos parezca muy evidente, pero nos cuesta trabajo colegir que las cosas simples son las más difíciles de aceptar. En la vida actual, la simplicidad y la sencillez requieren de la mayor de las artes y la aceptación de esta premisa es la esencia resolutiva de muchos problemas que hoy nos aquejan. La sencillez y la simplicidad van más allá de ser perspectivas éticas o filosóficas y se convierten en estados concluyentes a los que llegamos después de pasar las ácidas pruebas que nos pone la vida en su diario transcurrir.
Richard Feynman, un físico cuántico estadounidense, cierta vez afirmó que los poetas dicen que los científicos no valoran la belleza de las estrellas a las que consideran “simples globos de átomos de gas”. Nadie puede negar haberlas visto y sentido en una noche despejada. “No sé si veo menos o más que ellos, pero mi imaginación se ensancha con la vastedad del firmamento… Clavando los ojos en ese carrusel estelar, se perciben luces que nacieron hace un millón de años… No afecta al misterio de las cosas bellas saber un poco de ellas”, concluye.
Yo soy yo y tú eres tú, así de simple. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas. Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres tú… Yo soy yo. Si en algún momento o en algún punto, nos encontramos, será algo hermoso y valioso. Si no, no podremos remediarlo. Falto al amor hacia mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono. Falto al amor hacia ti cuando intento que seas como yo quiero, en vez de aceptarte como realmente eres… Tú eres tú y yo soy yo, así de simple.
Históricamente se ha rodeado a la muerte de un ritual misterioso, oscuro y tétrico, mientras que no sucede igual con otras culturas en cuyas tradiciones o credos la muerte es sólo un tránsito, un cambio de estado. La diferencia es socio–cultural, no espacio–temporal. La muerte es un acontecimiento en la vida de una persona, un patético drama para los que nos quedamos: Lloramos desconsolados la ausencia de alguien, no porque partió, sino por qué nos dejó. Al final, terminamos conformándonos con vivir de los recuerdos de aquel que se fue.
Permitirnos vivir implica, de la misma manera, no convertir todas las situaciones de nuestra vida en un problema inextricable. Dicen los taoístas que el verdadero secreto de “vivir bien” radica en estar entregados a lo que hacemos aquí y ahora. Si podemos transformar un momento especial en un “estado sin pensamiento”, estamos aprendiendo “el secreto”. Ya no existirán impedimentos para que podamos cambiar: el próximo momento también va a llegar solo, con el mismo potencial, con la misma capacidad, con la misma fuerza… Intentémoslo.
La Ecología Emocional es el arte de gestionar y transformar nuestras emociones con el fin de mejorar nuestro equilibrio interior y lograr tener una mente y una existencia integral sanas. Aquélla se vuelve hacia nuestro propio centro; transforma nuestra personalidad fragmentada en algo sólido e íntegro. Las elecciones que hacemos en nuestra vida construyen nuestra realidad. Debemos darnos permiso para vivir y ser felices; darnos la autorización para descubrir la naturaleza auténtica de lo que somos, ese impulso vital que nos permite existir.
La existencia debería ser, ante todo, una sensación de ser, tener y estar; una dimensión espectral como la luz con sus tonos extremos, unas veces brillantes y otros, oscuros… Esos extremos son necesarios para que exista el color y lograr percibir la luz. Al volvernos parte de ese espectro, nos conectamos con nuestra naturaleza interior y sus matices claros y opacos. Intentamos aislar los tonos, separarlos y terminamos comprendiendo y aceptando que formamos parte de ese todo y al cual volveremos algún día… Somos parte de esa luz… Somos luz.
El viejo indio de la etnia mejicana de los yaquis le decía cierta vez al antropólogo peruano Carlos Castaneda que, cuando uno no tiene nada que perder, se vuelve valiente. Somos temerosos mientras nos queda algo a que aferrarnos, empecinados en no querer perderlo. Debemos salir del mundo con todo lo que somos, “pero con nada más”, advertía. “Zig” Ziglar, un comunicador estadounidense, resumía la mejor manera de vivir hoy por hoy: Esperemos lo mejor, preparémonos para lo peor y saquemos provecho de lo que sobrevendrá.
El enigmático Morfeo intenta explicarle al inquieto Neo, ambos protagonistas de la saga distópica “Matrix” (un mundo creado artificialmente): “Debes comprender que la mayoría de los seres humanos aún forman parte del sistema. Trata de entender que un gran número de ellos no están preparados para ser desconectados. Muchos son tan débiles y desesperadamente dependientes de él, que lucharían por tratar de protegerlo (…). Tarde o temprano, tú y yo nos daremos cuenta de que hay una gran diferencia entre conocer el camino y andarlo”
“Haiku es simplemente lo que está sucediendo aquí y ahora” … Esta es la definición más precisa de este género poético, elaborado por Matsuo Basho, un escritor japonés del siglo XVII. El haiku es la versión artística del Budismo Zen cuya premisa básica plantea que, “evocando lo simple, se llega a ver lo universal”. El haiku revela el profundo contacto con la naturaleza y los pequeños detalles que hay en derredor. “Hay que aprender del pino y el bambú… Aprender quiere decir unirse a las cosas y sentir su íntima naturaleza”, afirma Basho.
Julio Cortázar utilizó un haiku de Basho para intitular su libro: “Este camino / ya nadie lo recorre / salvo el crepúsculo”. “Hoy no me alegran / los almendros del huerto. / Son tu recuerdo”, es un bello haiku de Jorge Luis Borges. “Después de todo / la muerte es sólo un síntoma / de que hubo vida”, es un haiku de Mario Benedetti. En 1947, a Welthy Honnsinger Fisher de 68 años, Mahatma Gandhi, poco antes de morir, le encomendó la tarea de enseñar a leer y a escribir a la población analfabeta de la india, numerosa por cierto. La señora Fisher lo objetó.
Resultaría humillante, según ella, para los orgullosos aldeanos, presentarles las simplicidades que contendrían aquellas cartillas alfabetizadoras. Gandhi le explicó pacientemente: “Si es una aldea que vive del cultivo del algodón, se les enseñará primero a escribir la palabra algodón y, más adelante: “Este es un buen algodón”. Luego aprenderán: “la tierra buena da buen algodón… la tierra mala da mal algodón”. Este programa de alfabetización de adultos fue uno de los más fecundos en la India y ha sido utilizado provechosamente en otros 17 países.
Ojalá alguna vez entendiéramos las sabias palabras del filósofo y humanista español Alejandro Ortega Gaisán. En su obra “Valores Humanos”, nos dice que la vida es un constante fluir. Con una sencillez maravillosa y normal se produce cada día el prodigio de cada amanecer. La perfección aumenta a medida que se afina la simplicidad, la sencillez. Nos exhorta a elegir siempre el camino más expedito, menos complicado; utilizar la expresión más sencilla… “Hay que huir de toda complicación innecesaria”, concluye.
José Saramago cuenta que un aprendiz intentó “exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón”. Éste se puso a escribir la más simple de todas las historias: una persona que busca a otra sólo porque comprende que fuera de buscar nuestra humanidad en el otro, la vida no tiene nada más importante que proponerse. Llegará el día cuando nuestra vida se llene de significado y se producirá una revolución espiritual silenciosa y muy singular se producirá: La soberbia dará lugar a la simplicidad; la injuria dará lugar al respeto…
La discriminación y la exclusión darán lugar a la solidaridad y la inclusión; la insensatez dará lugar a la sabiduría… Lo que no hemos podido entender es por qué ese tiempo tardará tanto en llegar… Será entonces cuando hablaremos del “Qué hacer”. Debemos terminar lo que empezamos; dejar de hacernos las víctimas; programar un día de ayuno de noticias amarillentas y dañinas sobre nosotros: darnos una oportunidad en esta tierra, aquí y ahora y, sobre todo, con los nuestros. Un cartel a la entrada de un pueblo en el Brasil advertía: “No traiga aquí los problemas que le hicieron marcharse de allí”.
Un curandero cherokee realizaba sus ceremonias de sanación en una cabaña con piso cubierto de tierra arenosa. Para él, una persona podría enloquecer por el simple hecho de no pisar suelo firme y no colocar sus pies descalzos sobre la tierra desnuda por lo menos una vez al día… Así de fácil. Durante la pandemia dos pautas publicitarias empresariales (una ofertaba seguros, otra, vendía autos) aún nos siguen interpelando: “Lo importante es alejarnos para volver a acercarnos” … “Mantengan la distancia, permanezcan unidos”.
gonzalohugova@hotmail.com

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