Los problemas no se resuelven siempre con violencia, sino con diálogo y concertación. Así que lo que no se resuelve en una mesa de conversación no llega a buenos términos.
Jairo Arango Gaviria
Este episodio tuvo lugar en 1990, específicamente en febrero. Recuerdo que un día de ese mes madrugué al edificio Banco de Caldas a tomar café y a conversar con su gerente, Álvaro Eduardo Salazar.
Esta edificación quedaba a una cuadra de la Alcaldía de Pereira, en la carrera 8 con calle 20, en el antiguo edificio del Banco Ganadero, que incluso hoy todavía existe.
El reloj marcaba las 8:30 de la mañana cuando una secretaria del banco entró intempestivamente diciendo: “Están anunciando por la radio que se tomaron la Alcaldía de Pereira que, incluso, hay una bandera en el balcón del edificio”.
Inmediatamente, y muy preocupados, nos asomamos por la ventana, y vimos mucha gente reunida en torno al edificio de la alcaldía. Pedí comunicarme con el subcomandante de la policía, que en ese entonces era el mayor Gustavo Agudelo y le ordené que me diera cuentas de la situación. Él me contó que todo se veía difícil. Que había varios guerrilleros adentro, pero que la institución policial tenía la situación bajo control.
― ¿Y usted ya sabe lo que ellos piden o por qué están en esa toma? ―le pregunté.
― Ellos dicen que quieren hablar con usted ―contestó el mayor Agudelo. Después de saber sobre esta peligrosa situación, agregué:
― A mí me eligieron para resolver problemas de la ciudad, así que siempre hay que tomar el toro por los cuernos. Desde ahora en adelante, como alcalde elegido de Pereira y en calidad de jefe de la policía, tomo el control de la seguridad de la ciudad y asumo toda la responsabilidad.
El mayor Agudelo se comunicó con los guerrilleros y les aseguró que el alcalde había aceptado dialogar con ellos y que ya se dirigía por el ascensor privado hacia el despacho. Le pedí a mi secretaría que me notificara cuántos funcionarios había en riesgo y ella contestó que solo tenían de rehén a la representante a la cámara por el partido conservador Neyda Cárdenas, que por el momento nadie más estaba en peligro. De igual forma le pregunté por el Secretario de Gobierno, Bernardo Gil Jaramillo, y contestó que no se encontraba, pero inmediatamente lo localizó para que me acompañara en el diálogo con la guerrilla.
Recuerdo que al entrar donde estaban los guerrilleros, a Neyda Cárdenas, del miedo se le cayó un zapato. Yo les dije con voz firme que le entregaran el zapato a la doctora y todos nos reímos, y entramos en confianza. Se rompió el hielo. Fue algo que hice para calmar la tensión. Luego ingresó el Secretario de Gobierno y empezamos la conversación.
Los guerrilleros traían un pliego de peticiones con temas sociales, pero estaban centrados en un solo propósito: querían que se construyera un colegio a la entrada de Villa Santana, donde el municipio de Pereira tenía un lote.
― ¿Para construir un colegio tuvieron qué hacer todo esto? ―les dije. Ellos respondieron:
― Necesitamos que su compromiso sea serio en la construcción de este colegio. Requerimos de su integridad y su palabra por escrito.
Minuciosamente los había observado. Eran trece personas en total, entre hombres y mujeres. Mi intención era ver quién era la persona que los lideraba. Al escucharlos hablar, observé que ellos siempre miraban a una persona en busca de la aprobación de que la petición ante la Alcaldía fuera la correcta. Todos iban con pasamontañas. Identifiqué rápidamente quién era el jefe, y también vi que tenían un par de granadas en una bolsa de papel.
A las 11 y media de la mañana le pedí a Bernardo Gil que llamara a mi secretaria para que pidiera almuerzo en el Club Rialto. Ella llamó y enviaron a un mesero que nos tomó el pedido a todos. Uno a uno los guerrilleros leían la carta e iban anotando el plato elegido, mientras seguíamos conversando. En ese momento, les dije que aceptaba el acuerdo de construir un colegio en Villa Santana, pero, agregué, que la exigencia no estaba completa, pues consideraba necesaria la presencia de la televisión.
Enfaticé: voy a llamar a los medios para que hagan su declaración y que el país sepa en vivo y en directo cómo está la situación aquí. La idea es que todos tengamos claridad y tranquilidad.
Al llegar los medios, los guerrilleros dijeron que esperaban que esto no fuera una jugarreta. Por mi parte, les aseguré que conocía muy bien a los periodistas y que ellos eran muy profesionales en su labor de informar.
Las muchachas del grupo de secuestradores empezaron a arreglarse. Una de ellas sacó labial, pestañina y rubor. Se los aplicó y volvió a guardarlos. Dos de ellos se quitaron los pasamontañas y comenzaron a exponer su petición central sobre la construcción del colegio en Villa Santana. Y así pasó un tiempo hasta que llegó el almuerzo. Usamos el escritorio de mi despacho como mesa, y cuando almorzaron, todos estuvimos más relajados.
― Ya está ―dije―. Esto terminó acá. Voy a construir el colegio. El jefe del grupo intervino.
― No, señor, esto aún no concluye. No estamos seguros de que usted vaya a cumplir nuestra petición. Esto tiene que quedar por escrito. Así que vamos a redactar un acta formal donde usted se compromete a construir el colegio y nos debe explicar de dónde sacará el dinero para hacerlo.
Sin vacilar, le pedí al secretario de Gobierno que llamara a una secretaria experta en elaboración de actas.
― ¿Y quiénes la firman?, pregunté.
― Nosotros no necesitamos firmar nada. La firma debe ser suya, casi como un cheque al portador. No tenemos ningún problema con eso, porque es la comunidad la que va a cobrar, no usted.
Conversé con la Secretaria de Infraestructura y le consulté cuánto podía costar un colegio. Me respondió: entre 350 y 380 millones de pesos.
― ¿De dónde va a sacar la plata? ―inquirió el jefe guerrillero.
― Ese dinero ya está listo ―les dije―. A cada uno de los 19 concejales, el municipio le da 20 millones de pesos para que hagan obras en la comunidad. Como no se han girado los pagos, vamos a acumular esos recursos, que justo suman los 380 millones de pesos que son los que se necesitan para la construcción del colegio en Villa Santana.
Cuando me preguntó el jefe guerrillero sobre lo que podrían pensar al respecto los concejales, le aseguré que la construcción del colegio no tendría ningún tropiezo y los concejales se sumarían a este proyecto educativo. Es más, le dije, la obra ya empieza y “vamos a poner una primera piedra mañana en el lote. Irán con nosotros el Padre de la comuna Villa Santana y las autoridades civiles y militares, y todos están igualmente invitados”.
Para finalizar la reunión, los guerrilleros dijeron que les preocupaba su seguridad y querían que se les garantizara una salida pacífica de la alcaldía.
― Según la ley y la Constitución de la República de Colombia, soy el jefe de la policía y les aseguro que a ustedes no les va a pasar nada. Nadie se va a meter con ninguno. Se lo garantizo.
― ¿Y cómo vamos a salir de aquí? ―preguntaron.
― ¿Cómo tenían previsto hacerlo? ―contra pregunté.
― No elaboramos ningún plan. Solo sabíamos que teníamos que cumplir un objetivo y ya.
― Van a salir en un bus de la policía ―les dije―. Llamaré al coronel para que los evacúe de este lugar. Ustedes suben al vehículo. Solo va el conductor y dos policías y cada uno se va quedando en el camino o donde elijan. Esa es la única idea que se me ocurre para que no haya ningún tipo de violencia, porque si eso ocurriera, se acabaría todo lo pactado.
Se despejó toda el área y le notifiqué al líder del grupo de guerrilleros que nadie sabía la ruta. Que solo le dijera al conductor a dónde ir. Al despedirnos, le manifesté al jefe del grupo guerrillero una inquietud: “¿Ustedes son de la región?”. Él respondió que no, que venían de Caramanta, Antioquia.
Luego volví a preguntar: “¿Y por qué no fueron a la Gobernación? (el gobernador era Diego Patiño Amariles)”. Ellos argumentaron que lo único que deseaban era hacer un colegio y que esto ya estaba resuelto conmigo, pero que antes me habían analizado sobre cómo procedería, porque a lo mejor, en la gobernación de Risaralda, ni siquiera les hubieran prestado atención y el desenlace hubiera sido muy incierto.
Todo se apaciguó. Luego en un consejo de seguridad, entre el Gobierno y el coronel de la policía, me dijeron que nunca habían visto que alguien tratara el tema como lo había adelantado. Dijeron: “lo que ellos pidieron usted lo resolvió, y a nosotros nos parece bien, porque hacer un colegio no es malo, solo que hacerlo de esa forma fue una novedad. Eso sí, si hubiesen pedido que liberaran guerrilleros de la Picota o de La Cuarenta a cambio de usted, otro pudo haber sido el desenlace.
― Todos estamos expuestos a un gran riesgo ―dije―. Y el que no comprende la situación es porque no sirve para esto. Los problemas no se resuelven siempre con violencia, sino con diálogo y concertación. Así que lo que no se resuelve en una mesa de conversación no llega a buenos términos.
Al día siguiente se cumplió con la puesta de la primera piedra del colegio. Asistieron muchas personas. Recuerdo que encontré entre la muchedumbre al jefe guerrillero. En esa oportunidad me evadió y ni me saludó.
Dos días después llegó a mi despacho una comisión de la oposición del concejo para reclamarme sobre los auxilios de 20 millones de pesos para que cada concejal hiciera obras en sus respectivas comunidades. Dijeron:
― ¿Queremos saber por qué nos ha incumplido?
― ¿En qué les incumplí? ―repuse.
― Usted nos dio una plata, y luego nos la quitó.
Tratando de calmar los ánimos dije:
― Pues vamos a hacer una cosa. Por un lado, voy a salir a decir que ustedes están oponiéndose a la construcción del colegio en Villa Santana. Simplemente digo en una rueda de prensa que la plata del pago de los concejales se usó con un propósito muy noble. Lo otro es que les confirmo que sí dije que les daría el dinero, pero no especifiqué cómo se iba a distribuir. Ahora sí les digo: esa plata se va a invertir en una comunidad vulnerable. Así que le agradezco públicamente, delante de los medios, al concejo, que me ayudó con el dinero. Y si ustedes llegan a tener algún inconveniente, les comunico a los guerrilleros que se tomaron la alcaldía que ustedes tienen algunas inquietudes al respecto.
Por supuesto, el tema con los concejales quedó de esa manera. El colegio de Villa Santana se construyó en un lapso de 4 meses, y hoy, después de más de 30 años, la institución sigue funcionando.



