¡ADLITREB! Una crónica fantasmal…trónica

José Fernando Ruiz Piedrahita
 *A Lovecraft con admiración
Empecé tímidamente a trabajar en una pequeña empresa familiar de alquiler de videos y realización de piezas audiovisuales como cumpleaños, matrimonios, fiestas de aniversario, misas y a veces, funerales. En esa época la empresa fue exitosa debido a que casi nadie tenía cámaras de video. Por ese tiempo, el formato que se utilizaba era el Betamax.
Una tarde me tocó grabar un funeral, porque una de las hermanas de la difunta vivía en el extranjero y no podía viajar hasta la ciudad para despedir a su familiar y quería el registro. Me entregaron en la oficina la cámara de video con su trípode y un casete nuevo. Debía grabar todo y entregar el casete a la hermana de la difunta, una señora de nombre Romelia. Empaqué el equipo y en un taxi me fui a la sala de velación que estaba en el centro. Había mucha gente en la funeraria. Ese día estaban velando a tres difuntos en diferentes salas por lo que había aglomeración de deudos, unos llorosos, otros tranquilos y algunos mustios sumidos en sus pensamientos.
La sala de la difunta a la que se refiere esta historia, era el número 2 y allí estaba expuesto el féretro que contenía los restos mortales de la mujer. En la placa de entrada habían puesto su nombre: Bertilda Ormaza.
Doña Bertilda no tenía mucha visita. Solo conté seis señoras que entonaban en ese momento un rosario que ya iba por el cuarto misterio doloroso. Una mujer de edad llevaba la cuenta de las avemarías en un rosario de cristal rosado del que pendía un crucifijo plateado. Pensaba saludar y dar el pésame a las pocas personas, pero ellas ni siquiera levantaron la mirada y me dio vergüenza interrumpir el rosario, así que me senté en un rincón de la amplia sala a esperar que terminaran. La dama finalizó rogando por el alma de Bertilda y entonces me puse en pie para acercarme.
—Señora, buenas tardes. Lamento mucho su pérdida. Vengo de parte de don Ricardo Martínez de la casa de videos a grabar el funeral. ¿Es usted doña Romelia?
—Ahhh, si ya me habían dicho por teléfono. Es que mi otra hermana no puede viajar por cuestiones del trabajo. Bien pueda joven filme lo que quiera —dijo doña Romelia.
—Con permiso. Voy a iniciar con algunos exteriores de la casa de funerales.
Al exterior
Fui a exterior del edificio y grabé algunos planos generales de la funeraria. Grabé el aviso y a algunas personas reunidas en la entrada del lugar. No faltó quien me preguntara qué estaba haciendo. La gente no conocía muy bien las cámaras de video y eso despertaba curiosidad.
Entré nuevamente a la sala 2 y allí seguían las damas con un nuevo rosario que ya iba por el segundo misterio. Seguí grabando los ramos, el féretro, el crucifijo, la placa con el nombre, y el libro de firmas donde las seis damas habían puesto sus nombres. Yo firmé también. Y haciendo acopio de valor me acerqué al vidrio donde se podía ver el rostro de la difunta. Parecía dormir. La habían maquillado y puesto un leve toque de rojo en los labios. Esperaba que tuviera puesto el hábito de la virgen del Carmen, pero lucía un sencillo vestido negro, cosa que secretamente agradecí, pues tenía un ingrato recuerdo de cuando era niño sobre el hábito mortuorio. En mi infancia vi el entierro de un vecino a quien habían sepultado con esa mortaja y durante varias semanas las pesadillas me atormentaban, pues en ellas aparecía el muerto flotando en el aire con esas ropas carmelitas ondeando en un éter imposible de describir.
Esperé un buen rato a que más deudos aparecieran, pero las seis señoras se mantuvieron inmutables, hasta que llegaron los del coche fúnebre a llevarse el cofre para la misa exequial en el hermoso Santuario de Fátima en la Avenida 30 de agosto.
Me fui en el carro mortuorio seguido por dos vehículos particulares que llevaban las dos coronas de flores que habían adornado la sala de velación. Fue una misa sencilla que transcurrió sin mayores emociones, pero me cuidé de grabar las partes más importantes; debía ahorrar cinta pues aún faltaba el rito de la sepultura. Además de las señoras y yo, no había nadie más acompañando a la difunta. Una vez terminó el rito sacramental de la misa, salimos hacía el cementerio San Camilo. Los dos señores del servicio funerario bajaron el cofre y los seguimos por el laberinto de bóvedas y panteones de la ciudad blanca. Fuimos hasta el último recodo de la galería más lejana y con la ayuda de dos sepultureros bajamos hasta el lugar donde depositan a los muertos en la tierra, hasta allá fue con nosotros un seminarista que tenía por trabajo rezar las jaculatorias necesarias, para que el entierro en el cementerio no fuera un acto simple. Ya estaba la fosa abierta y pusieron el féretro sobre las correas de manivela para bajar el cofre hasta el fondo. Las seis damas se hicieron en uno de los lados del agujero y observaron cómo los empleados del cementerio bajaban lentamente, con respeto, el ataúd de madera. El joven seminarista vestido con sotana negra y roquete blanco, rezaba en voz alta el rito de despedida.
—Ánimas del purgatorio, quien las pudiera aliviar… —Entonaba lentamente
—Que mi Dios las saque de penas y las lleve a descansar…—Contestamos todos los presentes, incluidos los sepultureros que no interrumpieron su trabajo.
—…Y Jesús sin hacer caso de los lamentos de Marta y de María, mandó en voz alta que Lázaro saliera de la tumba. Y he aquí que el muerto se levantó envuelto en el sudario…
Al otro lado
Yo estaba al otro lado grabado con la cámara las maniobras de los señores y la lectura del evangelio según San Juan. Había puesto la cámara sobre el trípode para tener mejor encuadre. Hice un paneo de izquierda a derecha de las seis damas quienes llorosas despedían a la muerta que ya bajaba a su última morada y del joven seminarista que asistía a los deudos en tan dura labor. Luego hice un corte y busqué el siguiente encuadre: un plano cerrado del féretro que ya se perdía en la profundidad del agujero. El siguiente plano era el de los sepultureros echando tierra sobre el cofre de Bertilda. Me quedaba poca cinta en el casete de Betamax. Reservé los últimos minutos para grabar el trabajo finalizado y así terminar el video. Casi cuarenta minutos después los sepultureros habían echado las últimas paladas de tierra y afirmado la superficie. Una losa de mármol blanquecina llevaba en letras de bajo relieve el nombre completo de la dama, la fecha de nacimiento y la de su muerte. En los dos últimos minutos de la cinta quedó el registro de la losa y con ello terminé mi trabajo. Esperé a que las señoras tantas veces grabadas en el video, decidieran retirarse de la tumba para entregar el casete con la grabación.
—Gracias mijito. Tome la plata y que Dios lo bendiga—Dijo la señora, y me entregó un rollito de billetes envueltos y sujetos con una bandita de caucho.
—Fue con gusto y nuevamente reciba mis condolencias. Dije, y así terminamos nuestra relación…o eso creí yo.
2.
Ese día terminé mis labores entregando el dinero que la señora Romelia había pagado al finalizar el trabajo, y una vez recibí el correspondiente pago por el trabajo, me fui a la casa. Estaba soltero y no tenía mayores responsabilidades como pagar el arriendo, los servicios y bla bla bla… Así que pasé ese fin de semana sin mayores aventuras que contar. Y llegó el lunes con esa pereza infinita de tener que levantarse temprano a trabajar, pero yo daba gracias a la vida por tener el trabajo que me permitía vivir más o menos bien, darme ciertos gustos como el de ir a cine que siempre fue motivo de alegría, o salir con la novia al río o a las piscinas públicas… nada del otro mundo.
Las primeras horas de la mañana de ese lunes transcurrieron sin pena ni gloria. Habíamos tomado café hecho en la máquina que teníamos en la parte de atrás de la pequeña sala de edición. Iba por la segunda taza cuando vi entrar por la puerta principal del pequeño negocio a la señora Romelia quien venía con cara de tristeza. La señora entró directamente a la oficina de don Ricardo Martínez, el gerente del negocio. Desde donde yo estaba no alcanzaba a oír el diálogo de ellos. Esperaba muy dentro de mí que la grabación del video del funeral de la hermana de la cliente estuviese bien. Oí que don Ricardo me llamaba. El corazón me saltó presintiendo que algo malo había pasado; pensé que como mínimo, la cinta se había roto o no había grabado.
—Buenos días doña Romelia… —Saludé poniendo la mejor cara posible.
—Buenos días mijito —Respondió la señora.
— ¿Le pasó algo a la grabación? —Pregunté casi sabiendo la respuesta.
—Eso es lo que queremos averiguar —Dijo don Ricardo.
—No entiendo… ¿se borró la cinta? O fue que no grabé nada…
—La filmación está completa… es que… lo que pasó fue que… —La señora no pudo completar la frase porque el llanto la ahogaba.
— ¿Qué…? No entiendo.
—Vamos a la sala de edición para ver el video. Dice doña Romelia que hay algo… algo que no entiende… y pues yo tampoco le he entendido muy bien a ella. —dijo don Ricardo.
La sala de edición era un nombre rimbombante para un pequeño cuarto donde escasamente cabíamos dos personas. Un escritorio donde iban dos pequeños televisores dos máquinas de reproducción y una de grabación. Todo se editaba de máquina a máquina. Nos acomodamos lo mejor posible en el lugar y puse el casete con la grabación de la señora. Aparecieron las primeras imágenes en el exterior de la funeraria, luego el interior e íbamos adelantando el casete porque doña Romelia decía que fuéramos hasta las imágenes donde aparecían las secuencias del entierro en la fosa. El televisor mostraba en el encuadre el campo sembrado de cruces con sus lápidas. Algunas solo eran un pequeño montículo coronado con una sencilla cruz, mientras que otras lucían ricos artesonados y arabescos en sus lápidas de mármol. También en esta última morada podía verse las diferencias sociales, como si después de la muerte los cadáveres se pudrieran distinto. Luego, en el siguiente corte, aparecían los dos sepultureros poniendo sobre las correas el féretro de la difunta y detrás de ellos siete mujeres vestidas de negro que miraban llorosas hacia la tumba cavada en la tierra, y el seminarista a un lado rezando las jaculatorias.
— ¿Nota algo extraño en esta imagen? —Preguntó doña Romelia.
—La verdad…no veo nada extraño. El video corre bien. No sé qué puede estar mal. —Dije esforzándome en encontrar algún error en los encuadres, planos o recorrido de la cinta.
—Por favor devuelva la filmación y mire de nuevo. —Pidió doña Romelia.
Devolví la cinta de video que se deformó mientras la acción ocurría rápidamente hacia atrás con el consabido sonido distorsionado, especialmente la voz del seminarista y las respuestas de las mujeres. El ataúd, en vez de bajar, subía con la acción de los sepultureros que daban manivela al artilugio que se usaba para bajar los cofres mortuorios al fondo de la fosa, solo que en la acción de retraso se veía que daban vueltas a la manivela de manera poco natural y cómica. Y detrás de ellos, las mujeres que lloraban para atrás. Conté seis. Y solté el botón del Betamax que permitía retrasar la acción. La imagen se compuso de inmediato para re iniciarse en el momento en que los dos sepultureros ubicaban la máquina de poleas.
3.
— ¿Ya se dio cuenta? —Dijo la señora retorciendo un pañuelo en sus manos.
—Lo lamento. No veo nada extraño. —Dije ya incómodo con la situación.
— ¿Y usted don Ricardo?
—No… yo no estuve, pero como dice “Jota” yo no veo nada malo en la filmación. —Dijo mi patrón en defensa de su camarógrafo.
—Ayyy… la película no tiene nada de malo. Es lo que aparece allí… ¿De verdad joven…usted no ve que hay una persona más entre nosotras?
—Pues…—Detuve la grabación con el botón de “Pause” para congelar la imagen — Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y… siete. Hay siete señoras.
—Eso… eso es. Hay siete… siete mujeres. —Exclamó muy exaltada la clienta.
—Si… ¿Y qué hay con eso? —Preguntó el patrón.
—Ayyy… ¡Dios Mío! Que estábamos solamente seis…
Siete. Volví a contar. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete.
—Un momento… esperen. Voy a regresar la película. Cuando se pone al revés se ven seis — Y procedí a regresar la cinta nuevamente.
El sonido del audio hacia atrás inundó la pequeña salita de edición. Si. Mientras regresaba la cinta en la pantalla del monitor se veían seis mujeres. Claro que la imagen cuando se pone al revés se ve con distorsión, pero las seis siluetas vestidas de negro se venían claramente. Puse “reproducir”” y mágicamente aparecía otra figura vestida de negro junto a la imagen que correspondía a doña Romelia.
—No entiendo. Es posible que la persona estuviera ahí y no nos diéramos cuenta.
—Ayyy muchacho. Ustedes los jóvenes ni viendo los milagros creen en ellos. La persona que aparece junto a mí, es mi hermana. —Dijo doña Romelia enjugando una lágrima solitaria que corría mejilla abajo.
—Es decir… ¿la difunta estaba viendo su propio entierro? — dijo don Ricardo que a todas estas estaba más sorprendido que yo.
—No… no es Bertilda… es mi otra hermana. La que vivía en Nueva York.
— ¿Cómo así? ¿La que mandó a grabar este video? — Dijo don Ricardo
palideciendo repentinamente.
—Así es… iba a mandar el video por correo y ya lo tenía envuelto en un
sobre de esos para viajes… cuando sonó el teléfono. Era el esposo de mi hermana con la noticia… de que también había muerto.
No supimos qué decir. Por supuesto lamentamos mucho las dos pérdidas de la señora, pero había que ser prácticos. Le pedí a la señora que, si no se ofendía, nos permitiera hacerle una copia al cassette. Dijo que sí, pero que lo hiciera en ese mismo instante, porque le daba miedo que se le dañara la cinta. Don Ricardo me pasó un casete de Betamax nuevo y procedí a pasar la cinta de video.
4.
Doña Romelia se marchó con su extraño caso. Una vez estuvimos solos don Ricardo y yo pusimos la película adelantándola hasta casi el final donde ocurría la escalofriante acción. Don Ricardo me ordenó que guardara esa cinta y que no dijera nada. Como empresa nada podíamos hacer al respecto. Así lo hice. Solo que esa noche me quedé en la oficina con la excusa de que debía “montar” los letreros de una boda que habíamos grabado en días anteriores al funeral. Me dijo que estaba bien y se marchó.
Me quedé solo en la oficina, pero con otra intención. Los letreros del otro video ya los tenía desde hacía días. Quería volver a ver la cinta, pues en uno de los reproductores había una función que no tenían los otros. La función “cámara lenta”. Puse la cinta en la máquina en el punto donde se ven las siete mujeres y empecé a verla avanzar lentamente con uno que otro salto. El audio también se oía arrastrado. Sí. La séptima mujer se materializaba súbitamente como un truco de sustitución por corte. El efecto “Hechizada” que se hizo tan popular en los años 70 con la serie de televisión donde las cosas aparecían y desaparecían mágicamente y que se hacía deteniendo el avance de la cámara de cine, quitando algún elemento o poniéndolo en la escena mientras los actores se quedaban quietos y accionando nuevamente la cámara que no diferencia una acción de otra, simplemente las cosas aparecen o desaparecen. Aquí ocurría lo mismo, solo que yo estaba consiente y con la certeza de que nunca detuve la acción de la cámara mientras grababa el movimiento de “paneo”. Pero sí empecé a notar algo que me enfrió el alma y que definitivamente decidió que cerrara el caso y dejara tranquilos a los muertos.
5.
Mientras devolvía por enésima vez la bendita cinta, empecé a notar que en el parlante del televisor se formaba un sonido. Un sonido humano envuelto en el sonido ambiente al revés… como si alguien dijera algo muy confuso, entre las voces del seminarista y las respuestas a los rezos que él entonaba. En medio del sonido bajo del ambiente oía algo como “adli treb”…Adlitreeeb…aaaadlitreeeeeb”…pero ocurría que cuando volvía la cinta al avance normal no se oía nada más que el sonido de las poleas bajando el cuerpo dentro de la caja de madera y los sollozos de las siete mujeres. Y la voz del seminarista y las respuestas respectivas. Más adelante del video en la misma escena de la sepultura, se oye claramente el sonido que hacen los sepultureros al dejar caer las paladas de tierra sobre el ataúd que en ese plano no se veía…sonaba algo así como:
“Tup….tup…tup…“ad li treb”…Adlitreeeeb…aaaaadlitreeeeeb… tup…tup…tup…” El sonido corto obviamente era la tierra cayendo sobre la cubierta del cofre…y en medio de estos golpes… una voz que se destemplaba repetía la cantinela, entonces recordé el juego de las palabras al revés, los palíndromos. Decir “oso” y “Ana” al derecho y al revés suena igual… Adlitreeeeb…no es más que Beeer til daaaa… el nombre de la muerta pronunciada por unos labios yertos que quedaron registrados y amplificados por sortilegios incomprensibles en nuestro mundo, pero que una máquina había logrado grabar de algún modo. Me levanté de inmediato con el corazón en la mano y con la espalda fría. Saqué la cinta de video de la boca del reproductor. Y apresuradamente salí de la salita de edición con el miedo de encontrarme en medio de la semi penumbra de esa hora de la noche, con la silueta envuelta en un manto negro de las difuntas de esa familia.
Un escalofrío aterrador atenazó mi alma y por fin salí a la calle. Me fui a casa a tratar de olvidar… pero no lo he olvidado…nunca lo olvidaré, a decir verdad, y confieso que aún oigo la palabra arrastrada por la voz cavernosa de la muerta: aaaaadlitreeeeeb…
*Comunicador social y periodista cultural.
*Howard Phillips Lovecraft, escritor estadounidense. Considerado el más grande escritor del género del terror.

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