Algarabía y calles vacías

Poco queda del aquel propósito del Día sin Carro en Pereira: cuidar el medio ambiente, reducción en el uso de emisión de gases y disminución en la congestión de vehículos. Los estudiantes del Taller de Redacción del Programa de Comunicación Audiovisual y Digital de la Fundación Universitaria del Área Andina, observaron y escribieron historias sobre lo que sucedió ese martes 23 de septiembre, que para muchos fue una pesadilla. Lean. 

Un día sin motores, pero con mucha angustia 

Sarahy Alejandra Sánchez Agudelo 

@ssanchez216.estudiantes.areandina.edu.co 

El martes 23 Pereira amaneció diferente. Apenas me levanté, noté algo extraño, no se escuchaban los pitos, ni el ruido de las motos acelerando, ni esos trancones eternos que siempre se arman en la mañana. La ciudad estaba rara, como en pausa. Ese día era el famoso “día sin carro y sin moto”, y yo, como muchos, tenía que ingeniármelas para llegar a la universidad.

Decidí irme en bus. Salí de la casa a las diez de la mañana con la idea de que iba a ser un problema, pero para sorpresa mía, el recorrido fue rápido y tranquilo. El bus avanzaba sin frenos innecesarios y sin quedar atrapado en medio de una fila de carros. Desde la ventana todo se veía más calmado, calles vacías, ciclistas pedaleando felices y hasta familias caminando como si fuera domingo. La verdad, en la mañana todo se sentía bacano, distinto, como si Pereira hubiera respirado un poco.

El problema vino después. Mis clases terminaron a las seis de la tarde y ahí sí empezó el verdadero reto. Apenas salí de la universidad, me encontré con una cantidad de gente en los paraderos, todos con la misma cara de cansancio y de ganas de llegar rápido a la casa. El ambiente ya no era tranquilo, sino más bien tenso. Los buses pasaban llenos y no paraban. La gente se empujaba para ver si lograba entrar, y los que quedaban afuera chistaban o hacían bromas para matar el rato.

Intenté parar un taxi, pero imposible. Cada vez que aparecía uno, alguien lo cogía de inmediato o el conductor gritaba “ocupado” y arrancaba sin dar tiempo a nada. Entre la fila de personas, las quejas iban y venían, “que esto no sirve”, “que deberían poner más buses”, “que nunca falta el desorden”. Y yo, mirando el reloj, solo pensaba en cómo salir de ahí lo más rápido posible.

Después de casi cuarenta minutos de espera, por fin logré subirme a un bus. Iba apretado, lleno de gente, pero al menos ya me estaba moviendo hacia la casa. Entre el cansancio y las risas de algunos pasajeros, entendí que la ciudad ese día fue dos cosas, en la mañana, calma y silencio; en la tarde, caos y desespero.

Al final, el día sin carro y sin moto me dejó claro algo. Pereira puede ser más tranquila sin tantos vehículos, pero todavía nos falta mucho para tener un transporte público que aguante la presión de todos.

Un día muerto

Dublad José Mejía Mora

dmejia85@estdiantes.areandina.edu.co

El martes amaneció distinto en Pereira. Desde temprano, el silencio de las calles parecía anunciar que no sería un día cualquiera. No se escuchaban las bocinas de los carros ni el rugido de las motos; la ciudad se encontraba en pausa, obedeciendo al “día sin carro y sin moto”. El aire se sentía más fresco, como si de repente hubiera tomado un respiro después de tantos meses cargado de humo y ruido.

Decidí salir de casa con una mezcla de curiosidad y tranquilidad. Caminé por las avenidas casi vacías, admirando cómo los semáforos cambiaban de color sin tener a quién ordenar el paso. El ambiente era extraño, pero agradable: la ciudad, que siempre corría con prisa, parecía haber reducido su velocidad para regalarnos un instante de calma.

Cuando llegué a la estación del Megabús, la realidad me devolvió al bullicio. Los articulados llegaban saturados, llenos hasta el borde de pasajeros que, como yo, habían dejado sus vehículos en casa. La espera se hacía larga, y cada intento por subir era una pequeña batalla contra la multitud que empujaba por entrar. Pensé por un momento en desistir, pero la necesiodad de llegar me obligó a inventar, a buscar la manera de acomodarme entre los cuerpos apretados, el calor humano y las miradas cansadas.

El viaje fue incómodo, pero también revelador. Mientras el bus avanzaba lentamente, observé los rostros de quienes me rodeaban. Algunos se quejaban, otros reían resignados, y otros tantos, como yo, parecían reflexionar en silencio. Comprendí que, a pesar de las incomodidades, todos estábamos compartiendo un mismo espacio, una misma experiencia que nos igualaba.

Al salir nuevamente a la calle, noté que el ambiente seguía distinto. Aunque la gente cargaba la presión del transporte abarrotado, todavía se respiraba esa frescura en el aire. Pereira, por un día, había cambiado de ritmo: menos humo, menos prisa, más humanidad. Y en medio de las dificultades, me quedó la sensación de que la ciudad, si quisiera, podría respirar así más seguido.

¡GAS!

Juan Camilo García Muñoz

Jgarcia584@estudiantes.areandina.edu.co

¡Quédense en sus casas! Todo comenzó con un anuncio disfrazado de tarea. El lunes 22 de septiembre, el profesor de redacción Franklyn Molano apareció con su sonrisa triunfal y dejó el “hermoso” trabajo sobre el Día sin Carro. Según él, la idea era que lo viviéramos y lo narráramos, como si la sola experiencia no fuera ya suficiente tortura. En ese momento supe que se acercaba mi propio fin del mundo: un día entero sin mi moto y condenado a revivir el transporte público.

La tensión empezó a crecer desde la tarde anterior. Volver a mi casa en el barrio Los Sauces 2, comuna Cuba, Pereira, fue una pesadilla de treinta y cinco minutos entre humo negro, motos modificadas y conductores desesperados. Mientras el asfalto ardía y los buses parecían escupir nubes negras, solo pensaba que, si así era con carros, al día siguiente el panorama sería peor. Antes de dormir, puse la alarma más temprano que de costumbre; sabía que me esperaba un viacrucis.

El supuesto gran día llegó y, con él, el apocalipsis anunciado. Salí a pie rumbo a la estación principal, ubicada debajo del Parque Guadalupe Zapata, y aquello parecía un festival del desespero. Filas interminables, gente ansiosa y la eterna pregunta flotando en el aire: ¿vendrá lleno? Cuando apareció el megabús confirmé lo obvio: parecía una lata de sardinas. Logré subir casi por instinto, empujando sin querer —o tal vez queriendo— a medio mundo, y terminé de pie, sosteniéndome como si estuviera en una patineta gigante de acero.

El nudo de la historia se vivió adentro. Algunos discutían por un poco de espacio, otros gritaban al chofer, y yo me refugiaba en mis audífonos, como si tapar el ruido borrara el caos. Entre cada estación, las cabezas se multiplicaban; ya no veía cuerpos, solo una marea humana sofocante. En un golpe de suerte conseguí una silla, aplicando la técnica más vieja del mundo: fingir estar dormido para no ceder el puesto. Era la única forma de sobrevivir.

Finalmente, bajé en el Parque El Lago, donde me recibió la misma ciudad de siempre: borrachos tirados en los andenes, vendedores informales gritando sus productos y la certeza de que nada había cambiado. Después de todo el suplicio, me quedó claro que el Día sin Carro no salvó al planeta ni redujo la contaminación. Lo único que logró fue demostrar que algunos podemos sobrevivir al transporte público y que, para muchos, el verdadero oxígeno sigue estando en un tanque de gasolina.

Espectáculo circense por las vías de Pereira

Sofía Acosta Corrales 

Sacosta44@estudiantes.areandina.edu.co

Suena la alarma a las 4:00 de la mañana. “Amor, levántate que nos tenemos que ir temprano”, le digo al Esposito. Mi nombre es Sofía y mi otro nombre es sueño. Hoy debemos madrugar porque es día sin carro, la jornada empieza a las 7:00 a.m. y no podemos usar la moto, solo tenemos una bicicleta, lo cual complica todo. Me ducho súper rápido, me alisto y al estar lista noto que él ni siquiera se ha movido. Le quito las cobijas y con todo el amor posible lo mando a bañarse. Se levanta de un salto, baja corriendo, entra al baño y en menos de un minuto ya está vestido, seco y presionándome para que me apure, alegando que me demoro mucho maquillándome. Quedo sorprendida con lo cínico que puede ser éste hombre, pero así lo quiero.

Terminamos de arreglarnos y salimos. Reviso mentalmente lo que llevo, bolso, celular, billetera, gafas. Subimos la loma más empinada de Pereira; él carga todo, como buen hombre obediente. Al llegar a la cima nos montamos: yo en el sillín, él en el tubo del medio apoyando las rodillas sobre los amortiguadores. Una promesa circense que ya tenemos memorizada. Pedaleo cuesta abajo hasta que él no aguanta la incomodidad. Paramos y me doy cuenta de que los vehículos siguen circulando, incluso más rápido que de costumbre.

Avanzamos unas cuadras caminando y retomamos la bicicleta en la siguiente bajada. Los ciclistas nos miran con curiosidad por el equilibrio que logramos. Nos veíamos geniales, o eso quiero creer. A pocas cuadras de la Universidad ya estoy cansada de pedalear. Él no sabe lo que sufrí, pues solo iba sentado mientras yo hacía el esfuerzo. Al llegar a un barrio seguro le digo que se vaya al trabajo y continúo sola. Me compro un jugo en una panadería; menos mal no estaba, así no tuve que compartirlo. A las 6:20 am ya no había un solo carro en la calle.

Después de clases, el Esposito (esposito) me esperaba con la bicicleta. Lo abracé y caminamos de regreso. Aprovechamos la vía despejada para ir por la mitad de la calle, compramos una gaseosa y tomé una foto del paisaje inusual. Ya a las 6:40 pm comenzaban a circular algunos automóviles. Llegamos al apartamento, él subió la bicicleta mientras yo pensaba en lo pesado del día. Se luchó, se sudó, pero al final fue una experiencia divertida.

Ciudad en pausa

Matías Malamut

Mmalamut@estudiantes.areandina.edu.co

El martes 23 de septiembre de 2025 Pereira parecía una ciudad fantasma recién salida de un videoclip apocalíptico. Era el Día Sin Carro y Sin Moto decretado por la Alcaldía de Pereira junto con la Secretaría de Movilidad de Risaralda, y yo, Matías Malamut, me quedé varado porque cerraron el parqueadero donde guardo mi moto en la Carrera 7 con Calle 19. Sin embargo, la postal urbana era tan surrealista que casi valió la pena: avenidas vacías, semáforos cambiando para nadie y buses articulados luciendo como relicarios del silencio.

Mientras caminaba por la Avenida Circunvalar, me crucé con Laura Sánchez Mejía y Santiago Hoyos Cárdenas, dos colegas del Instituto Tecnológico de Pereira, quienes pedalearon bicicletas prestadas por la Secretaría de Deportes. De hecho, la ciudad parecía un experimento social: peatones adueñándose de los carriles, vendedores callejeros ocupando esquinas usualmente imposibles, perros callejeros patrullando como dueños del asfalto. En cambio, yo cargaba mi casco inútilmente, como si fuera un souvenir de la movilidad perdida.

El caos personal comenzó cuando intenté llegar a Dosquebradas para una reunión y descubrí que mi moto seguía atrapada tras la reja cerrada del Parqueadero La 14. Finalmente, comprendí que no habría viaje ni excusas: solo quedaba caminar bajo la luna de la noche con una mezcla de rabia y admiración. Sin embargo, había algo hipnótico en escuchar a los pájaros del Parque El Lago Uribe Uribe sin que un claxon los interrumpiera.

Aun así, las calles parecían un escenario prestado donde cada sombra jugaba a ser protagonista. Al final, la jornada terminó dejándome dos certezas. De hecho, la primera es que Pereira se ve extrañamente hermosa sin su tráfico habitual, como si respirara después de un largo ahogo. La segunda es que mi moto necesita un plan de escape para la próxima edición del Día Sin Carro. 

Aprendí que a veces la inmovilidad obliga a mirar el paisaje con otros ojos, incluso si esos ojos arden de frustración. Y mientras el atardecer teñía de naranja la Plaza de Bolívar, yo pensé que quizá una ciudad en pausa dice más de nosotros que cualquier semáforo en verde.

Calles desiertas, buses llenos     

Mateo Estrada González

mestrada48@estudiantes.areandina.edu.co

El martes 23 de septiembre, a las 6:40 de la mañana, llegué a la parada de colectivos en la calle 10 de Cartago. Había exactamente dieciocho personas delante mío esperando el transporte hacia Pereira. Algunos se quejaban de la restricción del día sin carro y sin moto, otros solo miraban el reloj con impaciencia. La fila avanzaba rápido porque los buses intermunicipales tenían más frecuencia que de costumbre.

Al pasar la glorieta de Los Almendros la diferencia era evidente. No había trancones. Solo los buses amarillos del Megabús que bajan hasta Puerto Caldas y camiones cargados con alimentos o combustible.

En Galicia, tras el desvío hacia La Virginia, la carretera estaba desierta. El pare y siga frente al Sonesta no estaba. El conductor, que tenía un parecido físico con Dominic Toreto, entusiasmado, superó varias veces el límite de velocidad permitido para el transporte público. El recorrido, que normalmente toma una hora, terminó en cuarenta minutos.

Ya en Pereira, las calles se sentían distintas. Apenas uno o dos taxis, peatones caminando a paso rápido y ciclistas que parecían dueños de la vía. El transporte público, en cambio, estaba saturado. Los buses que salían del túnel de Cuba pasaban llenos y muchos usuarios quedaban esperando en las estaciones.

En la tarde decidí usar el Megacable desde la estación Parque Olaya. La fila era tan larga que descendía por las escaleras. Apenas crucé el torniquete, las cabinas se frenaron. Los murmullos comenzaron enseguida. Una señora que estaba detrás mío, de unos 70 años, cabello blanco, envuelta en un chal, comentó -Menos mal no estamos colgados allá arriba, porque me da algo. Yo le devolví una sonrisa, intentando restarle importancia y grabé un video para enviárselo a mi mamá.

Los operadores hablaban por radio en el cuarto de máquinas. Uno salió y explicó: “No es nada mecánico, es un problema de tensión eléctrica. Les pedimos paciencia”. El servicio reinició, pero pocos minutos después volvió a detenerse. La fila seguía creciendo. Algunos pedían la devolución del pasaje, otros miraban con resignación.

Cuando logré subir a la cabina, todos tenían el mismo gesto de inquietud. La señora del chal insistía -Dios mío, que esto no se frene otra vez. Pero, desde lo alto la ciudad parecía otra. El atardecer iluminaba las calles vacías y la Ciudad de Pereira se veía hermosa desde arriba. Una pasajera de gafas oscuras sonrió y dijo -Ojalá hicieran más días así.

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